Veinte años

Suele suceder con los acontecimientos históricos más impactantes: por mucho tiempo que pase es raro que se nos borre de la memoria dónde estábamos y qué hacíamos en el momento justo en que tuvimos consciencia de lo que ocurría. Sé que la primera noticia del 23-F, por ejemplo, me la dio mi hermana en un grito exaltado al abrirme la puerta de casa cuando yo volvía de un entrenamiento de voleibol. De los aviones estrellados contra las Torres Gemelas me enteré al oír de refilón a Matías Prats en una tele solitaria que nadie estaba viendo mientras yo ayudaba a poner la mesa para una comida familiar en una casa que no era la mía.

Pobres padres, he pensado mil veces, pobre Miguel Ángel Blanco 

En estas últimas semanas, al cumplirse veinte años desde que ETA matara a Miguel Ángel Blanco, casi todos los medios han hecho un gran despliegue in­for­mativo rememorando aque­llos angustiosos días. Con el objeto de componer un ­repor­taje a modo de mosaico, desde algunos han lanzado a un número de personajes públicos la pregunta: ¿dónde estabas tú cuando lo asesinaron?

Nadie me ha pedido mis coordenadas de esos momentos para contribuir a ningún collage, pero, de manera espontánea, como a casi todos, a la memoria me han vuelto mis propias circunstancias. En mi casa estaba. Sola, sentada en un sofá frente a la tele. Con mi hijo recién nacido en brazos, dándole el pecho. Angustiada como España entera, con el añadido de la vulnerabilidad emocional que provocaban las hormonas revueltas tras el parto reciente. Así me pilló el momento, y eso me quedará grabado hasta que las neuronas me lo permitan: el contraste atroz entre la vida salvajemente tronchada de un hombre joven, sano e inocente, y el cuerpo blando y caliente de un bebé de siete días apretado contra mí.

He pensado en ello en multitud de ocasiones a lo largo de las dos décadas que han transcurrido. Cuando mi hijo cumplió cinco, diez, quince años; cuando lo he visto crecer lleno de ilusiones, inquietudes y proyectos, cada vez que ha estado metido en la cama con fiebre o ha dado un estirón o ha vuelto a casa exhausto tras un partido, cuando empezó la universidad, ahora que acabo de despedirlo en un aeropuerto. Cuanto más se nutría su vida, más lejos quedaba la de Miguel Ángel. Pobres padres, he pensado mil veces. Pobre chico.

Que veinte años no es nada, dice el tango. Menuda ­tontería.