Picaresca

Desde que empezamos a ser modernos, yo pensaba que en este país la picaresca cañí, la callejera, la clásica, había casi desaparecido. Sumida en mi ignorancia, creía que ahora todos los timos eran de otro tipo, millonarios en su mayoría, sin la rúbrica canalla y el punto entrañable de aquellas jugadas que realizaban Tony Leblanc y Antonio Ozores en Los tramposos, o Arturo Fernández y Paco Rabal en Truhanes. Tanto político mangante y corrupto como hemos visto en la tele en los últimos años, tanto banco abusón, tanta estafa cibernética y tanta banda organizada me habían llevado a suponer que los sinvergüenzas a pequeña escala eran ya una antigualla. 

un amable abuelete con su nieto revende falsas entradas ante el estadio

Pero no. Siguen vivos, currándoselo a pie de calle, como está mandado. Déjenme que les cuente la última que tengo cercana. Escenario: estadio Vicente Calderón, prolegómenos del partido de semifinales de la Copa del Rey Atlético de Madrid-Barcelona. Protagonistas: cuatro jóvenes amigos, tres atléticos hasta los tuétanos y un forofo americano del Barça que anda por aquí de visita. Escena 1: llegan temprano a la puerta del estadio sin entrada, pensando tan sólo en enseñarle al de Oregón el ambiente y con la intención de ver después el partido en cualquier bar. Andan por ahí cencerreando encantados, gritando, cantando, imagino que con unas cuantas cervezas en las manos. Escena 2: entre la bulla pululan los revendedores de entradas. Varios se las ofrecen a ochenta euros, ellos las rechazan; ni tienen esa pasta, ni entra en sus planes. Escena 3: media hora antes de que empiece el partido se les acerca un abuelete con su nieto de 12 años, les ofrece entradas a cincuenta euros. Para entonces, la atmósfera de euforia les ha contagiado y les corroe las tripas ver que casi todo el mundo ha entrado ya en el estadio. Dudan, lo discuten, se vienen arriba. Se deciden, salen zumbando en busca de un cajero automático, regresan, realizan la transacción con el amable jubilado, bromean con el nieto, corren entusiasmados hacia la puerta. Escena 4: prueban con la primera entrada, el código digital no da acceso. Lo mismo pasa con la segunda, la tercera y la cuarta. En cuestión de segundos vuelven a la carrera en busca del simpático revendedor y su joven compañero. Lógicamente, se ha evaporado. 

Picaresca de la legendaria; hasta gracia me haría si mi hijo no hubiera sido uno de los cuatro que se quedaron en la calle.