Nuestro Las Vegas

–Acabo de recordar una película americana que vi ayer. De un robo a un casino en Las Vegas.
–Mira que hay películas de Las Vegas. Juego, prostitución, mafia y todo eso. Sabemos más de Estados Unidos que de Portugal. Son el imperio y nosotros una colonia.
–Una colonia que no huele bien. Recordé la película porque estaba fijándome en esa mujer metiendo monedas en la tragaperras. Y esto no es Las Vegas, que es un bar de barrio. Los norteamericanos viajan allí para darse una orgía de juego. No sé que placer será ese.

No hace tanto llamábamos vicio a una adicción que podemos ver en todos los bares

–Pues esa mujer está obteniendo placer de algún modo, ¿no? ¿O cree que puede obtener una ganancia mágicamente?
–No sé. Habrá empezado por lo mismo, la ilusión de un dinero mágico, y luego ya habrá venido la adicción. No hace tanto llamábamos un vicio a una adicción. Pero es triste, a lo mejor está puliéndose aquí el dinero de la familia. En un bar de su barrio. Toda España es como un gran Las Vegas y nadie protesta.
–¿Qué pasará por su cabeza en estos momentos? Fíjate, parece obsesionada. Apenas probó el café con leche en el mostrador y observa la máquina como queriendo verle las tripas o la mente. Está conectada a la máquina.
–No, está atada. La máquina no le responde porque tiene un programa fijo, que es lo que ella quisiera averiguar para que le toque el premio. Y qué placer le debe dar cuando suelta las monedas. Pero mientras tanto se va arruinando día a día.
–¿Cómo permiten eso? Debería estar prohibido.
–Pues porque aquí también hay mafias, como en Las Vegas. Puede ser que esa sea la explicación de que en España haya tantos bares abiertos, porque las máquinas tragaperras ayudan a subsistir negocios que si no habrían cerrado.
–¿Pues sabes lo que más me duele? Porque a esto ya nos hemos acostumbrado y ya no nos da en la vista, pero ¿qué te parece lo de las apuestas en internet, que cualquiera puede apostar desde el teléfono móvil en cualquier momento? Para apostar en la tragaperras hay que entrar en el bar y pedir un café con leche, pero a través del teléfono móvil...
–Pues sólo te digo que en la marquesina del bus, la chavalada del instituto donde trabajo tiene publicidad de apuestas por internet. Decían que había trapicheo de droga, pero lo que hay es mucho peor. Van a por los chavales. Y por sus familias.
–¿Y nadie lo prohíbe?