El primer dilema de la vida
Entre los planes para el futuro
y la hipoteca casi nos hemos quedado sin tiempo para disfrutar de los hijos, angustia especialmente dura en sus primeros años. Los expertos en infancia juzgan esa etapa de estar en brazos, de balbuceos y sonrisas esencial en el desarrollo, en su seguridad, pero la mayoría de los padres y las madres no saben cómo reorganizarse. Es el primer dilema de la vida

Si, a diferencia de las tortugas o los renacuajos, los cachorros humanos no están preparados para enfrentarse al mundo y sobrevivir por sí mismos, es porque necesitan algo más que alimento para desarrollarse y convertirse en adultos. Los bebés son seres indefensos que dependen de los adultos para todo: conseguir alimento, trasladarse de un lugar a otro e incluso recuperar la calma cuando algo les sorprende o asusta. Su cerebro es en potencia un sofisticado ordenador, aunque en los primeros tiempos únicamente es capaz de controlar funciones muy básicas, como la digestión o la respiración. Esta total dependencia puede parecer un problema para su supervivencia, aunque es en realidad todo lo contrario. La naturaleza trata así de asegurarse de que siempre habrá alguien –tradicionalmente, la madre– que permanecerá junto a él durante sus primeros años de vida.
A medida que la ciencia ha ido avanzando en el conocimiento del cerebro humano, hemos podido entender la importancia de esos primeros años de vida en su desarrollo. La especial relación que el bebé establece con su madre –o con sus cuidadores principales– va más allá del simple cuidado de lo que su cuerpecito necesita. Las caricias, los juegos, las pequeñas interacciones cotidianas, van activando las conexiones entre las células de su cerebro para permitirle desarrollar funciones cada vez más complejas.
Gracias a esas personas que se convierten en su principal referente y sus interlocutores con el mundo, el pequeño puede organizar su cerebro. Cuando jugamos con ellos, cuando les explicamos lo que sus ojos perciben, cuando les decimos cosas como "Estás cansado, es hora de dormir. Mañana iremos a ver a la abuela", les estamos ayudando a entenderse a sí mismos y la realidad que les rodea. Es precisamente esa relación primaria la que estructura su mundo interior y la que le servirá después como patrón a la hora de relacionarse con otras personas.
Durante la mayor parte del siglo XX, los roles familiares del hombre y la mujer estaban perfectamente definidos: ellos eran responsables del sustento; ellas quedaban Padres de hijos horizontales Siete de la mañana, suena el despertador. Carlos y Violeta se duchan y desayunan entre susurros, tratando de no despertar a su bebé, que duerme aún plácidamente. El primer biberón del día se lo dará él, mientras ella sale corriendo para no perder el tren y llegar a tiempo al trabajo. Después, Carlos dejará al pequeño en la guardería a las ocho y media y cruzará la ciudad para llegar a la oficina. A última hora de la tarde, será Violeta quien pase a recogerlo. Eso, claro, si logra salir a su hora. "La guardería se lleva un buen pellizco del presupuesto familiar, pero no sé qué haríamos sin ella", comenta Carlos. "A veces tengo la sensación de que nos estamos perdiendo una etapa muy bonita de la paternidad, pero necesitamos dos sueldos para pagar la hipoteca y llegar a fin de mes."
relegadas a una posición de dependencia y se responsabilizaban del hogar y la descendencia. Ese modelo está en claro declive. La incorporación de la mujer como miembro de pleno derecho en todos los ámbitos de la vida social ha traído consigo una nueva manera de entender la sociedad y, también, la familia. Avanzamos hacia una cultura más libre e igualitaria, en la que cada individuo pueda decidir su papel en la sociedad sin que sus cromosomas predeterminen el rumbo de su vida.
Cada vez son más las parejas en las que ambos miembros trabajan fuera de casa y que negocian de igual a igual el reparto de las tareas domésticas: "tú pones la lavadora, yo tiendo la ropa"; "yo cocino a mediodía, y tú te encargas de la cena". ¿Y quién se ocupa de los niños? Las leyes nos conceden un permiso de maternidad –o paternidad– durante 16 semanas. Lo que, dicho sea de paso, está muy lejos de los diez meses que se otorgan en Inglaterra o los casi dos años de Suecia y Rumanía. ¿Y después? La atención individualizada que recibían antes los bebés se sustituye por la que ofrecen los centros de preescolar. Paradojas de la vida, el sistema capitalista nos ha llevado a la socialización del cuidado de los más pequeños.

No es un caso excepcional. Crece cada día el número de personas que tienen que dejar a sus retoños al cuidado de otros para poder cumplir con su jornada laboral. En muchos de estos hogares, de lunes a viernes los hijos están separados de sus padres durante la mayor parte del tiempo en que están despiertos. Son lo que Jesús García Pérez, jefe del departamento de pediatría social del hospital del Niño Jesús de Madrid, llama “padres de hijos horizontales”. “Desde los primeros años de vida, estamos instaurando una orfandad colectiva”, explica el doctor García Pérez. “Son niños que tienen padres, pero que pasan la mayor parte del día reunidos con otros niños y con una o dos personas que los cuidan.”
Niños que todavía no han cumplido los dos años se ven obligados a sobrellevar la separación de su familia mucho antes de que hayan podido reunir la confianza necesaria para encarar el mundo en solitario. El doctor García Pérez observa en su consulta los efectos negativos de la falta de tiempo y ocasiones para construir una sólida relación entre padres e hijos: “Desde el punto de vista pediátrico, genera unos problemas conductuales importantes: el niño demanda a sus progenitores y lo hace rechazando los alimentos, o con trastornos del sueño, irritabilidad, tristeza…”. A su juicio, no existen soluciones mágicas al respecto. Se hace necesario replantear la organización familiar y social para facilitar que los padres tengan “más tiempo no ya sólo cualitativo, también cuantitativo con sus hijos”.
¿Demasiada guardería?
El debate sobre la calidad de la atención en guarderías y parvularios está siendo reemplazado por otro más inquietante: ¿son o no son un entorno apropiado para los menores de tres años? Durante años hemos oído decir que las guarderías eran buenas, porque los niños necesitan socializarse, aprender a compartir y, en definitiva, estar con niños. Lucía Hernández, profesora de preescolar que prepara una tesis sobre el tema, insiste en matizar esta información: “Las guarderías amplían la variedad de estímulos, y eso, en principio, es bueno. Lo que ocurre es que están ocupando un lugar central en la vida de los pequeños, cuando lo que más necesitan es atención adulta individualizada para entenderse a sí mismos. Nos quejamos de que los niños se hacen pequeños tiranos incapaces de tolerar las frustraciones y vemos horrorizados como crecen los problemas de ansiedad y agresividad en la infancia. Para mí, es indudable que tiene mucho que ver con el poco tiempo que invertimos en la crianza de los hijos”.
Muchos pediatras y psicólogos infantiles coinciden con esta opinión. Las guarderías no son malas per se, pero un exceso de horas en ellas tiene importantes efectos negativos, tanto en la relación padres-hijos como en la seguridad con la que el niño mira el mundo. Los resultados de un ambicioso estudio publicado recientemente vienen a corroborar esta creencia. El gobierno de EE.UU. ha invertido doscientos millones de dólares en seguir la evolución de más de 1.300 niños desde su nacimiento, comparando la evolución de los que habían acudido a centros infantiles durante la primera etapa de la vida y los que habían permanecido con su familia.
Los investigadores comprobaron que los pequeños que habían asistido a buenos jardines de infancia durante sus primeros cuatro años conocían y utilizaban más palabras que los criados en casa. Este aumento de vocabulario guarda relación con la calidad de la atención recibida, pero no con la cantidad: quienes pasaron tres horas diarias en centros infantiles tenían el mismo nivel que los que estuvieron de sol a sol. En cambio, la cantidad de tiempo afecta a otros aspectos importantes: según este estudio, más de 30 horas semanales de guardería multiplica por tres las posibilidades de presentar problemas de comportamiento, agresividad, ansiedad y falta de autocontrol en primaria.
Reorganizarse
Los humanos tenemos la capacidad de reinventar nuestras formas de organización social una y otra vez. En un momento en que tanto se habla de la conciliación de la vida familiar y profesional, merece la pena detenerse a pensar en cómo organizarla para conseguir que los niños tengan el calor y la atención necesarias durante los años críticos en los que asientan las bases de su personalidad.
Para Nuria Chinchilla, asesora de varios gobiernos y de muchas grandes empresas en materia de conciliación familiar, del mismo modo que se exige a las empresas que sean ecológicamente responsables, deberían ser también familiarmente responsables: “Son muchas las medidas que pueden ayudar: la flexibilización de los horarios de entrada y salida, las jornadas continuas, los trabajos a tiempo parcial… El problema es que los empresarios ven el coste a corto plazo, que es alto, pero no siempre entienden que es una inversión: los empleados que son más felices en su vida son más productivos que los que están descontentos y agobiados. Además, la experiencia de ser padres hace que las personas mejoren sus competencias en múltiples áreas, como el trabajo en equipo, y eso también es bueno para la empresa”.
Por su parte, Carmen Simarro, secretaria de políticas de mujer e igualdad de UGT, pone el énfasis en lo lejos que estamos aún de asumir que el cuidado y la educación de los hijos no es una tarea exclusiva o primordialmente femenina: “La ley de Igualdad es un avance positivo, pero una ley no cambia la realidad. Estamos aún lejos de asumir la corresponsabilidad en el cuidado de los niños y de las personas dependientes, del mismo modo que estamos aún lejos de conseguir una plena igualdad en el ámbito laboral. La baja por nacimiento o adopción la pueden solicitar por igual hombres y mujeres, pero la realidad es que son ellas quienes lo hacen en un noventa y ocho por ciento de los casos”.
Una pausa para ser padre
Las cifras son aún apabullantes, pero los hombres que entienden la paternidad como una experiencia que no se quieren perder son una tendencia al alza. Javier, un comercial que pidió dos años de excedencia para cuidar de su hijo al tiempo que hacía un máster a distancia, es uno de ellos: “No se puede ser el mejor en todo al mismo tiempo. Si te centras en el trabajo, no puedes ser el mejor amigo ni el mejor padre. Se vive sólo una vez, y ver a tu bebé transformarse en una personita, acompañarle en sus pequeños grandes descubrimientos, es algo impagable. Durante estos dos años hemos tenido que ajustarnos el cinturón, incluso que pedir un crédito al banco, pero volvería a hacerlo sin dudarlo un segundo”.
Ser padres es, a la vez, una gran responsabilidad y un enorme privilegio. Implicarse en su pequeño mundo, acompañarles y apoyarles en su crecimiento es una labor apasionante, pero que exige tiempo y dedicación. Encajar esta experiencia en nuestra trayectoria vital pasa por levantar el acelerador en otras parcelas, ser padres no puede ser un hobby de fin de semana.
Uno de los grandes retos será encontrar el modo de compatibilizar la paternidad –y la maternidad– con el mundo laboral, nuevas fórmulas que permitan a los padres pasar más tiempo con los hijos.

A menudo oímos decir que lo único que hacen los bebés es comer, dormir y llorar. Aparentemente, durante el primer año únicamente crecen y aprenden a controlar un poco sus cuerpecitos. Sin embargo, están aprendiendo algo sumamente importante: a confiar en sus padres y a enfrentarse sin miedo al mundo exterior.
Pensemos en un pequeño de dos meses que siente hambre. Incapaz de procurarse alimento por sí mismo, estalla en ese llanto desconsolado y descontrolado propio de los recién nacidos. Su madre acude, lo toma en brazos y le dice algo del tipo “tienes hambre, ¿verdad? Ahora mismo te doy la leche”. A continuación, lo amamanta o le da el biberón, y el pequeño se tranquiliza. Una y otra vez se repite el mismo esquema: me siento mal (porque tengo frío, hambre o estoy asustado o incómodo)-lloro-mamá acude-me da lo que necesito.
Con la repetición de este ciclo, la parte adulta aprende a reconocer lo que el niño necesita y se ve recompensada por sus balbuceos, sus sonrisas. Por su parte, el niño aprende a tolerar la espera (y más adelante también la ausencia) porque sabe que puede confiar en su madre/padre para cubrir sus necesidades. Ya no necesita su satisfacción inmediata para conservar la calma. La simple presencia de ese adulto, su voz cariñosa, tranquilizan al niño, que es capaz de esperar porque sabe que, como siempre, ella/él le dará lo que necesita.
Aprende también algo de suma importancia: a tolerar las frustraciones. Habrá momentos en que la madre no acuda cuando es reclamada o no acierte en sus respuestas. Sin embargo, cuando el adulto está por lo general disponible para calmar, cuidar y pensar en las necesidades del niño, la frustración que producen las ocasiones en las que esto no sucede puede ser progresivamente tolerada.
Hacia los tres años, los cimientos de la relación padres-hijos están consolidados. Animado por la seguridad que le da el saberse protegido, el niño se aventura a separarse cada vez un poco más y explorar la realidad que le rodea. Es precisamente la confianza en el adulto la que le permite ver el mundo como un lugar en el que no hay nada que temer, y sí mucho que descubrir. Bajo la protección de esa figura en la que sabe que puede confiar, sus jornadas están llenas de descubrimientos y nuevos aprendizajes.








