La tortura animal

Llega el verano, el calorcito, la alegría, las vacaciones, las fiestas, la violencia contra miles de animales... ¡Olé! Hay que ver qué divertidos somos en este país, que disfrutamos tanto con el sufrimiento de otros seres vivos, que nos animamos viendo cómo padecen, agonizan y mueren toros, patos, gansos, cerdos o pavos. ¡Viva el salero! ¡Arriba las tradiciones! ¡Sigamos torturando para pasárnoslo bien, que eso es muy nuestro y no hay quien nos lo quite!

Sufriremos no sólo por los animales torturados, sino por los que banalizan ese dolor

He escrito tantas veces sobre este tema, año tras año, que dudo ya de si hacerlo sirve para algo. Pero me obliga la conciencia, el deber moral de no callarme mientras semejantes horrores sigan ocurriendo. Es verdad que en estos últimos años, gracias a la presión social, se han suavizado algunos de esos espectáculos basados en la muerte de animales (animales no humanos –especifico–, que los humanos también somos animales, aunque se nos olvide). Los datos dicen que desde que empezó la crisis hay cada vez menos corridas de toros, pero están aumentando los espectáculos taurinos populares, más baratos e igualmente atroces: puede que en muchos no se produzca la muerte de los animales –por ahorrar–, pero el estrés al que son sometidos es inconmensurable.

Conozco a muchas personas que dicen estar en contra del maltrato a los toros, pero que no quieren que sean prohibidos. Prohibir no es bueno, aseguran. Y sí, seguramente tienen razón en lo referente a cosas secundarias. Pero cuando se trata de los grandes derechos debemos reconocer que la humanidad sólo ha avanzado porque ha habido grupos sociales y gobernantes lo suficientemente valientes como para vetar determinadas actividades cruciales: la tortura sistemática a los detenidos, las ejecuciones públicas, la propia pena de muerte o la esclavitud, por mencionar algunas tradiciones firmemente asentadas, aunque ahora nos cueste imaginarlo. 

Entre tanto, este verano, de nuevo, quienes creemos que el respeto a todos los seres vivos debería ser la base de cualquier cultura digna de ese nombre seguiremos sufriendo al pensar no sólo en los animales torturados, sino también en los miles y miles de ciudadanos que disfrutarán con ese dolor, banalizándolo y convirtiéndolo en motivo de juerga y aplausos. Y les aseguro que nunca podremos entenderlo, por mucho esfuerzo que hagamos.