Tasando votos

Hace bastantes años un escritor de mi tierra publicó un célebre artículo que se titulaba más o menos “En Babia”, cuyo resumen es éste: “Mientras yo estoy aquí en Babia (una de las comarcas más bellas de aquella región), ahí tenéis a los escritores de Madrid trepando por la cucaña, zancadilleándose y atropellándose es pos de prebendas, premios, honores...”. Yo era entonces uno de esos “escritores de Madrid”, bastante solitario y, desde luego, sin prebendas, premios ni honores, y me llamó mucho la atención aquel artículo, porque a su autor, más joven que yo, ya le habían dado, desde Madrid, claro, una cantidad considerable de premios y rosas naturales en atención a que vivía en Babia (naturalmente se trasladó a Madrid en cuanto tales beneficios se lo permitieron). 

tal vez ha llegado el momento de que todos los votantes tengan el mismo valor

Cuando se redactó la ley electoral a la que aún nos atenemos se tuvo en cuenta a todos aquellos que vivían en Babia, lo que hoy ha dado en llamarse la España vacía o la España vaciada, validando la división en provincias del siglo XIX. Ello dio carta de naturaleza a una desigualdad ya secular: en Madrid son necesarios 180.000 votos para obtener un escaño y en Soria bastan 45.000, o sea, en proporción de uno a tres. Se trataba así de paliar el ostracismo de las zonas menos pobladas y más aisladas, del que se han beneficiado de paso regiones en absoluto despobladas u orilladas, como las provincias vascas y catalanas, entre otras.

El caso es que algo ha cambiado radicalmente desde entonces: gracias a internet hoy todos estamos igual de conectados y los billetes de avión de León a Bolonia o Frankfurt pueden costar menos que los de Madrid a Valladolid en tren, y el parque móvil ha aumentado tanto que la movilidad de la población recuerda mucho la boca de un hormiguero. Quiero decir que los que hasta ahora estaban en Babia saben y viajan tanto o más que los que no tenemos otra que quedarnos en Madrid, a menudo con cara de panolis por “las cosas que hemos visto”, que decía Falstaff. Así pues, tal vez ha llegado el momento en que el voto de una o un babieco, soriano, vizcaíno o gerundense valga tanto como el mío (con perdón). Y lo digo no por egoísmo, sino por humildad: en absoluto se siente uno tres veces más inteligente, premiado ni generoso que ninguno de ellos.