Una tumba y las otras

Aprovechando el sereno día de otoño hoy he vuelto a ir a Geras de Gordón. Hace un año les conté aquí cómo participé de voluntaria en la exhumación de los restos de Francisco Alonso, un republicano que fue ejecutado por los falangistas muy cerca de ese pueblo del norte de León y enterrado después allí mismo, en la cuneta, como si fuera una alimaña. Hoy he regresado a esa curva infernal, en la carretera que sube hacia el hermoso puerto de Aralla. Todo estaba en paz.

La hierba y las aulagas han vuelto a crecer sobre la tierra, alborotando la tumba cerrada. Un roble joven, que ya amarillea, sigue tranquilo su camino hacia las alturas, que le deseo muy largo y fecundo. Sobre el risco cercano, los enebros se agarran firmemente a la roca. Hay pájaros que aún cantan, y hojas que caen con levedad, como si flotasen camino del paraíso. Parece que ahí nunca sucedió nada. Pero sí sucedió: este lugar fue durante ochenta y un años la tumba secreta de un hombre decente, asesinado por sus ideas.

El mismo estado que desentierra al verdugo no es capaz de desenterrar a sus víctimas

Ahora, un año después, los análisis de ADN han demostrado que aquellos restos eran en efecto los del padre de Luis, que lo buscaba con tanta ansia. El extraordinario equipo de la Asociación para la Memoria Histórica de León ha elaborado un informe exhaustivo que recoge la historia de Francisco, la compleja búsqueda y el hallazgo de su cuerpo. Y él, por fortuna, descansa ya donde siempre debió haber estado, en un cementerio digno, junto a su esposa.

Un año después, los restos del jefe de sus verdugos salen al fin de su hipogeo, ese mausoleo de pesadilla del Valle de los Caídos, construido en buena medida por sus propios prisioneros –como en las historias de los tiranos más brutales de la Antigüedad– y en el que yacen junto a él más de 30.000 víctimas de su crueldad, iguales también a aquellos derrotados que acompañaban al más allá al soberano victorioso en tiempos que nos parecen, con razón, detestables. 

Es, sin duda, una buena señal de normalidad democrática. Pero espero que sea algo más que una señal: la exhumación y los análisis de ADN de Francisco se pudieron hacer gracias a la aportación económica de un sindicato noruego y al trabajo gratuito de los voluntarios. El mismo Estado que desentierra ahora al verdugo sigue sin ser capaz de desenterrar a sus víctimas. Algo habrá que corregir a ese respecto, creo. Ya.