Violaciones 'banales'

En el imaginario colectivo, un violador es un tipo solitario, un depredador nocturno que acecha a sus víctimas en medio de la oscuridad, navaja en mano, y que las fuerza utilizando la amenaza de muerte (a veces cumplida). Un ser maligno y marginal al que sin duda alguna –queremos creer– se le ve la pinta. Que ese personaje existe es evidente. Pero los últimos tiempos han puesto de relieve que la violación es algo más común y más perturbador que el crimen de ese delincuente arquetípico. 

Estamos horrorizados ante la proliferación de violaciones en grupo. En manada, por utilizar el expresivo término con el que los tipejos de Pamplona se denominaban a sí mismos: un puñado de bestias que salen juntos de caza, animándose los unos a los otros, sirviéndose de escudo moral –mejor dicho, inmoral– y, al mismo tiempo, compitiendo los unos con los otros para ver quién es más fiero.

Nunca vamos a llegar a saber a ciencia cierta si ese horrible comportamiento es propio de la contemporaneidad o si lo que está ocurriendo es que ahora se denuncia con más frecuencia. Sin duda alguna, violaciones en grupo las ha habido siempre. Basta con pensar, por ejemplo, que esa ha sido habitualmente un arma importante durante las guerras y que sigue ocurriendo a día de hoy en los lugares en los que hay conflictos armados.

Pero estas manadas de violadores del momento parecen tener un componente inusitado: el de la banalidad con la que actúan. Parecen pensar que juntarse unos cuantos machitos patéticos y violar entre todos a una chica es algo divertido. Ni siquiera un crimen horrible al que les empuja una innombrable oscuridad y que hay que ocultar como sea, sino una entrenida forma de pasar el rato de la que se permiten alardear y presumir en las redes, entre los aplausos de los amigotes y la comprensión de todos aquellos que aún creen que una chica que sale de fiesta, una chica que bebe, una chica que ejerce libremente su sexualidad... siempre está dispuesta a todo. 

Confundir la libertad de una mujer, ejercida como a ella le dé la gana, con su libre disponibilidad como objeto de satisfacción masculina es una inmensa perversión, un fallo aterrador que pasa por la educación y por la difícil deconstrucción de la penosa imagen de lo femenino que se hace desde ciertos sectores de los medios, las redes, la ficción audiovisual, la publicidad y hasta la música. Nos queda trabajo para rato.