Velocidad y tocino

En los años setenta, García Berlanga filmó Tamaño natural. Michel Piccoli interpretaba el papel de un dentista con un matrimonio que hace aguas. El hombre cada vez se siente más solo y desazonado. Tiene líos extraconyugales que tampoco le compensan. Hasta que encuentra a un maniquí de tamaño natural, una muñeca, de la que se enamora, y se va a vivir con ella. Ha llovido mucho desde entonces. Las muñecas sexuales se han convertido ahora en robots, y en ciertos países –sobre todo del Extremo Oriente– han llegado a un grado de sofisticación que permite a muchos solitarios onanistas satisfacer necesidades que son incapaces de satisfacer con personas. Ahora les están incorporando inteligencia artificial. 

¿Programar a los robots sexuales para que puedan negarse a relaciones no deseadas?

Y ahí surge el problema. En plena época del “no es no”, dos investigadores de una reputada universidad proponen que se programe a esos robots de forma que no se vean obligados a mantener relaciones sexuales si no les apetecen (?). Piden que los programen de forma que puedan dar su consentimiento pero también negarlo. ¿En qué ocasiones darán su consentimiento y en cuáles no, si son objetos, cosas, no personas? Eso no lo dejan claro, pero supongo que pronto nos lo explicarán. Intentar aplicar a las muñecas sexuales la política del consentimiento –lógica en las relaciones entre personas– es confundir la velocidad con el tocino, pero la policía moral no se pierde una. 

Mucha gente usa consoladores. Los más conocidos son los femeninos, pero también los hay masculinos. Los llaman flesh­light, un juego de palabras entre flesh (carne) y flashlight (linterna) porque tienen esta forma, con una abertura blanda en forma de vulva o de ano en el lugar que ocupa la bombilla en las linternas convencionales. Pero lo dicho: los más populares son los femeninos. Lástima que cuando rodaron Sexo en Nueva York la norma del consentimiento no se les aplicaba, porque hubiese sido divertido ver cómo las protagonistas de la serie lo pedían a los múltiples vibradores de los que disfrutaban. Entre ellos “el conejito”, el Vibratex Rabbit Habit Vibrator que utilizaba Samantha Jones y que tiene la peculiaridad de, además del dildo vaginal propiamente dicho, contar con unas orejitas que masajean el clítoris. Hubiese sido grandioso que, en alguna escena, tras preguntarle Samantha Jones si le parecía bien que lo usase para masturbarse, el conejito le hubiese contestado: “No. No me fuerces. ¡No es no!”.