By Vázquez

La noche de este domingo, los Reyes Magos visitarán las casas de todo el orbe de tradición católica para dejar regalos a los niños. Les dejarán regalos si a lo largo del año han sido buenos y carbón de golosina si se han portado mal. Dudo mucho que, a estas alturas del holoceno, entiendan el significado insultante del carbón, si nunca han visto para qué sirve y lo simbólico de su poco valor. Han crecido entre Thermomixes y no se les ocurre que las sopas o los potajes que preparan sus padres en ese aparato se cocinasen hace décadas en una cocina económica, que se alimentaba a base de carbón. 

La noche del día cinco, mientras en la ciudad se celebraban cabalgatas para dar la bienvenida a los Magos, mi padre dejaba en el balcón agua para sus camellos y, para los Reyes, un plato con trozos de turrón y una copa de coñac. Vivíamos en un tercer piso (un cuarto si contamos el principal). No se me ocurría entonces preguntarme cómo llegarían a la altura de ese balcón. Embaucar a los críos es fácil y legal.

Más de la mitad de niños solo juegan una semana con los juguetes nuevos

A la mañana siguiente, el agua para los camellos había desaparecido, y también la copa de coñac y el turrón. Supongo que, cuando yo ya dormía, mi padre había dado cuenta de todo ello. Había llegado el gran momento. ¿Me habrían traído regalos o simplemente carbón? A menudo yo soñaba con una bicicleta –era un sueño recurrente–, pero nunca me atreví a pedirla porque era consciente de que se trataba de un lujo que quedaba fuera del alcance de una economía familiar precaria. Eran los años cincuenta. Sí recuerdo el regalo que más me gustó: una escopeta con bala de corcho complementada con un zurrón verde y, dentro, un conejo de trapo, relleno de serrín. Durante años jugué con eso, y la última imagen del zurrón, cuando ya hacía décadas que no vivía en casa de mis padres, fue que lo utilizaban para almacenar las agujas de tender la ropa.

Los supermercados Aldi acaban de hacer público su Informe sobre el juego infantil. En España, más de la mitad de los niños sólo juegan una semana con los juguetes que les regalan: “El 52% de los niños destinan entre uno y siete días de atención a los juguetes nuevos”. Es lógico. Tienen tantos que llenan a rebosar sus habitaciones, al punto que ellos no caben, y si no los echan a la basura al cabo de pocos días, acaban durmiendo en el pasillo, abrazados a sus ciento treinta y ocho peluches. He acabado convertido en el abuelo Cebolleta.