Pensando en el foie gras

Ya va faltando cada vez menos para Navidad, y hoy me ha dado por pensar en el foie gras que quizá ustedes se planteen comprar este año para alguna de las comilonas. Hablo del verdadero foie gras, esa cara exquisitez hecha con el hígado graso de ocas o patos, tan cara que solemos reservarla para ocasiones especiales, como las fiestas navideñas. No hay duda de que un foie de los buenos está riquísimo. A mí, desde luego, me gusta mucho, pero hace ya años que no lo pruebo. Por pura convicción.

¿De verdad quieren que un animal sufra lo indecible para unos minutos de placer?

Lo cierto es que me niego a ingerir y disfrutar de algo que ha sido elaborado mediante la tortura de los pobres animales que nos lo proporcionan. Los patos, gansos y ocas poseen una especial capacidad para almacenar grasa en el hígado, de la que se valen en sus largas migraciones. Los productores de foie lo aprovechan hasta un límite terrible. Unos 12 días antes de su muerte, las aves suelen ser encerradas en pequeñas jaulas –parece que en muy malas condiciones– y, a partir de ahí, son cebadas con grano mediante una sonda hasta que sus hígados alcanzan los 300 o 400 gramos, según marca la normativa de elaboración del producto.

Imagínenselo: mientras los agarran por el cuello, les introducen un enorme tubo en el buche que a menudo les causa heridas y a veces incluso la muerte –además de un enorme estrés–, para luego sobrealimentarlos desaforadamente. En algunas granjas, durante el proceso les administran incluso antibióticos para que resistan mejor el maltrato y a veces hasta les atan el pico, después de cebarlos, impidiendo así que puedan vomitar. Una verdadera pesadilla, que se añade a las pésimas condiciones en las que con demasiada frecuencia son sacrificados, igual que ocurre con otros muchos animales de los que nos alimentamos.

Prohibir el exquisito y cruel foie gras no es una chifladura de unos animalistas remilgados. De hecho, hay ya una veintena de países que lo han hecho. En la mayor parte de Europa ya no se produce y en muchos ni siquiera se puede importar para su venta. Sólo Francia, Bélgica, Hungría, Bulgaria y –lamentablemente– España siguen elaborándolo. Pero si nosotros dejamos de consumirlo, esas torturas dejarán de existir. Piénsenlo antes de comprarlo. ¿De verdad quieren que un animal sufra de esa manera para unos breves minutitos de placer?