La pasión política

Hace ya una semana que conocemos los resultados de las elecciones generales. Algunos fervores se habrán sosegado, otros alcanzarán nuevas y más enconadas exaltaciones. Es la pasión política. De ella trata el Estudio histórico de las luchas políticas en la España del siglo XIX. Es libro del que puede decirse que es un gran libro y también el libro de un gran escritor. Ángel Fernández de los Ríos fue un hombre apasionado en todo lo que  emprendió y al que ni siquiera su fracaso político (como republicano aceptó la restauración monárquica de 1874 y se exilió en París) menoscabó ninguno de sus viejos ideales, el más hermoso de los cuales fue el de la reunificación de Portugal y España en una federación ibérica. Leyéndole se deja uno contagiar por una prosa que tiene el encanto de una exactitud no exenta de poesía, si acaso una y otra pueden ir separadas. Al lado de aquellas del siglo XIX, nuestras pasiones políticas parecen, por suerte y empeño democrático, céfiro suave. Como el de cierta madrugada madrileña reciente. 

La verdadera pasión de la polis me la mostró un ruiseñor en el amanecer de Madrid

Verán. Era de noche aún, las calles de mi barrio estaban vacías, la luz de las farolas añadían misterio a la hora y el único ruido que se oía era el traqueteo del trolley que yo mismo arrastraba por la acera, camino de la estación. Pero de pronto sucedió algo inaudito en la ciudad: se oyó, como un aria de Mozart que empezara a elevarse misteriosamente, el canto de un ruiseñor. Me quedé paralizado, tratando de adivinar la procedencia de ese, cómo lo llamaría, atrevimiento. Me detuve por no interrumpirlo con el ruido de mi maleta. Su canto, es increíble, no destruyó el silencio de la noche, bien al contrario, lo hizo aún más maravilloso, como aquél del que nos hablaba Cervantes. ¿Un ruiseñor en Madrid? Tras mucho mirar a todas partes buscando en lo más alto descubrí una pequeña fronda en una terraza de la calle Almirante. Sí, de allí procedía. Era un canto de tal caudal, de tal constancia y poderío, que temí que aquel pájaro acabara rompiéndose sus pequeños pulmones. Cuando me quise dar cuenta, habían pasado diez minutos y estaba a punto de perder el tren. Es la primera vez que había asistido a una tal pasión política, la verdadera, la pasión de la polis. Me recordó el verso inmortal (“Y yo me iré, y seguirán los pájaros cantando”), pero iba feliz. Todo lo demás, incluido nuestro siglo XXI, me pareció cosa muerta, del siglo XIX.