Isabel Coixet “Me hubiera gustado aprender a hacer surf”

Ahora a todo el mundo le parece bien Mi vida sin mí, pero en su momento las pasé canutas porque nadie quería hacerla. Leían el guion y sólo me decían: ‘¿Pero cómo, que es una peli de una tipa con cáncer y que luego se muere? Olvídate’”. Isabel Coixet (Barcelona, 1960) ha recordado en más de una ocasión cuánto le costó poder dirigir este drama intimista, con el que en el 2003 le llegó su primer éxito internacional. Años después dedicaba Ayer no termina nunca (2013) a una amiga que perdió a su hijo. “He visto –ha explicado– cómo esa persona ha salido de uno de los peores pozos en los que puede caer el ser humano”. Coixet, una de los pocos cineastas que se atreven a hablar sobre lo que pasa detrás de la muerte, estrena ahora La librería (The Bookshop), donde Florence, su protagonista, vive muchos años de duelo después de la muerte de su marido. Tres historias con la muerte presente.

–¿Cómo ve usted a la muerte?
–La muerte... como decía la cantante francesa Barbara, más vale que nos acostumbremos cuanto antes a que después de nacer, la muerte es nuestro destino. Yo la veo necesaria, pero es una gran jodienda, la verdad. Un poco más de vida estaría mejor.

Licenciada en Historia y especializada en los siglos XVIII y XIX, Coixet, que comenzó a hacer películas cuando le regalaron una cámara de 8 mm por su primera comunión, debutó como guionista y directora en 1988 con Demasiado viejo para morir joven. Ha sentido de cerca la muerte y ha tenido alguna experiencia con ella, pero prefiere olvidarse de que la tuvo porque, dice, “no soy rencorosa”. 

–¿Le da miedo?
–Sí. Miedo. Terror. Pánico. Casi tanto como la vida.

–¿Entiende que haya quien tema más a la vida que a la muerte?
–Sí, claro que le entiendo. Vivir es agotador, y la muerte, un misterio. Así es como vivimos, entre la fatiga y el secreto.

–Ha escrito La vida es un guion... ¿Qué es la vida para usted? ¿Cómo hay que vivirla?
–No tengo la más mínima idea. Estoy todavía en prácticas y no me han dado plaza fija, son escasas...

 

1. Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría?
Nadaría en el mar, haría el amor, comería arroz negro, vería This is Spinal Tap, me abrazaría al olivo más antiguo, me bañaría en un río...
 
2. ¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá tiempo? 
Me hubiera gustado aprender a hacer surf, aunque no creo que sea cuestión de tiempo, sino de torpeza ­máxima.
 
3. ¿Qué aconsejaría a los que se quedan?
No perder el tiempo en discusiones absurdas ni en peleas absurdas ni en amores absurdos. ¡Carpe diem!
 
4. ¿Cómo diría que fue su vida?
Interesante, variada, contradictoria, curiosa, intensita...
 
5. ¿De qué está más orgullosa?
De mi legendario arroz negro y mi nula capacidad de recordar ofensas.
 
6. ¿Se arrepiente de algo?
Todo el tiempo que he pasado sufriendo por gente que no merecía la pena. 
No haber tomado más drogas. 
Y no haber aprendido a hablar japonés.
 
7. ¿El mejor recuerdo de su vida?
Un día en un taxi con mi hija, que tenía dos años.
 
8. ¿Cuál sería el menú de su última cena?
La tortilla de patatas de mi madre y dos copas de champán Pierre Peters Blanc de Blancs.
 
9. ¿Se iría a dormir?
¡Después de la paliza que me habría dado en mi último día, seguro!
 
10. ¿Cuál sería su epitafio?
Se esforzó mogollón.