Un mandato

De las cosas que encontramos en el Rastro cada domingo y que compramos (o no, pero que nos acompañan unos instantes), son los vestigios que acompañan a un sinfín de objetos. Es lo que más valora uno. Los libros son especialmente un nido propicio para esos elocuentes documentos: una carta; un billete de banco hace tiempo fuera de curso y que acaso alguien depositó allí esperando rescatarlo en momentos de penuria, olvidándolo al fin; la ceniza de un cigarrillo, testigo de la soledad o la dicha de quien lo leía; la fotografía de alguien, a todas luces ya muerto, cuya mirada cifra un mensaje póstumo, misterioso, indescifrable... 

Nuestra vida, que se escribe ahora a la vista de todos, será irresoluble algún día

Hace unas semanas compré la Guía práctica del compositor tipográfico, “formada por Juan José Morato con la cooperación de varios señores” y editada en Madrid en 1900. Morato era, como tantos tipógrafos, socialista. El interés del libro, un clásico del genero, puede que sea restringido, no así el tono, propio de un hombre perfeccionista e inteligente. Escribió también una biografía de su amigo y compañero de oficio y de partido Pablo Iglesias. Nació en Madrid en 1864 y murió en Moscú en 1938. ¿Qué razones le llevaron a Moscú antes de acabar la guerra civil siendo ya un hombre viejo? No he logrado averiguarlo, pero seguro que alguien conocerá la razón.

Y si esa guía es una cumbre de los tratados sobre el noble arte de la tipografía, aún lo es más la dedicatoria con la que vino ese viejo ejemplar del Rastro. En la anteportada, con letra redondilla y pendulada, alguien escribió a mano: “Es propiedad de Juan Martínez”. Y al volver la página, en tinta negra, con caligrafía distinta, suelta y firme, esto otro: “A mi hijo Julián Martínez y Díaz. No vendas ni abandones este libro mientras en este oficio honradamente ganes para comer. Es mandato que desea no olvides tu padre, Miguel Ángel Martínez. 2/7/1916”. Cuánto amor y respeto hay en esas palabras, hacia su hijo, hacia su oficio, hacia la vida honrada... ¿Qué pasó entonces? ¿Desoyó Julián el mandato de su padre, vendió el libro, lo abandonó? ¿Tuvo que cambiar de oficio?  ¿Qué fue de la vida de todos ellos? Este otro misterio, en cambio, nunca se resolverá, y es justamente el que importa. La nuestra, la tuya y la mía, se están también escribiendo ahora a la vista de todos, y a la vista de todos será irresoluble un día, pese a la letra clara, suelta, firme.