Oda a Beethoven

Por suerte para mí, hay muchas gentes del pasado a las que considero grandes compañeras de mi vida. En la interminable lista de personas que ya no viven y que, sin embargo, me han regalado horas y horas de felicidad y deslumbramiento figuran, entre otras muchas, Verdi y Virginia Woolf, Baudelaire y Miguel Ángel, Hildegarda de Bingen y Schubert, Goya y Tolstoi, Homero y Velázquez, Hannah Höch y Rogier van der Weyden, Richard Strauss y Emilia Pardo Bazán y tantas otras mujeres y hombres que, desde diferentes esquinas del tiempo, me siguen hablando al oído con sus músicas, sus libros o sus obras de arte.

Le debemos la belleza que hizo nacer desde la nada y ese sentido radical de la libertad y la autoexigencia

De entre todos ellos, quizá el que más me conmueve sea Beethoven, el verdadero gigante de mi Olimpo de dioses. Me pongo humildemente de rodillas ante su genio y su personalidad, con los brazos abiertos, la cabeza agachada y el corazón tembloroso. Ningún otro creador consigue contarme tantas cosas como él. A veces me susurra, a veces razona con la voz pausada, a veces grita, exaltado. Entre tanto, me va hablando de la belleza del mundo y de su dolor, de la serenidad y la angustia, de la libertad y la renuncia, del infinito agradecimiento y la inagotable rebelión y la ternura y el ansia de abarcarlo todo dentro de sí. 

A finales del 2020 se cumplirán los 250 años de su nacimiento: diciembre de 1770, un día en el que los astros debieron de colocarse en posición inaudita para regalarle todo eso que luego él nos regaló. Hace tanto ya y, sin embargo, a mí me parece que fue ayer, como todo lo que tiene que ver con los viejos amigos. Ayer cuando comenzó en plena niñez a estudiar música y a tocar en público, empujado por aquel padre alcohólico y violento. Ayer cuando se puso a componer sin dejar nunca de ocuparse de su familia. Cuando empezó a quedarse sordo y, a pesar de todo, siguió oyendo en su interior las melodías más delicadas o las más poderosas. Ayer, sí, cuando decidió que él ya no sería un mero criado de la aristocracia o la Iglesia, como lo habían sido sus mejores antecesores, y optó por convertirse en un creador libre, que únicamente componía por pura convicción.

Nosotros, los que hemos venido después, le debemos no sólo toda la belleza que hizo nacer desde la nada, sino también ese sentido radical de la libertad y la autoexigencia que transformó para siempre la música y el arte en general. Gracias por tanto, maestro.