Dolores Redondo: "Mi epitafio será: ¿Ya?"

Estudió Derecho, pero no acabó la carrera. También restauración gastronómica y llegó a montar su propio restaurante. Pero tenía claro desde niña que quería escribir cuentos, como le dijo a su madre. Y lo hace desde que tenía 14 años. No cree que haber estudiado Derecho le limite para ser escritora o que sea la parte de chef la que chirríe. “Le advierto que en las listas de éxitos literarios hay de ambos. Personalmente he estudiado muchísimas cosas, lo hago cada vez que me documento para una novela. Tengo infinitos intereses y de lo más variado. Creo que toda experiencia, viaje o conocimiento abre la puerta a contar una historia desde una perspectiva novedosa y distinta y no importa tanto qué he hecho con mi vida, sino cómo sirve esa experiencia a la historia que quiero contaros, a la literatura como primer y último objetivo”. Dolores Redondo (San Sebastián, 1969) ha vendido la friolera de 2,5 millones de ejemplares de sus novelas en todo el mundo desde que hace seis años publicara El guardián invisible, el primer volumen de la trilogía del Baztán.

Amaia Salazar, la inspectora de la Policía Foral de Navarra de la trilogía, vuelve más joven con La cara norte del corazón, una novela ambientada en Nueva Orleans. Es subinspectora, participa en un curso de intercambio de policía de la Europol en la academia del FBI en Estados Unidos y se integra en un equipo que trata de descubrir a un asesino en serie de familias enteras que actúa al amparo de desastres naturales. 

–¿Qué quiere transmitir al lector con su nueva novela? ¿Hay alguna característica diferente entre la Amaia Salazar de esta novela y la que protagoniza la trilogía?
–Esta novela ha sido concebida como un punto de partida, el principio. Así que todos los lectores que lean La cara norte del corazón tendrán la opción de seguir con la siguiente novela o ir a la trilogía de Baztán. Amaia tiene 25 años, es una joven e impetuosa subinspectora que ya ha cosechado importantes logros. Aúna frescura, fuerza, instinto, pero aún no se maneja bien en los parámetros burocráticos y muestra una rebeldía e insolencia propias de un fuerte carácter. Dupree la seleccionará para acompañarle a la caza de este asesino porque advierte su talento natural para distinguir y adelantarse al comportamiento de esa clase de asesinos que parecen salidos de una pesadilla.

Dolores tenía cuatro y cinco años cuando vio morir a una hemana y fallecer a varios familiares, todos ellos muy jóvenes y de forma muy seguida. Tenía miedo a que murieran sus padres o su hermano. El nacimiento de sus otros dos hermanos alegró una vida marcada por el duelo, también presente en su obra.

–Me interesa tratar el duelo en literatura, el modo en que procesamos cualquier pérdida, no sólo la muerte, está el empleo, quedarse sin hogar, las rupturas con parejas… Cada pérdida tiene su duelo y negarlo, soslayar el dolor o tratar de ignorarlo, siempre pasa factura. Creo que es algo que nuestra sociedad no gestiona bien, en cuanto alguien sufre preferimos no verlo, o enmascararlo. Sin embargo es bueno llorar las penas, reconocer las derrotas y las pérdidas. Admitir que algo se ha terminado, que no volverá y que sólo te queda echarlo de menos y tirar hacia delante, es capital para gestionar la frustración, el dolor y la ira que produce la pérdida. He escrito sobre esto y lo volveré a hacer.

No le tiene miedo a la muerte. Sabe desde niña que “esto se termina en cualquier momento; y esto me produce una sensación constante de estar llevándome un poco más, como esos cinco minutos más en la cama, en el mar, eso me da un extra de disfrute, me está gustando esto de vivir, no quiero que se acabe, me parece demasiado pronto”.
Cree que hay algo más allá y de hecho vive con la esperanza de que exista el infierno para ver “desfilar a unos cuantos hacia allí”. “La vida es lo más importatante”, dice, y emplaza a vivir y leer, porque a través de la lectura se accede al conocimiento.

–¿En qué personaje histórico le gustaría reencarnarse?
–No creo en la reencarnación. Y en caso de poder transmutarme en otro ser, preferiría un animal, un cuervo, un búho, una gata negra... muy de bruja. 

 

1. Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría?
Dedicaría un rato a preparar mi funeral, una mezcla de funeral irlandés y de Nueva Orleans, con banda de música tocando y bailando hasta el cementerio. Después daría una gran fiesta para mi familia y mis amigos. Comeríamos, cantaríamos, y nos reiríamos mucho.

2. ¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá tiempo?
Sin duda me habría gustado vivir más, tengo sueños, proyectos y diez novelas en apuntes. Espero que la vida dure para escribirlas, pero nunca he perdido tiempo en lamentaciones y no iba a hacerlo en mi último día.

3. ¿Qué aconsejaría a los que se quedan?
Que disfruten, que amen bien.

4. ¿Cómo diría que fue su vida?
Un viaje emocionante. Un éxito.

5. ¿De qué está más orgullosa?
De haber amado bien y de que me hayan amado bien.

6. ¿Se arrepiente de algo?
Nunca he causado el tipo de daño irreparable, que creo que es ese del que uno se puede arrepentir al final de su vida.

7. ¿El mejor recuerdo de su vida?
Lo generaré el próximo verano, o con la próxima novela. Soy más como esos niños que disfrutan tanto planeando su cumpleaños, o  el día de Navidad, como viviéndolos.

8. ¿Cuál sería el menú de su última cena?
Pues el mismo que cada vez que me reúno con los míos a celebrar, un poco de todo lo que le gusta a cada uno. De una cosa estoy segura, cocinaría para ellos, me encanta hacerlo.

9. ¿Se iría a dormir?
Me iría a bailar.

10. ¿Cuál sería su epitafio?
Lo tengo pensado hace años. Ya le he dicho que me gusta vivir y que ya sé que se me va a hacer corto. Mi epitafio será: ¿Ya?