Albert Adrià “Ya dormiré cuando me muera”

Y a no es el hermano pequeño de Ferran. Ha crecido junto a él, pero su nombre brilla por sí mismo entre los grandes de la cocina. Albert Adrià (l’Hospitalet de Llobregat, 1969) entró en El Bulli en 1985 y tuvo que abrir un paréntesis por estrés en 1997, cuando se ganó la vida como pescador furtivo de mejillones en Francia. Luego volvió al restaurante de Cala Montjoi, donde había comenzado a trabajar con 16 años. No se dio cuenta de que la cocina iba a ser su pasión hasta el 2001. Hoy ha creado su mundo en El Barri, la empresa que se ha extendido por la zona de la avenida del Paral·lel de Barcelona con seis restaurantes: Tickets, Pakta, Niño Viejo, Hoja Santa, Bodega 1900 y Enigma. Ha dicho que ocho de cada diez restaurantes mueren a los cuatro años, y no quiere que los suyos lo hagan. ¿Tiene algún secreto para que sigan vivos? “No tengo recetas porque estoy viendo en mi propia piel lo difícil que es llegar a los diez años. Yo me aplico una: trabajar y callar”.
Está al pie del cañón 12 horas al día, de once a once, y no tiene recuerdos de la infancia relacionados con la comida, sino con los olores. Los de las planchas de los bares haciendo las sepias, los calamares o los pinchos morunos. Porque a Albert Adrià le gustan los bares. Es un chico de barrio que sufrió y mucho, al igual que Ferran, con la muerte de sus padres y de Juli Soler, el socio de su hermano en El Bulli. Recuerda a El último día de mi vida que vivió muy de cerca su muerte. “Tenían cara de haber cumplido y estar descansando. En el fondo, el sufrimiento es para quienes nos quedamos”, recuerda.
Lo pasó muy mal con la enfermedad de sus padres. Le cambió.
–Sí, me acercó hacia el sentido de la vida y a entender que la muerte es parte de ella. Se nace para morir, lo que ocurre es que hay gente que muere de una manera y otra que no merece hacerlo sufriendo. Verlos sufrir durante años no fue agradable. Cuando acabó esa experiencia yo era otra persona; curiosamente le perdí mucho miedo a la muerte.
Daría la vida por su hijo. No cree que haya nada más allá de la muerte, aunque es “bonito pensar que sí. Quizá por ello nos preguntamos si hay algo más allá. Yo me imagino que es lo mismo que cuando estás en un sueño profundo: nada”.
–¿Qué es la vida para usted?
–Una oportunidad que no se puede despreciar. Se nace para vivirla con criterio y dosificando el cuerpo y la mente, pero sin olvidar que sólo se vive una vez.

1. Aquí y ahora.Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría? 
Me iría al mar con la familia y los cuatro amigos que tengo, pagaría yo la fiesta sin problema y haríamos un banquete por todo lo alto con la mesa en el agua cubriendo las rodillas.

2. ¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá tiempo? 
Tocar un instrumento, preferentemente el piano o la guitarra.
 
3. ¿Qué aconsejaría a los que se quedan? 
Que beban y dejen vivir.
 
4. ¿Cómo diría que fue su vida? 
Casi como me dio la gana, he tenido el privilegio de hacer casi siempre lo que he querido.
 
5. ¿De qué está más orgulloso? 
De haber pasado sin tocar las narices a nadie y de querer a los míos.

6. ¿Se arrepiente de algo? 
Por supuesto, es necesario cometer errores para aprender en la vida, pero también es necesario aprender a pedir perdón.
 
7. ¿El mejor recuerdo de su vida? 
El nacimiento de mi hijo, obviamente. 
 
8. ¿Cuál sería el menú de su última cena? 
Una finísima pizza con únicamente mozzarella de búfala y 400 gramos de caviar sobre cada pizza, quizá no me espere al último día para probarla.
 
9. ¿Se iría a dormir? 
Ya dormiré cuando me ­muera.
 
10. ¿Cuál sería su epitafio? 
No me pierdo una fiesta.