Natalia Verbeke: "El último día de mi vida lo pasaría haciendo pan"

Fue una estudiante brillante. Sacaba sobresalientes o matrículas. Pero su padre le ofrecía premios si se limitaba sólo a aprobar y sacaba así tiempo para jugar con los otros niños, algo que no hizo. Ella era así, muy exigente consigo misma. Así que luego vivió para trabajar hasta que un día se dio cuenta de que también era importante cuidarse.

–Fue en el baño. Ahorrémonos los pormenores. No quieres oírlo, ni olerlo. Decidí frenar un poco, aprendí a decir que no, a fugarme, viajé más y hasta llegué a probar los caracoles (al final no fue tan traumático, pero si hay otra cosa, la seguiré preferiendo). Ya no corro. Espero al siguiente. 

Natalia Verbeke (Buenos Aires, 1975) protagoniza la serie El nudo, que narra la historia de dos parejas amigas que viven un amor prohibido que se destapa cuando Daniel sufre un accidente de tráfico. Cuando le están operando de urgencia, Rebeca, su mujer, descubre que no viajaba solo, que le acompañaba Cristina (Natalia Verbeke), su mejor amiga.

El nudo nos enseña que ahora estás aquí, pero luego, dentro de cinco minutos, puede que ya no. Así que mientras estés, más te vale estar con todo el equipo, al cien por cien y sin riendas. Pero tampoco vayas a pretender encontrar la panacea o el truco en la serie.

Cree que el amor romántico nace y muta, se convierte en otra cosa a partir de los tres años, “pero hay otros tipos de amor, como el mío con mi hija. Amor a primera vista y para siempre. Amor a quemarropa. Y ese sí que no tiene cura”. Le encanta el sonido de las olas rompiendo en la costa. Le relaja y ayuda a dormir. Incluso se lo pone a su hija Chiara, de dos añitos. 

–¿Por qué cree que le relaja? ¿Hay algo que le relaje más?
–Lo mismo por el 65%-75% de agua que tiene el cuerpo humano y el influjo de las mareas. Pero los documentales sobre hipopótamos solazándose en el lodo, de sobremesa, se llevan el premio en lo que a relajarse se refiere. Sin duda. Sólo de pensarlo ya me duermo. Y el Tour de Francia, claro. 

A Natalia le aterra la muerte y la ha sentido de cerca una vez por una gamba en mal estado: “Creí morirme. Hasta hice mi testamento. Pero luego me limité a cambiar de pescadería. La vida es eso. Tropiezas, crees que aprendes, no escarmientas. Sigues comiendo gambas. Te la juegas”.

Espera que haya algo más allá de la muerte, “con buenos restaurantes y menos obras que en Madrid”, aunque no lo hace por una cuestión de fe. Se pregunta si este cuestionario no se ha traspapelado y esté dirigido a Paulo Coelho, y recomienda una película mala, tediosa y muy larga para afrontar la muerte. “Como para decir: ‘¿Ves?, hay cosas peores que la muerte’. Y para vivirla, la misma, para que te haga levantarte de la sala a la mitad y te recuerde que afuera luce el sol y hay una salida”.

–¿ Reencarnarme? Llevo toda la vida interpretando personajes, reencarnándome una y otra vez. No me des más trabajo, por favor te lo pido. Déjame descansar. Déjame flotar tranquila.

 

1. Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría?
Pan. Haría pan. Lo pasaría bien, haciendo pan.

2. ¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá tiempo?
Tocar un instrumento (musical, se entiende ¿no?).

3. ¿Qué aconsejaría a los que se quedan?
Que se ahorren los consejos. Que vivan y dejen vivir.

4. ¿Cómo diría que fue su vida?
Lograda.

5. ¿De qué está más orgullosa?
De mi hija.

6. ¿Se arrepiente de algo?
No. De todo aprendí. Me gustó sangrar cuando hubo que sangrar. Las cicatrices son bellas. Como decía Harry Crews, un escritor que me encanta, la cicatriz significa que la herida se ha curado.

7. ¿El mejor recuerdo de su vida?
Entre el espanto y el asombro, el momento de dar a luz.

8. ¿Cuál sería el menú de su última cena?
Toda la carta del mejor restaurante y me iría sin pagar.

9. ¿Se iría a dormir?
Me iría a bailar.

10. ¿Cuál sería su epitafio?
Cementerio. Interior. Noche.