'Neolectura'

Las satisfacciones que genera escribir novelas son infinitas, a menudo visibles y evidentes. Entras en una librería y ahí están tus portadas haciéndote un guiño. Te invitan a firmas, ferias y actos literarios, los lectores elogian tus historias, viajas, la prensa te hace caso, a tu cuenta llegan liquidaciones más que decentes. Y tú lo agradeces, lógicamente. De verdad, con franqueza. Y sientes compensados tus esfuerzos, y sigues caminando al encuentro de otros lectores, otra entrevista, otros eventos.
Hay veces, sin embargo, en que ocurren pequeñas cosas que se salen de la norma y te pellizcan el alma. Quizá el caso más impactante es el de las neolectoras: así llaman los expertos a aquellas personas –mujeres en un altísimo porcentaje– que han pasado del analfabetismo funcional a disfrutar del placer de la lectura. Señoras de edad, criadas en entornos poco favorecidos dentro de una España no tan lejana, en la que abundaban las estrecheces y las carencias, en la que los medios eran escasos y la conciencia del valor de la educación a menudo se pasaba por alto en aquellas familias que necesitaban las manos de sus niños para contribuir a la parca economía doméstica.

Se negaron a pasar el resto de su vida frente a la tele y aprendieron a leer

Las encuentro de tanto en tanto; se llaman Antonia, Josefa, Dolores, Paca. Han criado a sus proles con sacrificio, a menudo han trabajado fuera de casa limpiando para otros, cuidando retoños ajenos, fregando escaleras. Te cuentan ellas mismas su experiencia, o la escuchas en la voz de sus monitoras de los clubs de lectura, o de sus hijos, o incluso sus nietos. No aprendieron a leer hasta tener sesenta y tantos, setenta y pico años, cuando se libraron de cargas y obligaciones, y decidieron negarse a pasar el resto de sus días frente a la tele, viendo grescas entre celebridades de medio pelo. Afrontaron entonces un reto inmenso: aprender a leer. Primero adquirieron la capacidad para juntar letras, después accedieron a la literatura. Despacito, con esfuerzo, volviendo sobre las líneas, los párrafos y las páginas porque a menudo se les va el hilo y se pierden. Calladas, solas, absortas mientras la olla sigue en el fuego y el marido se va al bar a ver el fútbol. Con tesón y ahínco, hasta completar un capítulo, otro capítulo, un libro, otro libro. Conmueven estas mujeres, emocionan y enternecen. Ayer me habló de la última de ellas una hija orgullosa. Casi se me cayeron las lágrimas.