Todos los sabemos

Todavía no he ido a la barbería desde que el papa Francisco pidió a los peluqueros que eviten los cotilleos. Lo dijo durante una reunión con asociaciones italianas de profesionales del asunto: “La figura humilde y grande de san Martín de Porres os estimula, sobre todo, a ejercitar vuestra profesión con estilo cristiano, tratando a los clientes con gentileza y cortesía, y ofreciendo siempre una palabra buena y de ánimo, sin ceder a la tentación del chismorreo que fácilmente se insinúa también en vuestro contexto laboral. Todos lo sabemos”. Lanzó su arenga el día de san Martín de Porres porque es patrón de los barberos, ya que se formó como tal en aquella época lejana en la que, en las barberías, además de cortarte el pelo o afeitarte la barba, cogían sanguijuelas y te hacían una sangría, te reventaban forúnculos o te arrancaban las muelas.

Loable crítica del papa francisco contra los peluqueros que se dan al chismorreo

Ya en la Roma clásica las peluquerías ejercían como centros sociales que facilitaban la propagación de chismes. En 1864, en su Diccionario universal de literatura, ciencias, artes, agricultura y comercio, Francisco Mellado las describió como lugares a los que la gente acude para enterarse de las murmuraciones. ¿Qué quieres? En aquella época no tenían WhatsApp. Y pasa tanto en las masculinas como en las femeninas. En Los Soprano, el desencadenante de una crisis en la famiglia se da en una peluquería femenina. En uno de los capítulos, la novia de Junior (el tío de Tony Soprano, que a pesar de ser ya mayor cree que sigue siendo el capo del clan) explica a las otras clientas –también novias o esposas de mafiosos, todas con las cabezas metidas en sus secadores– que Junior es muy hábil con el cunnilingus. A las clientas les falta tiempo para, en cuanto llegan a casa, informar del chisme a sus cónyuges. Todo son risitas hasta que, durante una partida de golf que juegan Junior y Tony Soprano, éste husmea el aire y dice a su tío: “¿Qué es este olor? ¿Alguien de por aquí ha estado comiendo almejas?”. Junior pilla inmediatamente la indirecta y se ofende muchísimo. Un gángster machista como Dios manda nunca debe ­dedicarse a esa práctica placentera, y que se haga público es una afrenta humillante. Por eso, en cuanto vuelve a casa, lo primero que hace es poner a su novia de patitas en la calle. Si no hubiese acabado demente y en una residencia, Junior hubiese aplaudido ahora la arenga antichismorreo del papa Francisco. A ver si la próxima semana pido hora al barbero y me pongo al día.