Oh, desolación

Lamenta uno no poder ofrecer más detalles. Ocurrió en uno de esos dulces minutos de duermevela, durante un telediario. Cuando me despabilé, la noticia iba ya bastante encarrilada. Hablaba una muchacha encantadora. Hay que reescribir, decía, los cuentos infantiles, tantas veces crueles y machistas, y concretamente uno, un clásico, cuyos protagonistas, príncipe y princesa, reproducían “roles del patriarcado”, él, como un enamorado cursi, y ella, como “una víctima de la heterodesignación, sin derecho a decidir”. ¿A decidir qué? Como seguramente no le dieron tiempo para explicarlo, pasó a su novedosa propuesta: había reescrito ese cuento, y en la nueva versión los protagonistas pasaban, de príncipe y princesa, a dos lesbianas.

En la nueva versión de ese clásico, el príncipe y la princesa se convertían en dos lesbianas

La historia de la poesía y del pensamiento se sustenta en la mitología. Durante siglos los mitos han ayudado a comprender los arcanos de la vida. No es fácil lanzar al mundo mitos nuevos. La aportación de la literatura griega fue al respecto abrumadora y extensa. Casi todo está en ella. La de la española es parva, pero no insignificante: Don Quijote, Don Juan y la Celestina. La anglosajona, Otelo, el Doctor Jekyll y Mr. Hyde o Lolita. La alemana, Fausto. ¿Y en la actualidad? La irrupción de algunos personajes, como Superman, tiene más que ver con el mundo de los héroes clásicos que con el mito. El mito es otra cosa. El mito incumbe a la naturaleza humana y la transforma; el héroe actúa a menudo en el ámbito de la pura imaginación, y que Hércules descoyunte la quijada de un león o que Superman detenga con el índice el curso de un meteorito gigantesco nos entretiene tanto como apenas nos incumbe. 

Terminó la noticia de la tele y se quedó uno con los ojos como platos. ¿Qué harán esas dos lesbianas? ¿Lograrán amarse sin cursilería? Decía Pessoa que todas las cartas de amor son ridículas, pero aún más los que no escriben cartas de amor. Y que el fin del lobo feroz está próximo es cosa cierta: más pronto que tarde el Partido Animalista acabará con él. ¿Y Blancanieves? ¿Enanitos? ¡Qué vergüenza! Va uno ahora haciendo un repaso para saber qué cuento le contaré a mi nietecilla dentro de un rato, descartando unos por una cosa y otros por otra. Qué sé yo. Quizá sólo pueda contarle el de las lesbianas, pero, oh desolación, ese todavía no me le sé.