Ferdinand von Schirach "Con el tiempo, podemos perdonar lo que sea, pero no a nosotros mismos"

Escritor y abogado. Munich, 1964. Nadie ambienta los relatos jurídico-criminales como él. Su prosa es simple y poderosa, bío, sin aditivos. Deslumbró con 'Crímenes', se afianzó con 'El caso Collini' y 'Tabú', exploró los límites de la conciencia humana y las leyes en la obra 'Terror'. Y ha vuelto, siempre bajo el sello Salamandra, con 'Castigo' y sin piedad.

Si no estuviese aquí... 
Estaría en mi escritorio, trabajando. Aburrido, ya sé...

¿No le gusta viajar?
Me cuesta. Ya he viajado mucho toda mi vida. 

Decía que viene de China... 
Sí. Nada más aterrizar te dan una app. Si el nivel de polución es alto, no sales a la calle. Hay empleados del hotel al que fui que no han visto el sol en ocho años.

¿Cómo le fue?
Invité a disidentes a un acto. Estaban tan frustrados por no poder escribir... El sistema editorial está controlado por el Estado, y censura entre el 30% y el 40% del contenido de cada obra. 
 

Un filme reciente habla de eso, de los problemas de Dovlatov y Brodsky por publicar en la URSS de los setenta.
Las editoriales tienen que comprar un ISBN, y todo pasa por la censura. En el último año se han concedido 250.000 licencias, para el año que viene sólo 150.000. En la calle hay mil millones de cámaras supervisando. El sueño de cualquier dictadura. 

¿A qué escritores tiene envidia?
Mis primeras lecturas fueron Evelyn Waugh o Thomas Mann, que aún me acompaña. Otros son Roth, Carver, Hemingway... Elección aburrida…

Todos muertos, elección diplomática.
Hay algunos a los que vuelvo de forma repetitiva. Cuando leo a los escritores que he citado es como volver a casa, y cuando leo libros nuevos es como un affaire pasajero.

Sus relatos son como una sala de autopsias. Todo limpio. Una patena.
Así, la narración funciona con claridad. Reescribo mis escritos entre 40 y 50 veces si hace falta hasta que todo queda sin adornos. Los lectores pueden añadirlos a su gusto. Me gustaría escribir como Tolstói... no me sale.

En Castigo, los cuentos son aún más breves. ¡A poner a dieta al lector! 
Mucho mejor eso que no que me digan lo contrario, algo como “qué largo”. Si alguien me dice “qué pena, ya se acabó”, entonces sé que lo hice bien. 

Lo dicho, a dieta.
Y en Coffee and cigarettes soy más severo, más escueto. Para mí el trasfondo es que la literatura y la vida misma van por caminos diferentes.

¿Dónde escribe?
Ah, no hay que exagerar sobre el lugar donde se crea. Hemingway trabajaba incluso en las trincheras. Puedo trabajar en cualquier lugar, arriba en la habitación del hotel, en un café en el piso. Cuando abro mi portátil, al cabo de 10 minutos, estoy en otro lugar. Es igual si tengo un paisaje bonito delante.

Ha publicado Coffee and cigarettes, todavía no traducido. ¿De qué va?
Es un poco inclasificable. A veces son cuatro líneas, a veces varias páginas.

Es el título de la película de Jim Jarmusch... A ver si lo denuncia.
Entonces no hubo libro. Pero lo admiro, es casi mi director favorito. De hecho, se lo hemos enviado.

La literatura muchas veces gira en torno a la lucha contra el mal. En sus libros, el monstruo somos nosotros.
Los griegos ya lo sabían. Con el tiempo, podemos perdonar lo que sea, pero no nos perdonamos a nosotros mismos. Me pasa a mí y a mucha gente. Somos nuestros peores monstruos.