Por probar que no sea

El pasado verano, un ciudadano ruso –“muchos rusos en Rusia”, decía el humorista Eugenio– entró en Apple Store y cargó en su iPhone una aplicación de criptomonedas. Pidió una transferencia de bitcoins, pero en vez de bitcoins le enviaron gaycoins, una criptomoneda que, como su nombre sugiere, es ligeramente diferente. Para redondear la broma, le transfirieron exactamente 69. Los gaycoins iban acompañados de un mensaje que decía: “No juzgue antes de probarlo”.

El ruso –que se apellida Razumilov– explica a la agencia France Presse que pensó que, en efecto, no se puede juzgar nada sin antes probarlo: “Decidí probar las relaciones homosexuales. Dos meses más tarde trabé una relación íntima con una persona de mi mismo sexo y ahora no puedo dar marcha atrás. Tengo un novio estable y no sé cómo explicar todo esto a mis padres. Mi vida ha cambiado para peor y no volverá nunca a ser normal”.

En efecto, apreciado Razumilov: no se puede juzgar nada antes de probarlo

En consecuencia, ha presentado ante un tribunal de Moscú una demanda contra Apple. Pide un millón de rublos por daños morales. Si no fuese por esa aplicación no se habría convertido en homosexual. Su abogado alega que Razumilov está asustado y que tiene “sufrimiento moral y daño psicológico”. Añade que Apple es responsable de lo que ofrece en sus aplicaciones, y que el pobre Razumilov “mantenía una relación estable con una mujer”, una relación que ahora se ha ido al garete. 

Uno, en su simpleza, piensa que si ha descubierto que le gusta acostarse con hombres, pues que lo disfrute. Pero claro, en este caso hay una subtrama clara, que es el frenesí de muchos abogados por presentar demandas por cuestiones que a veces son difíciles de demostrar. Pero bueno, si cuela alguna, todo eso que nos embolsamos. Hace tres años, ese mismo abogado presentó una contra McDonald’s en nombre de un estudiante que pidió un plato de pescado en un local de la cadena y tuvo la mala suerte de que una espina le perforara una mejilla. Con el pescado hay que ir siempre con cuidado. 
Lástima que Moscú quede tan lejos de Alcalá de Henares –a 3.410 kilómetros, ni más ni menos--, porque su obispado, dirigido con mano generosa por monseñor Juan Antonio Reig Pla, ofrece cursos para curar la homosexualidad. Yo, si fuese él, haría el esfuerzo. Y ya que está en Alcalá iría hasta Sevilla y probaría los polvorones de Estepa, que completan el espléndido chiste de Eugenio sobre Rusia y los rusos.