Ya

Ya. Ya podría conocer (si quisiera, que no querré de momento) ese lugar siniestro al que me he negado ir toda mi vida y lo probable es que a estas alturas usted no pueda ya tampoco con el empacho del Valle de los Caídos. No obstante, si me lo permite, intentaré decir algo que acaso no resulte trillado. El triunfalismo del Gobierno en la exhumación de los restos de Franco lo encuentra uno más que justificado en estos dos hechos, uno en verdad humillante y otro en verdad irrebatible: Franco murió en su cama y Franco llevaba más de cuarenta años enterrado allí sin que nadie, rojo o azul, hubiera mostrado en ese tiempo acucia alguna para desalojarlo de su sepulcro. 

¿Era necesaria la exhumación y se hubiera podido llevar a cabo de otro modo? Sí, pero si lo primero es obvio, al menos para mí, lo otro también es ya banal. No lo es en absoluto la operación que el Gobierno y algunas asociaciones y partidos quieren poner en marcha: no el paternal consejo de Nietzsche, también citado aquí muchas veces (“un exceso de memoria daña la vida”), sino la mitificación y exculpación de parte de las víctimas (“las nuestras”), pese a que se haya repetido un millón de veces (una por cada muerto) que el problema en una guerra civil es precisamente ese: algunas víctimas fueron también victimarios y causaron con sus crímenes parecidas injusticias a las que ellos mismos sufrieron.

Ni un solo condenado a muerte o a penas de cárcel durante el franquismo lo fue con garantías jurídicas. Al contrario, a menudo lo fueron tras procesos aberrantes y vejatorios. Es un hecho también irrefutable. Como que el haber padecido cuarenta años de exilio, la brutalidad de las instituciones penitenciarias y policiales de la dictadura o la prevaricación criminal de sus jueces, fiscales y abogados de oficio (militares a menudo) no les exime a muchos de ellos de su responsabilidad en los atropellos que perpetraron durante la guerra. Los que  tratan ahora de recordar sólo una parte cometerán algo más que una equivocación, será una vileza: se debe rehabilitar a todas las víctimas, pero no blanquear las atrocidades cometidas por algunas de ellas. ¿Nombres? Algunos mejor olvidarlos, y mejor olvidar, como supieron bien los franquistas, socialistas y comunistas que firmaron en la transición la reconciliación de todos. Y ya. Basta ya de guerra.