14/10/2007

El primer dilema de la vida

Texto de Beatriz Román
Ilustraciones de Mariona Cabassa

Entre los planes para el futuro
y la hipoteca casi nos hemos quedado sin tiempo para disfrutar de los hijos, angustia especialmente dura en sus primeros años. Los expertos en infancia juzgan esa etapa de estar en brazos, de balbuceos y sonrisas esencial en el desarrollo, en su seguridad, pero la mayoría de los padres y las madres no saben cómo reorganizarse. Es el primer dilema de la vida

Si, a diferencia de las tortugas o los renacuajos, los cachorros humanos no están preparados para enfrentarse al mundo y sobrevivir por sí mismos, es porque necesitan algo más que alimento para desarrollarse y convertirse en adultos. Los bebés son seres indefensos que dependen de los adultos para todo: conseguir alimento, trasladarse de un lugar a otro e incluso recuperar la calma cuando algo les sorprende o asusta. Su cerebro es en potencia un sofisticado ordenador, aunque en los primeros tiempos únicamente es capaz de controlar funciones muy básicas, como la digestión o la respiración. Esta total dependencia puede parecer un problema para su supervivencia, aunque es en realidad todo lo contrario. La naturaleza trata así de asegurarse de que siempre habrá alguien –tradicionalmente, la madre– que permanecerá junto a él durante sus primeros años de vida.

A medida que la ciencia ha ido avanzando en el conocimiento del cerebro humano, hemos podido entender la importancia de esos primeros años de vida en su desarrollo. La especial relación que el bebé establece con su madre –o con sus cuidadores principales– va más allá del simple cuidado de lo que su cuerpecito necesita. Las caricias, los juegos, las pequeñas interacciones cotidianas, van activando las conexiones entre las células de su cerebro para permitirle desarrollar funciones cada vez más complejas.

Gracias a esas personas que se convierten en su principal referente y sus interlocutores con el mundo, el pequeño puede organizar su cerebro. Cuando jugamos con ellos, cuando les explicamos lo que sus ojos perciben, cuando les decimos cosas como "Estás cansado, es hora de dormir. Mañana iremos a ver a la abuela", les estamos ayudando a entenderse a sí mismos y la realidad que les rodea. Es precisamente esa relación primaria la que estructura su mundo interior y la que le servirá después como patrón a la hora de relacionarse con otras personas.

Durante la mayor parte del siglo XX, los roles familiares del hombre y la mujer estaban perfectamente definidos: ellos eran responsables del sustento; ellas quedaban

Padres de hijos horizontales

Siete de la mañana, suena el despertador. Carlos y Violeta se duchan y desayunan entre susurros, tratando de no despertar a su bebé, que duerme aún plácidamente. El primer biberón del día se lo dará él, mientras ella sale corriendo para no perder el tren y llegar a tiempo al trabajo. Después, Carlos dejará al pequeño en la guardería a las ocho y media y cruzará la ciudad para llegar a la oficina. A última hora de la tarde, será Violeta quien pase a recogerlo. Eso, claro, si logra salir a su hora. "La guardería se lleva un buen pellizco del presupuesto familiar, pero no sé qué haríamos sin ella", comenta Carlos. "A veces tengo la sensación de que nos estamos perdiendo una etapa muy bonita de la paternidad, pero necesitamos dos sueldos para pagar la hipoteca y llegar a fin de mes."

relegadas a una posición de dependencia y se responsabilizaban del hogar y la descendencia. Ese modelo está en claro declive. La incorporación de la mujer como miembro de pleno derecho en todos los ámbitos de la vida social ha traído consigo una nueva manera de entender la sociedad y, también, la familia. Avanzamos hacia una cultura más libre e igualitaria, en la que cada individuo pueda decidir su papel en la sociedad sin que sus cromosomas predeterminen el rumbo de su vida.

Cada vez son más las parejas en las que ambos miembros trabajan fuera de casa y que negocian de igual a igual el reparto de las tareas domésticas: "tú pones la lavadora, yo tiendo la ropa"; "yo cocino a mediodía, y tú te encargas de la cena". ¿Y quién se ocupa de los niños? Las leyes nos conceden un permiso de maternidad –o paternidad– durante 16 semanas. Lo que, dicho sea de paso, está muy lejos de los diez meses que se otorgan en Inglaterra o los casi dos años de Suecia y Rumanía. ¿Y después? La atención individualizada que recibían antes los bebés se sustituye por la que ofrecen los centros de preescolar. Paradojas de la vida, el sistema capitalista nos ha llevado a la socialización del cuidado de los más pequeños.

No es un caso excepcional. Crece cada día el número de personas que tienen que dejar a sus retoños al cuidado de otros para poder cumplir con su jornada laboral. En muchos de estos hogares, de lunes a viernes los hijos están separados de sus padres durante la mayor parte del tiempo en que están despiertos. Son lo que Jesús García Pérez, jefe del departamento de pediatría social del hospital del Niño Jesús de Madrid, llama “padres de hijos horizontales”. “Desde los primeros años de vida, estamos instaurando una orfandad colectiva”, explica el doctor García Pérez. “Son niños que tienen padres, pero que pasan la mayor parte del día reunidos con otros niños y con una o dos personas que los cuidan.”
Niños que todavía no han cumplido los dos años se ven obligados a sobrellevar la separación de su familia mucho antes de que hayan podido reunir la confianza necesaria para encarar el mundo en solitario. El doctor García Pérez observa en su consulta los efectos negativos de la falta de tiempo y ocasiones para construir una sólida relación entre padres e hijos: “Desde el punto de vista pediátrico, genera unos problemas conductuales importantes: el niño demanda a sus progenitores y lo hace rechazando los alimentos, o con trastornos del sueño, irritabilidad, tristeza…”. A su juicio, no existen soluciones mágicas al respecto. Se hace necesario replantear la organización familiar y social para facilitar que los padres tengan “más tiempo no ya sólo cualitativo, también cuantitativo con sus hijos”.

¿Demasiada guardería?
El debate sobre la calidad de la atención en guarderías y parvularios está siendo reemplazado por otro más inquietante: ¿son o no son un entorno apropiado para los menores de tres años? Durante años hemos oído decir que las guarderías eran buenas, porque los niños necesitan socializarse, aprender a compartir y, en definitiva, estar con niños. Lucía Hernández, profesora de preescolar que prepara una tesis sobre el tema, insiste en matizar esta información: “Las guarderías amplían la variedad de estímulos, y eso, en principio, es bueno. Lo que ocurre es que están ocupando un lugar central en la vida de los pequeños, cuando lo que más necesitan es atención adulta individualizada para entenderse a sí mismos. Nos quejamos de que los niños se hacen pequeños tiranos incapaces de tolerar las frustraciones y vemos horrorizados como crecen los problemas de ansiedad y agresividad en la infancia. Para mí, es indudable que tiene mucho que ver con el poco tiempo que invertimos en la crianza de los hijos”.
Muchos pediatras y psicólogos infantiles coinciden con esta opinión. Las guarderías no son malas per se, pero un exceso de horas en ellas tiene importantes efectos negativos, tanto en la relación padres-hijos como en la seguridad con la que el niño mira el mundo. Los resultados de un ambicioso estudio publicado recientemente vienen a corroborar esta creencia. El gobierno de EE.UU. ha invertido doscientos millones de dólares en seguir la evolución de más de 1.300 niños desde su nacimiento, comparando la evolución de los que habían acudido a centros infantiles durante la primera etapa de la vida y los que habían permanecido con su familia.
Los investigadores comprobaron que los pequeños que habían asistido a buenos jardines de infancia durante sus primeros cuatro años conocían y utilizaban más palabras que los criados en casa. Este aumento de vocabulario guarda relación con la calidad de la atención recibida, pero no con la cantidad: quienes pasaron tres horas diarias en centros infantiles tenían el mismo nivel que los que estuvieron de sol a sol. En cambio, la cantidad de tiempo afecta a otros aspectos importantes: según este estudio, más de 30 horas semanales de guardería multiplica por tres las posibilidades de presentar problemas de comportamiento, agresividad, ansiedad y falta de autocontrol en primaria.

Reorganizarse
Los humanos tenemos la capacidad de reinventar nuestras formas de organización social una y otra vez. En un momento en que tanto se habla de la conciliación de la vida familiar y profesional, merece la pena detenerse a pensar en cómo organizarla para conseguir que los niños tengan el calor y la atención necesarias durante los años críticos en los que asientan las bases de su personalidad.
Para Nuria Chinchilla, asesora de varios gobiernos y de muchas grandes empresas en materia de conciliación familiar, del mismo modo que se exige a las empresas que sean ecológicamente responsables, deberían ser también familiarmente responsables: “Son muchas las medidas que pueden ayudar: la flexibilización de los horarios de entrada y salida, las jornadas continuas, los trabajos a tiempo parcial… El problema es que los empresarios ven el coste a corto plazo, que es alto, pero no siempre entienden que es una inversión: los empleados que son más felices en su vida son más productivos que los que están descontentos y agobiados. Además, la experiencia de ser padres hace que las personas mejoren sus competencias en múltiples áreas, como el trabajo en equipo, y eso también es bueno para la empresa”.
Por su parte, Carmen Simarro, secretaria de políticas de mujer e igualdad de UGT, pone el énfasis en lo lejos que estamos aún de asumir que el cuidado y la educación de los hijos no es una tarea exclusiva o primordialmente femenina: “La ley de Igualdad es un avance positivo, pero una ley no cambia la realidad. Estamos aún lejos de asumir la corresponsabilidad en el cuidado de los niños y de las personas dependientes, del mismo modo que estamos aún lejos de conseguir una plena igualdad en el ámbito laboral. La baja por nacimiento o adopción la pueden solicitar por igual hombres y mujeres, pero la realidad es que son ellas quienes lo hacen en un noventa y ocho por ciento de los casos”.

Una pausa para ser padre
Las cifras son aún apabullantes, pero los hombres que entienden la paternidad como una experiencia que no se quieren perder son una tendencia al alza. Javier, un comercial que pidió dos años de excedencia para cuidar de su hijo al tiempo que hacía un máster a distancia, es uno de ellos: “No se puede ser el mejor en todo al mismo tiempo. Si te centras en el trabajo, no puedes ser el mejor amigo ni el mejor padre. Se vive sólo una vez, y ver a tu bebé transformarse en una personita, acompañarle en sus pequeños grandes descubrimientos, es algo impagable. Durante estos dos años hemos tenido que ajustarnos el cinturón, incluso que pedir un crédito al banco, pero volvería a hacerlo sin dudarlo un segundo”.
Ser padres es, a la vez, una gran responsabilidad y un enorme privilegio. Implicarse en su pequeño mundo, acompañarles y apoyarles en su crecimiento es una labor apasionante, pero que exige tiempo y dedicación. Encajar esta experiencia en nuestra trayectoria vital pasa por levantar el acelerador en otras parcelas, ser padres no puede ser un hobby de fin de semana. 
Uno de los grandes retos será encontrar el modo de compatibilizar la paternidad –y la maternidad– con el mundo laboral, nuevas fórmulas que permitan a los padres pasar más tiempo con los hijos.

LA IMPORTANCIA DE LOS PRIMEROS AÑOS

A menudo oímos decir que lo único que hacen los bebés es comer, dormir y llorar. Aparentemente, durante el primer año únicamente crecen y aprenden a controlar un poco sus cuerpecitos. Sin embargo, están aprendiendo algo sumamente importante: a confiar en sus padres y a enfrentarse sin miedo al mundo exterior.

Pensemos en un pequeño de dos meses que siente hambre. Incapaz de procurarse alimento por sí mismo, estalla en ese llanto desconsolado y descontrolado propio de los recién nacidos. Su madre acude, lo toma en brazos y le dice algo del tipo “tienes hambre, ¿verdad? Ahora mismo te doy la leche”. A continuación, lo amamanta o le da el biberón, y el pequeño se tranquiliza. Una y otra vez se repite el mismo esquema: me siento mal (porque tengo frío, hambre o estoy asustado o incómodo)-lloro-mamá acude-me da lo que necesito.

Con la repetición de este ciclo, la parte adulta aprende a reconocer lo que el niño necesita y se ve recompensada por sus balbuceos, sus sonrisas. Por su parte, el niño aprende a tolerar la espera (y más adelante también la ausencia) porque sabe que puede confiar en su madre/padre para cubrir sus necesidades. Ya no necesita su satisfacción inmediata para conservar la calma. La simple presencia de ese adulto, su voz cariñosa, tranquilizan al niño, que es capaz de esperar porque sabe que, como siempre, ella/él le dará lo que necesita.

Aprende también algo de suma importancia: a tolerar las frustraciones. Habrá momentos en que la madre no acuda cuando es reclamada o no acierte en sus respuestas. Sin embargo, cuando el adulto está por lo general disponible para calmar, cuidar y pensar en las necesidades del niño, la frustración que producen las ocasiones en las que esto no sucede puede ser progresivamente tolerada.

Hacia los tres años, los cimientos de la relación padres-hijos están consolidados. Animado por la seguridad que le da el saberse protegido, el niño se aventura a separarse cada vez un poco más y explorar la realidad que le rodea. Es precisamente la confianza en el adulto la que le permite ver el mundo como un lugar en el que no hay nada que temer, y sí mucho que descubrir. Bajo la protección de esa figura en la que sabe que puede confiar, sus jornadas están llenas de descubrimientos y nuevos aprendizajes.
de: Eulàlia Miret i Raspall | 04/03/2008
Molta de la problemàtica de conciliació entre feina i fills se solucionaria si el "teletreball" estigués considerat realment amb tot el potencial que ofereix. Falta cultura del teletreball tant per a empresaris/administracions com per treballadors. De totes maneres, per la dona encara avui no s'ha avançat prou ni amb teletreball ni sense. No he sentit res de res en la campanya electoral pel que fa a allargar la baixa maternal o a mantenir condicions dignes de treball amb reduccions de jornada. El tema està fatal i no millora.
de: Noelia Sampedro | 22/02/2008
Soy trabajadora, he de decir que soy una de las afortunadas a las que la empresa le ha facilitado en todo momento la conciliación familiar y laboral. He tenido excedencia hasta que ha cumplido un añito, pero he tenido que volver a trabajar, pues ni mi marido ni yo somos ni mileuristas. Me hubiese quedado con mi niña hasta que cumpliera sus tres añitos, pero ya veis, económicamente es imposible, con 900 euros en Madrid no vive una familia de 3 miembros, ni aun prescindiendo, que ya lo hacemos, de ese "consumismo" que nos rodea. Reivindico desde aquí una baja maternal mucho más amplia y por supuesto remunerada.
de: Anónima | 10/02/2008
Hace tiempo que mis hijos crecieron, y este reportaje me trae recuerdos de una madre trabajadora a tiempo completo. Como Ama de Casa no pude pedir una excedencia, ya que no estaba contemplado en mi convenio colectivo, tampoco pude acceder a una ayuda por hij@ menor de tres años, ¿para qué la iba a necesitar?. Por supuesto, qué decir de las medidas de conciliación, algo impensable, pero, lo que me mueve a escribir mi opinión es el parecido asombroso que, a pesar de tiempo transcurrido, guarda con la actualidad de las Amas de Casa del Siglo XXI.
de: Nuria Sánchez | 23/01/2008
Soy madre de una niña de seis años, otra de cinco y dos gemelos (niño y niña) de 3 años. Todo es cuestión de organización, a veces pienso que si solo tuviera un hijo me sobraría tanto tiempo que me aburriría... Desde que nacieron los pequeños, trabajo en el turno de noche. De esta manera, tengo tiempo para estar con ellos, charlar y jugar.
de: Asun Feito | 26/12/2007
Yo soy de las que he solicitado jornada reducida para estar con mis 2 hijos, uno 8 años y el peque de 6 meses. Estoy perdiendo la mitad del salario y, lo que para mí es más importante: mucho del estrés que antes tenía, pero he ganado la satisfacción personal de poder estar con ellos en esos pequeños grandes eventos de sus vidas diarias. ¡Qué lástima no haberlo hecho antes!.
de: ELISA BRAVO OROZCO | 18/12/2007
Mi hija no es que sea feliz por haberla elegido a ella antes que al sueldo, es que vivo y siento que lo és y eso le ayudará a consolidar su carácter con una base de afecto y seguridad que no tendría que faltarle a ningún niño. Es mucho más que alimentar y vestir, los padres tenemos que tenerlo muy presente antes de hipotecar las vidas de nuestras criaturas. No queremos más aparcaderos de niños, sino tiempo y mejores sueldos.
de: Araceli Valdivia Ornelas | 12/12/2007
Soy una afortunada madre de un niño de tres años (Uriel) y una niña de ocho días de nacida (Léa). Los primeros dos años de Uriel los pase trabajando y era cuidado por sus abuelos o por una señora de toda mi confianza. Dejé de trabajar y mi situación económica fue en declive porque sólo contamos con el sueldo de mi esposo, pero esto se transformó en la mejor experiencia que he tenido en mi vida porque la dicha de verlos despertar, jugar con ellos, ser su cómplice en las travesuras y acompañarlos a la cama y arrullarlos entre mis brazos no se compara con la dicha que te puede proporcionar el mejor sueldo del mundo.
de: Maria Luna | 08/12/2007
He pasado por la experiencia de trabajar y ayudar a crecer a mis hijos casi completamente sola. En muchas ocasiones me he visto desbordada, no dejé nunca el trabajo, afortunadamente. Actualmente mis hijos tienen una posición en la vida y son independientes, a veces no sé ni cómo lo he hecho. Opino que la madre debería poder optar a trabajar o no, cada una según sus circunstancias, y en caso de optar por el trabajo que pudiera elegir entre total o parcialmente, sin perder nada más que remuneración económica y ningún otro derecho laboral. Por lo menos los primeros años de sus hijos.
de: Alicia Amela | 12/11/2007
Tenemos dos hijos, una niña de 2 años y 8 meses y un niño de 7 meses; la verdad es que trabajando no te queda tiempo para nada y suerte de las abuelas que nos ayudan un poco. Duermo súper poco y no tengo más vida que ellos, pero nunca habíia sido tan feliz.
de: Angels Garcia Oliva | 11/11/2007
Estoy muy de acuerdo con las opiniones que he estado leyendo. Yo trabajo en una escola bressol pública estupenda donde nuestra prioridad es estar lo más cerca posible de los niños y niñas. Doy muy pocos consejos, pues son los padres los que educan a sus hijos como pueden y como quieren, pero uno sí que me atrevo a darlo: Que disfruten de sus hijos todo el tiempo que les sea posible, y que cualquier esfuerzo que hagan para conseguirlo les llenará siempre de satisfacción.
de: Jose Luis Tilve | 04/11/2007
No hay modo de vivir con el sueldo de uno, ya que, aprovechando el movimiento feminista, las empresas pagan a cada uno una mitad de lo que necesita la familia. Por tanto, trabajar no es una opción para la madre, sino una necesidad. Y se ve atrapada por el estrés. La solución de muchas, económicas y bien atendidas guarderías, situación de la que estamos muy lejos, no sería más que un mal menor para los niños, que luego se sienten desarraigados e inseguros.
de: Maite Cortés | 22/10/2007
Personalmente creo que tenemos las prioridades cambiadas. Nuestra escala de valores es puro materialismo y en este camino de hipotecas nos estamos olvidando de lo más importante: los hijos. Esos que un día decidimos traer al mundo, en algunos casos no sé muy bien para qué o porqué. Hay una opción que es la de no tener hijos, desafortunadamente no se practica tanto como debiéramos. Gracias, Beatriz.
de: Empar Mayans | 21/10/2007
Yo pedí una excedencia el primer año de mi hija mayor para poder estar con ella durante este delicado tiempo. Lástima que para muchos padres el hijo es un deber más de la vida y no un gozo. Gracias por este artículo tan didáctico.
de: Emi P.M. | 17/10/2007
En mi opinión, estando viviendo en un sistema que ha hipotecado económicamente por muchos años la vida, si el estado no puede garantizar el puesto de trabajo de los dos años de excedencia para el cuidado de los hijos, esta situación continuará así. También creo que las prioridades se han de cambiar y sustituir objetos por tiempo.
de: Ana Kay | 16/10/2007
Bea tiene toda la razón en sus comentarios. La vida de hoy en día nos ha hecho esclavos del mundo del consumismo y también de las hipotecas. Pero si las familias pueden prescindir de algunos de sus "necesidades" y volver a algo de sencillez, se podrían aprovechar la jornada reducida, y así pasar más horas con sus hijos durante estos primeros años tan importantes para su formación, su autoestima, su confianza en sus padres y en su contorno individual.
de: Núria Piferrer | 14/10/2007
Sóc una mare treballadora d'una nena de 20 mesos. Tant el seu pare com jo som autònoms, el que ens permet organitzar-nos per no haver de dur-la a la guarderia. Això, a més, m'ha permès seguir amb l'alletament fins que ella ha volgut. Anem cansats i hem d'esgarrapar hores de feina per poder tirar-ho tot endavant, però el fet d'estar amb ella cada dia, de veure-la créixer, d'acompanyar-la, educar-la, és impagable. Sé que no tothom té aquesta possibilitat; jo, que la tinc, no volia desaprofitar-la per res del món.
30 de noviembre
30 de noviembre
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