El niño bonito

–Uy, qué monada de criatura. ¿Cuántos meses tiene?
–Seis mesitos, la monada esta.

–Qué ojitos más lindos. Y qué mofletitos. ¿El pelito le va a quedar así, rubio?
–Pues no lo sé. Su hermana mayor también lo tenía así y ahora que tiene cinco años se le va oscureciendo. Y son de la misma madre y el padre se supone que soy yo, que tengo el pelo oscuro, así que...

–Hijo, no pareces muy contento. Ya le diré a Yoli que no eres un padre muy entusiasta.
–No, si yo le quiero mucho, estamos muy contentos los dos. Pero ya estoy un poquito harto. Yolanda lo lleva mejor, pero yo estoy cansado de que todo el mundo se me acerque a decir cositas al niño de los cojones.

–Pero qué bruto eres, Fernando, que te está oyendo.
–Pero si no entiende... Además, la culpa no es suya, sois vosotros, que me lo malcriáis.

–Hombre, si aún no entiende.
–Ya, pero entenderá y se hará un malcriado y un creído. No puedo sacarlo a la calle, siempre hay alguien que le ríe y le hace cucamonas y te pregunta “¿cómo se llama el angelito?”. Es que no falla...

–Es lo natural, si tiene una carita de angelote.
–¿Ves como ya estás otra vez? ¿Si llega a ser fea la criatura sabes que me dirías? Nada. O me dirías, “ah, sacas a pasear el niño. Cada uno saca lo que tiene”, o algo parecido. Sois unos cabrones, ellas las peores.

A los niños hay que quererlos y cuidarlos, pero no mimarlos tanto 

–Que te va a oír... No seas borde.
–Que me oiga un poco, que sólo oye monerías y cursiladas. “Qué ojitos azules...”. Puag. Lo que menos soporto es cuando dicen que “parece sacado de un anuncio”. No sé si os dais cuenta, pero todo eso es racismo.

–¿Celebrar la belleza es racismo? ¿Preferías que fuera feo?
–No, si nació guapo mejor para él. Pero discrimináis a los feos.

–Hoy estás cabreado.
–Es que ya eres el quinto que le dice cosas y acabo de entrar en este supermercado. En fin, cambiemos de tema.

–¿Entonces, qué sería lo mejor para el niño?
–Pues lo natural, quererlo. Pero no celebrarlo tanto, que se va a estropear y ser un pijo creído. A los niños, quererlos y cuidarlos, pero no mimarlos tanto. Sobre todo porque sean guapos, que eso no es mérito suyo. Ni siquiera de sus padres. Aunque, bueno, que conste, yo no salí feo.

–¡Serás creído!