Todo cambia

Una empresa de Bilbao abrió no hace mucho un expediente laboral a un empleado porque, cada día, cargaba la batería extraíble de su moto eléctrica en el puesto de trabajo. Visto que la gente carga el móvil en la oficina, supongo que le pareció lo más lógico. Muchos se pasan el día enviando emails personales, contestando watsaps igualmente personales o imprimiendo documentos asimismo personales para no tener que hacerlo en casa y, de esa forma, ahorrarse el papel. 

El expediente surgió del hecho de que el trabajador enchufaba la batería sin pedir permiso. Ni se le ocurrió, viendo que en cuestiones similares todo el mundo hace lo que le place. En Antena 3 explicaron que se arriesga a ser despedido “por abusar de los recursos de la empresa”. Como es fácil de entender, cargar baterías de motos eléctricas supone un coste económico muy superior al de cargar la de un móvil. El empleado alega que, en la página web de la empresa donde compró la moto, vio que ponía: “Puedes cargar la batería portátil en el trabajo, en casa o en el gimnasio. Sólo necesitas un enchufe normal”. 

Cargar una batería de moto supone un coste muy superior al de cargar un móvil

Este mundo ya no es el mío. De los catorce a los veintidós años trabajé en un par de empresas en las que, de entrada, fichabas por la mañana, al mediodía cuando salías a comer, por la tarde cuando volvías habiendo comido y, finalmente, cuando te ibas para no volver hasta el día siguiente. Ocho horas diarias según el contrato. Ni se te ocurría pasarte el día telefoneando a los amigos. Sólo se hacía una llamada si era por una cuestión realmente grave. En todos esos años utilicé esa posibilidad una única vez. Cuando décadas después aparecieron los móviles y los ordenadores sustituyeron a las máquinas de escribir, me fascinaba el desparpajo con el que muchos empleados se dedicaban a mirar páginas web que nada tenían que ver con su trabajo. Hace unas semanas, la empresa Canal Productions, de Robert de Niro, denunció a una trabajadora por dedicarse a ver series en horario laboral. Arrested Development, Schitt’s Creek y, sobre todo, Friends. Cincuenta y cinco capítulos de Friends se tragó en sólo cinco días. Suerte que, tras trabajar en aquellas dos empresas, he sido siempre autónomo y, de esa forma, nunca me han podido recriminar si durante la jornada laboral miro series, escucho podcasts, cargo la batería del móvil o la del patinete eléctrico que a los sesenta y siete años finalmente me voy a comprar para ir por la acera jodiendo a los peatones.