Split

Les escribo estas líneas en una terraza que hay al lado del peristilo del Palacio de Diocleciano en el centro de la ciudad croata de Split. Hacía años que quería venir y cuando se presentó la posibilidad no lo dudé ni un momento. Temporada baja de turistas, clima mediterráneo (del norte, hace un frío que pela hoy) y comodidades europeas. Este palacio es una de las propuestas más bellas que he visto en los últimos años. Bello no el sentido inmaculado, armónico y proporcional de la palabra. Seguro que en el pasado fue todo esto aunque la belleza que proyecta hoy es, me atrevo a decir, más real.

Habitado de forma continuada durante diecisiete siglos, los residentes han ido transformando las dependencias originales que servían como destino de retiro para el emperador romano Diocleciano. El resultado es un pastiche delicioso, una suma desordenada y caótica de sensibilidades y necesidades de diario. Las regias columnas son mástiles para los tendidos de la ropa. Los templos alojan puestos de souvenirs e información para los turistas que paseamos fascinados. Los subterráneos del palacio, preservados casi intactos, no se han emperifollado como la Cisterna de Estambul, sino que sirven de puerta de entrada para el casco viejo.

A los que vemos el pasado no como expertos, sino como curiosos (que somos la mayoría), lo habitual es proyectar nuestra forma de ver el mundo, pero hay que luchar contra ello. Si te esfuerzas por no hacerlo se descubren realidades insólitas, evidencias que son las raíces de nuestras costumbres actuales.

No hay duda de por qué los productores de Juego de tronos visitaron Split, se enamoraron de esta ciudad y la seleccionaron como parte de la recreación del mundo de George R. R. Martin (como todos los souvenirs y guías turísticos se esfuerzan en recordarte). Aquí pones cuatro antorchas y el decorado se monta solo. La diferencia es que estas dependencias (y que me perdonen los fans) respiran realidad. Esto sí. pasado inmemorial, un presente inquietante y un futuro amenazante. No se la pierdan.