Rafael Amargo "Hubiera ahorrado más y dosificado el disfrute"

Ilustración: Oriol Malet

Tú, con ese nombre de médico no puedes ser artista, le espetó el poeta granadino Curro Albaicín. Poca gente conoce a Jesús García Hernández (Valderrubio, Granada, 1975), y todo el mundo a Rafael Amargo. Un nombre artístico con mucha historia detrás. El gitano Antonio Amargo  amarraba todas las tardes su caballo en la verja de la casa de Rafael, el abuelo de Jesús, que era el cartero y confidente de Federico García Lorca. El poeta granadino la visitaba cada día para ver al gitano y exclamaba “¡Qué guapo el gitano!”. Y como Jesús iba a ser artista, Curro le rebautizó: te llamarás Rafael, por tu abuelo, y Amargo porque el Romance del emplazado, con el gitano de protagonista, fue escrito en tu casa. Dicho y hecho. No tuvo infancia. Fue un niño adulto. Aprobó primero de Conservatorio con 10 años, con 11 segundo de carrera... No cogió una bicicleta para pedalear por las calles de su pueblo, y de repente se vio trabajando en Madrid, con 17 años, en 1992. De Madrid a Nueva York, a Tokio... Una carrera de éxito que este julio pasa por el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida con Dionisio, una revisión muy particular de lo que es el dios del teatro, el éxtasis y el vino. 

–¿Cómo es ese dios?
–Es un semidiós, porque es de madre humana y padre dios; es un bastardo. Es como un hijo rebelde que se rebela a Zeus.

La religión de Rafael Amargo es su arte y su gente. Es creyente. “Creo que hay un ser superior, al que me encomiendo y le rezo. Es una persona buena, bondadosa y que estando cerca de ella me siento mejor. No me pongo delante de una figura de barro, de cerámica o de porcelana a rezar”, explica. Su Dios no tiene imagen. A veces le gusta leer la Biblia como los católicos y otras como los testigos de Jehová, porque su abuelo Florentino, centenario y amigo también de Lorca, es pastor de los testigos.

Practica el yoga y hace terapia para encontrar su centro, creció absolutamente libre y lo sigue siendo. Se ha casado tres veces, tienes dos hijos y ha tenido relaciones con dos hombres como si estuviera casado con ellos. Dionisio nos enseña, dice, a vivir sin prejuicios, a amar libremente, a disfrutar del disfrute por el disfrute.

Quiere vida y no muerte, por eso no piensa en ella. Chavela Vargas, su amiga, le dejó dicho antes de morir que visitara Real de Catorce en San Luis de Potosí (México) antes de cumplirse el medio año de su fallecimiento. Esto era antes de febrero del 2013, porque “allí arriba, los huicholes, con su peyote sagrado, encomendados con ella, tendrían algo que decirme”. No fue. Tuvo más miedo que curiosidad por lo que su amiga Chavela iba a decirle desde el mas allá, en el que cree.

Se reencarnaría en Nelson Mandela, Teresa de Calcuta o Lorca. Mientras, sigue profesando su religión, el baile. Le da la vida, porque “es la manera por la que yo respiro”. Y respira.


1. Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría?
Llamaría corriendo a todo el mundo para contárselo. Pedirle a Guy Laliberté, creador del Cirque du Soleil y primer hombre que subió a la Luna en un viaje turístico, que me llevara a la Luna para así estar más cerca del cielo. En vez de que el alma gravitara con la muerte, que lo hiciera con la gravedad del espacio.

2. ¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá tiempo?
Haber organizado una fiesta como Dios manda para despedirme de todos mis amigos.

3. ¿Qué aconsejaría a los que se quedan?
Tendrían que imaginárselo porque yo estaría ya en la Luna.

4. ¿Cómo diría que fue su vida?
Plena. Como dice el Evangelio, he querido a mis hijos y a los hijos de mis hijos hasta la tercera generación.
 
5. ¿De qué está más orgulloso?
De haber conseguido, en mi carrera, y en la ilusión que un día le prometí a mi padre, ser alguien relevante y no haber pasado desapercibido.

6. ¿Se arrepiente de algo?
Sí, evidentemente. Hubiera ahorrado más dinero y hubiera dosificado el disfrute.

7. ¿El mejor recuerdo de su vida?
Cuando nacieron mis dos hijos. 

8. ¿Cuál sería el menú de su última cena?
Unas buenas lentejas con chorizo que hace mi madre. Luego creo que nada más, porque si pongo las lentejas con chilimon, que es como me gustan a mí, no puedo poner también los buñuelos de mi abuela, que eran maravillosos. Pero si voy a la Luna entonces llevaría una bandeja de queso, otra de dátiles, pasas, una fuente de frutos secos, zumos naturales, y sobre todo, la mesa llena de gente.

9. ¿Se iría a dormir?
No, no, no. Yo esa noche, vamos, en vela hasta que el cohete saliera para la Luna.

10. ¿Cuál sería su epitafio?
Nada es eterno, todo se acaba, a nadie le amarga un dulce, espérame en el cielo, corazón. Otro: yo fui de casta, no de casting. Otro muy bueno es no aclares, que oscurece. Te espero en el cielo, corazón.