Plantando árboles

Siempre he pensado que hay pocas cosas tan hermosas sobre la piel de la Tierra como los árboles. Probablemente ninguna. Son bellos y dignos, admirablemente fuertes y resistentes y, al mismo tiempo, llenos de delicadeza. Y su generosidad es inagotable: nos dan oxígeno, sombra y frutos, medicinas, madera para calentarnos, para fabricar casas y objetos, para hacer papel. Nos proporcionan lluvia y sostienen las tierras, se ofrecen a nosotros y al resto de los animales íntegros, y apenas piden nada a cambio. Ahora sabemos también que los árboles capturan buena parte del maligno dióxido de carbono que nosotros producimos con nuestras actividades. Ese CO2 del que tanto se habla últimamente y que tanto está contribuyendo al cambio climático. También absorben y filtran otros gases como el óxido de nitrógeno, el amoniaco, el dióxido de azufre o el ozono. Son por lo tanto fundamentales para que se mantengan las condiciones que han hecho posible la vida en nuestro mundo. 

Reforestar la tierra sería un acto de amor y sentido común, pero no confío

Cada vez son más los científicos que plantean que una intensa reforestación del planeta detendría un cambio climático que ya nadie en sus cabales se atreve a negar. Plantar árboles, simplemente, para frenar los problemas y catástrofes que ya han empezado a echársenos encima. Miles de árboles en las gigantescas extensiones de tierras deforestadas, abriendo sus diminutas hojas al el sol y la lluvia y tragándose la destrucción. Parece fácil, sencillo y hasta barato. Pero probablemente nunca ocurrirá: aquí no habrá ganancias para repartir, grandes sacos de dinero que enriquezcan las cuentas de las administraciones, los políticos corruptos o los inversores. Reforestar la Tierra sería un acto de amor y de sentido común, pero me temo que casi nunca son esos los motivos que llevan a emprender acciones complejas, de las que necesitan de la unión y el empuje de muchas voluntades. 
Quizá me equivoco. ¡Ojalá! Yo, que por motivos de trabajo sobrevuelo a menudo las pobres tierras de nuestra Península, yermas y erosionadas, hambrientas de nueva vida que las nutra, sé lo mucho que aquí, simplemente aquí mismo, necesitamos ese esplendor, esa energía milagrosa de los bosques. Una España cubierta de árboles, rica y vivible. ¿Será sólo un sueño como tantos otros? ¿Uno de esos sueños que te dejan, cuando despiertas, en medio de la auténtica pesadilla, la de la realidad?