El trabajo gustoso

No ha visto uno, hasta donde yo sé, que nadie se haya tomado en serio la promesa electoral más espumillante de estas elecciones. La ha formulado Íñigo Errejón: reducción de la semana laboral de cinco a cuatro jornadas. Tiene además sentido que lo haya propuesto ese muchacho, que redujo las obligaciones de su beca hasta dejarlas en cero y empantanó en el absentismo leyes y proyectos de la Comunidad de Madrid que seguramente habrían traído ya el chavismo a este valle de lágrimas.

Dejemos de lado si tal medida es o no viable. Yo no lo sé, yo no he estudiado esa compleja ciencia que analiza y pronostica los flujos monetarios, mercancías y bienes de consumo, y si un hombre docto como Errejón asegura que ha encontrado la piedra filosofal, no tenemos por qúe no creerle. ¿No fue ese el secreto de Hugo Chávez, no ya subsidiar a todo el mundo, sino la de vender duros a cuatro pesetas? Cierto que los duros se le acabaron pronto y arruinó Venezuela, pero esa es otra historia. Ni siquiera querría uno saber ahora si los patronos (y el Estado, en el caso de los funcionarios) están en condiciones de pagar lo mismo por menos. Supongamos que trabajando menos mejorarán nuestra sanidad, nuestra educación y nuestro bienestar material e intelectual. Centrémonos únicamente en esas 24 horas de ocio que el señor Errejón quiere brindarnos.

Son muchos los que pagarían por trabajar, gentes que, con salud, no se jubilarían nunca

¿Para hacer qué? Ha trabajado uno desde niño (sí, como los de Dickens), sigo trabajando y me gustaría acabar, como Cervantes, escribiendo "puesto ya el pie en el estribo" (y, ah, si además se pareciese al prólogo del Persiles). Son muchos (en Japón casi todos) los que pagarían por trabajar, gentes a las que si les acompañara la salud no querrían jubilarse nunca... El poeta Juan Ramón Jiménez habló del "trabajo gustoso" y de Eugenio d'Ors, de "la obra bien hecha". En estas dos frases queda resumido el gran proyecto humano, volviendo del revés la enconada maldición bíblica: ganarse el pan sin derramar una sola gota de sudor, bien al contrario, haciendo del trabajo algo tan fácil y gustoso que las horas dedicadas a él nos parezcan pocas, incluidas las de amora, que es, como sabemos, todos menos un pasatiempo.