Tres pitillos

En Hawai, aparte de decir aloha a la primera de cambio y ponerse guirnaldas alrededor del cuello, también se fuma. Se hacen muchas otras cosas, pero si me pongo a enumerarlas todas no acabaría nunca, y en principio mi intención es hablar de aquellas lindas islas y el tabaquismo. El motivo es que plantean una ley que prohíba la venta de cigarrillos por etapas, incrementando paulatinamente la edad a la que se podrían adquirir. Si se aprueba, el próximo año, el 2020, nadie de menos de treinta años podría ir a un estanco y comprar una cajetilla. Así como aquí, si no me equivoco, ningún menor de dieciocho años puede comprar tabaco, allí la edad mínima sería de treinta. Al año siguiente, el 2021, sería de cuarenta. En el 2022, de cincuenta, y de sesenta en el 2023. La progresión culminaría en el 2024, año en el que ningún menor de cien años podría comprarlos. Si tienes noventa y nueve, no; si tienes cien, sí. 

si la ley se aprueba, prohibirán la venta de tabaco a los menores de cien años

No se puede negar que, al menos, es una propuesta original. Los impulsores de ese proyecto legislativo son congresistas republicanos y demócratas, al alimón. Reconocen que la medida “tendrá un recorrido difícil”, pero que se trata de un paso necesario para que los hawaianos tengan una vida más saludable, y explican que “hay personas fuertemente adictas, esclavizadas por una industria ridículamente perversa que ha diseñado cigarrillos altamente adictivos, aun sabiendo que son letales”.

¿Se gana mucho implementando una ley antitabaquista de forma paulatina? No lo sé, pero al ser insólita sus impulsores aparecen en los medios, que es de lo que se trata. La propuesta está en las antípodas de Turkmenistán, país de Asia Central en el que el tabaco está completamente prohibido. Según la ley, a cualquier tienda a la que pillen vendiendo cigarrillos le cae una multa de 1.500 euros. Lo cual ha hecho florecer un interesante mercado negro que vende cigarrillos sueltos a 10 euros cada uno, detalle que me ha hecho recordar cuando –en los años cincuenta, siendo yo niño-- mi padre me hacía bajar al bar de la esquina a comprarle tres (de la marca Bisonte) por una peseta. ¿Por qué me enviaba al bar, pudiendo comprar un paquete entero? Pues porque mi madre le echaba unas broncas tremendas si descubría que fumaba. Por eso, si alguna tarde él estaba en casa y ella inopinadamente fuera, me enviaba a por los tres pitillos y se los fumaba con deleite, sin intención alguna de decirle aloha cuando volviese, claro está.