'Order' 'order'

Como ciudadano londinense a tiempo parcial no puedo dejar de asistir con una mezcla de miedo y fascinación al Brexit. El patio de colegio con un profesor constantemente enfadado que es el Parlamento británico ha demostrado de una vez por todas que lo arcano que nos divierte en Downton Abbey y The Crown lleva mal la era del meme.

La dignidad de las clases dirigentes patricias brilla cuando está todo bien iluminado, el casting es decente y contiene a Dame Maggie Smith y la máxima preocupación es salir bien en la foto y de la cama. La cosa cambia cuando los protagonistas están expuestos a la televisión en directo y lo implacable de las redes sociales, llevan regularmente corbatas de las que el querido José María Carrascal podría estar orgulloso y se expresan como si estuvieran en medio de un ataque de gota. Políticos alejados de la vida real, orgullosamente ignorantes de las preocupaciones de la gente y condenados por el sueño de seguir manteniendo una relevancia en la escena global que ya no tienen. 

Hoy el planeta asiste en directo a la transformación del imaginario británico. Lo proper de las costumbres británicas huele a naftalina. Lo poised de su forma de hablar deja de ser arrogancia para rozar el patetismo. Y ese aparente sentimiento de superioridad se ve superado por la realidad de un mundo que se ríe con y de ellos a partes iguales.

No sé ustedes, pero yo siempre he sido un fan de lo británico. Me fascina la forma en la que han dado forma a su pasado, idealizando y silenciando a partes iguales. El imaginario de lo británico fue el primero en ser creado y es el más compacto y homogéneo del planeta. Por mucho turista con chanclas y calcetines que pasee por nuestras playas, lo británico era clase, tradición, distinción vestida de superioridad y Burberry. Habrá que ver si consigue sobrevivir a esta crisis y en unos años nos hemos olvidado de esta pantomima alocada que es la salida de Gran Bretaña de una familia europea que nunca ha estado tan unida como cuando una prima amenaza con irse.