No escuchar palabras envenenadas

Apenas ha comenzado el año el día en que escribo este artículo y ya hay dos víctimas  de violencia de género, Mónica Linde y su hija Ciara, de tres años, asesinadas la noche de Reyes por el hombre del que Mónica se estaba separando y que era también el padre de la niña. Una nueva pesadilla que inicia otra vez el terrible conteo de crímenes machistas. 2019 se cerró con 55 mujeres asesinadas, además de tres niños. Esos son al menos los datos oficiales, aunque organizaciones como feminicidio.net suben la cifra a 99 víctimas, incluyendo casos aún en investigación, mujeres no residentes en España y mujeres asesinadas por otros miembros de su familia o por conocidos. 

Las cifras oficiales no dicen nada de los cientos de miles de mujeres que sufren maltrato

Los números son expresivos, pero su frialdad es extrema. Lo que no nos cuentan, aunque podemos imaginarlo, es todo el sufrimiento y el miedo previo a esos crímenes, ni tampoco todo el dolor posterior de las gentes cercanas. No nos dicen nada de los cientos de miles de mujeres que sufren maltrato a diario. No nos informan de la soledad y la angustia de esas mujeres traicionadas en el espacio de la intimidad más absoluta, en el ámbito en el que una espera ternura y cuidados y en el que de pronto surge la más cruel de las violencias.

La cifra oficial de 55 mujeres asesinadas, junto con tres niños, es la más alta en el último lustro. Las razones de este repunte son seguramente diversas. Entre otras, la carencia de ciertos medios que ya son urgentes. Pero los expertos ya han empezado a avisar del daño que está haciendo el discurso de Vox, que se niega a reconocer la monstruosidad de este fenómeno. Es gravísimo que exista un partido político, con la resonancia que tienen sus palabras, que niegue o minimice una realidad tan terrible, enraizada en milenios de cultura patriarcal. Que existen otros tipos de violencia en el seno de las familias que deben ser perseguidos es obvio: para eso está el Código Penal. Pero que la violencia de género está avalada por siglos y siglos de costumbres e ideas nunca antes castigadas, y que exige por lo tanto leyes y actuaciones específicas, es tan evidente que negarlo es una perversión intelectual interesada y maligna. He escrito muchas veces antes otros artículos sobre este asunto. Pero ninguno con el corazón tan alarmado como ahora: por favor, no escuchen todas esas palabras envenenadas.