Una nueva etapa

Qué duda cabe que atravesamos tiempos convulsos. Aunque quizá todos lo hayan sido y tal vez éstos lo sean incluso menos que otros que ya pasaron o que vendrán. Pero lo cierto es que, desde que empezó lo que por entendernos hemos llamado “la crisis”, somos muchos los españoles que tenemos la sensación de estar viviendo sobre arenas movedizas. O, por mejor decirlo, de ir resistiendo en mitad de un pantano que nos tiene medio succionados.

A medida que la apariencia de bienestar se iba quedando enterrada se nos han desmoronado demasiadas cosas y, con ellas, buena parte de nuestra confianza en las instituciones y en las personas que nos representan. Pero lo peor de todo es que nos hemos desmoronado nosotros mismos –muchos de nosotros mismos–, alcanzados de lleno por el paro, la precariedad y una falta de perspectiva de futuro que resulta desoladora, perdidos el ánimo y la moral mientras veíamos cómo se destruía la escasa justicia social de la que creíamos gozar.

Si hemos aprendido algo de la última década ahora toca ponerlo en práctica

No hemos sido el único país afectado por todo esto. Pero lo hemos sido de manera especial. Quizá, pienso, porque el proyecto de España construido desde la tan traída y llevada transición no era sólido, y los malos hábitos, la codicia y la falta de principios lo socavaron fácilmente. Si me apuran, ni siquiera estoy segura de que haya existido un verdadero proyecto de España con raíces profundas, más allá de ciertos aspectos que, a la larga, han demostrado ser en buena medida superficiales o vulnerables.

Hemos sufrido muchísimo estos últimos años. Y aunque nunca he pensado que el sufrimiento sea una condición necesaria para aprender, sí creo que, una vez que llega, lo único que se puede hacer es intentar extraer de él alguna lección. Si hemos aprendido algo de la última década, éste podría ser el momento de ponerlo en práctica. El momento de que cerremos filas todos los que creemos que organizar una vida común decente y justa vale la pena, y también de que los políticos, más allá de sus habituales mezquindades partidistas, cuenten con las gentes sabias –que las hay– para construir un país del cual sentirnos orgullosos, y no sólo por nuestros bares, nuestro sol o nuestros numerosos –y corruptores– kilómetros de AVE. Empieza una nueva etapa, me parece, y ojalá seamos tan inteligentes y tan buenas personas como para no desperdiciarla.