A vueltas con los hechos

La era que ahora se inicia tal vez acabe resumida en sólo dos palabras, improvisadas por una desconocida consejera del presidente de Estados Unidos. Cien sesudos profesores de teoría política, cien maquiavelos, cien genios no habrían dado con ellas así se les hubiese encerrado en una espelunca a pan y agua. Esa gloria sólo le estaba reservada a Kellianne Conway. En el transcurso de una enconada conversación televisiva con un periodista, que acusaba al secretario de prensa de Trump de haber mentido sobre el número de asistentes al juramento del presidente, la señora Conway acabó perdiendo los estribos: “Si nos vamos a referir en esos términos a nuestro secretario de prensa, creo que vamos a tener que replantear nuestra posición en este programa (...) Él lo que hizo fue presentar hechos alternativos. No hay manera de contar exactamente las personas de una multitud”. El descubrimiento de tal concepto es de la misma naturaleza que el del famoso huevo de Colón, con la importante diferencia de que este, además, descubrió Amé­rica.

no hay un solo populismo que no esté fundado en hechos alternativos

No hay un solo populismo, y derivados tóxicos, que no esté fundado en hechos alternativos, que es como decir en el desprecio de los hechos o el ascenso de la ficción a categoría dorsiana.

Hasta hoy los hechos alternativos eran exclusivos de la literatura. El “final feliz” de una novela es un hecho alternativo, porque todo el mundo sabe que las cosas de esta vida no sólo carecen de sentido, sino que además suelen acabar mal. Y cuando acaban bien, la gente prudente baja la voz, por temor a despertar la envidia de los dioses, y dice: “No acabo de creérmelo”. Tal es el secreto del éxito de las novelas. Pero se equivocan quienes piensen que el concepto de “hechos alternativos” fue mérito sólo de la señora Conway. Estaba en el ambiente. Cuando Tarantino hace una película sobre Hitler en la que se cuenta que este no se suicidó en su búnker, sino que murió a manos de un poeta de Hollywood (por aquello de la justicia poética) que le revienta los sesos con un bate de béisbol, está presentando hechos alternativos y abriendo el camino más terrorífico de todos, el de no saber qué es real y qué es ficción. De ahí a que esta sociedad se vista de Superman y se lance por el balcón sólo hay un paso. Lo estamos dando.