Cirujanos
En la última frontera de la medicina

La medicina se nos aparece como la poesía del siglo XXI, un compendio entre precisión, verdad y eficacia, donde la cirugía, gracias a los avances, lejos de ofrecer desagradables escenas de carne y sangre, se ha convertido en un acto limpio y bello. Es la única ciencia donde la Ficción corre detrás de la realidad. Tanto, que cine y televisión la han transformado en recurso de entretenimiento común. Los guionistas imaginan hazañas imposibles a cargo de médicos inexistentes. No obstante, hemos buscado a cirujanos especialistas en distintos puntos de España y hemos encontrado antes que nada a personas ricas de carácter, cálidas y accesibles. Claro que absorbidas por la profesión, pero amantes de la música -la mayoría-, desde la placidez clásica a la contundencia del pop-rock. Hay quirófanos donde una melodía acompaña al trabajo, y es que la cirugía es una suerte de armonía que también emerge de la cabeza y se dirige a los sentidos.
Hoy, mientras las operaciones comunes han reducido riesgos y ganado comodidad, hay otras, como la intervención intrauterina de un feto o la de un cerebro con el paciente consciente, que provocan tanta sorpresa como si de un tratamiento mágico se tratara. Los propios médicos admiten de algún modo que ejercen un papel social semejante al del brujo en la tribu primitiva. Se calcula que al menos un tercio de los “enfermos” son imaginarios, cuyo cuerpo somatiza insatisfacciones. Muchas veces, el poder de convicción del profesional cura al hipocondríaco. Ninguno de ellos duda de que la particular voluntad de sanar o la tenaz lucha ante un pronóstico adverso son cruciales para un final feliz. Cada especialista admite estas certezas con naturalidad. La misma con la que combinan la profundidad específica de conocimientos con una envidiable capacidad de comunicación humana. Así, conjugan sabiduría y entendimiento, ciencia y amabilidad. La medicina, de algún modo, debería barajar siempre el factor emocional, ignoto campo en el que todavía se enquistan muchas incógnitas para el diagnóstico.
Los cirujanos aún concentran en las manos el éxito de cada intervención, pero muchos creen que la mayor o menor destreza manual no es tan determinante como la experiencia y una buena formación. Se puede tener habilidad manual y, en cambio, resultar un mal cirujano. Y, más que el buen pulso, cuentan la precisión de órdenes que salen de la mente y las horas de quirófano. Además, la programación informática ha declinado el papel central de la mano humana, al tiempo que instrumentos de mayor precisión acompañan al clásico bisturí.
No se concebiría la labor de estos cirujanos sin la dimensión docente e investigadora que casi todos llevan a cabo. Formar a médicos que puedan aplicar los últimos conocimientos y técnicas en el quirófano es esencial. Las intervenciones a través de monitores, que permite el mismo punto de vista a todos los presentes, democratiza el acto pedagógico. Y en los laboratorios ya se empieza a obtener resultados. Los médicos trabajan codo con codo con biólogos, bioquímicos y oncólogos, experimentan con animales y llevan a cabo programas ambiciosos. En neurocirugía, por ejemplo, pronto se podrá incidir en enfermedades que hoy se tiene por incurables.
La mayoría de los especialistas que hemos entrevistado ha realizado estancias en diversos hospitales y universidades de Estados Unidos, pero el debate acerca de la medicina que allí se practica respecto a Europa ha perdido intensidad. En los setenta, la medicina americana era la panacea, pero a partir de los noventa, se hace igual o mejor medicina aquí que en Norteamérica, aunque en recursos siguen dedicando un 15% del PIB a la sanidad, mientras en España se invierte apenas la mitad. Otra cuestión es su desastrosa capacidad para extender los beneficios del sistema a toda la población. En asistencia social y sanitaria, entre Estados Unidos y Europa no hay color. Por el contrario, mientras allí demuestran más capacidad para contratar a los mejores científicos del planeta, aquí son los abnegados especialistas los que deben adiestrar a los aspirantes para formar sus propios equipos.
Finalmente, la aplicación terapéutica de células madre .estas pequeñas unidades vitales que saben hacerlo todo., al margen del debate ético, pone en duda la idea de lo que es naturaleza, un concepto que conviene redefinir. ¿No debería ser natural algo que está en nuestro propio cuerpo? Ciencia y filosofía pueden encontrar en la cirugía la aplicación práctica de los nuevos descubrimientos. La intervención quirúrgica no debe contemplarse nunca como una solución extrema o agresiva. A menudo son más agresivos los fármacos. Operar es restaurar funciones, limpiar, muchas veces curar definitivamente. Aunque los primeros practicantes eran rudos barberos que extraían forúnculos y realizaban sangrías, hoy son hombres, y ya algunas mujeres, muy expertos en sus respectivos campos, de un perfil que nada tiene que ver con el del doctor House.

Gerard Conesa Bertrán
Neurocirugía para desvelar los secretos del cerebro
Nació en 1959 en Salamanca por casualidad, pero los recuerdos infantiles de Gerard Conesa están en la calle Santaló de Barcelona, La Salle Bonanova y las horas que invertía en hacer deporte. El trato con las personas le decanta hacia la medicina, y una estancia veraniega en Chicago le enciende la chispa por la neurocirugía. Tras licenciarse por la Universitat de Barcelona en 1982, realiza estancias en Seattle, Toulouse y Min neapo lis. Volviendo de Boston en 1989 se empecina en lo que se convertirá en el máximo logro de su carrera: el mapeo cerebral. Localizar las áreas donde residen los conocimientos o la capacidad de estimulación permite practicar cirugías exactas, sin el peligro de dañar las zonas.
adyacentes. En sus quirófanos, Gerard Conesa opera una gran variedad de patologías, sobre todo tumores, hidrocefalias o hernias discales. Pero en estos momentos ya resulta destacable la cirugía que se aplica a casos extremos de parkinson o epilepsia con la implantación de electrodos para curar a través de pequeñas vibraciones. El doctor Conesa es un tipo decidido y audaz, de rostro aguilucho, tez morena, franca mirada y gesto ritual. Bajo una personalidad complaciente, se percibe un temperamento tan soñador como práctico. Su vida profesional ha transcurrido en el hospital de Bellvitge, donde estuvo veinte años, y un tiempo en el Clínic. Ahora dirige la unidad de neurocirugía del hospital del Mar de su ciudad, frente a un Mediterráneo desplegado como un sedante abanico.
En una antesala del quirófano nos muestra orgulloso un complejo artilugio informático que procesa escáneres, resonancias y demás pruebas radiológicas para fabricar un holograma en tres dimensiones de la masa cerebral en la que pueden colorearse sus áreas: los tumores, en rojo; los circuitos neuronales, en azul, etcétera. Esto permite una precisión microquirúrgica total. Pero más sorprendente resulta otra técnica aplicada ya a 250 pacientes y que consiste en despertarlos a media intervención para que colaboren en la cirugía. El doctor Conesa explica que si se debe extirpar un tumor, se da a leer un texto al paciente mientras él va tocando zonas susceptibles de lesión. Cuando se interrumpe la lectura, se sabe que aquel rincón alberga una concreta capacidad idiomática que conviene preservar. En estos momentos, el equipo del doctor Conesa, en colaboración con el Parque de Investigación Biomédica, estudia cómo tratar tumores a partir de virus. La neurocirugía, quizá lejos de intervenir enfermedades neurodegenerativas –o no tan lejos–, está cerca de hacer algo por la paraplejia o el ictus.
La lectura, el cine y sus esforzados intentos por tocar la batería llenan el poco ocio que el calendario deja a médicos como él. Gerard Conesa Bertrán es tan natural como un panadero, mientras ahonda en el mapa cerebral, un GPS a la medida que cada día encuentra nuevas carreteras por donde discurre físicamente aquello que los medievales consideraban como espiritual.

Carlos Suárez Nieto
Investigación y humanidad contra el cáncer
El doctor Suárez no quería ser médico. Su padre ya era otorrinolaringólogo, y a él le tiraban las humanidades. Un verano se fue a Francia y le matricularon en ciencias. Tras un leve forcejeo, aceptó el envite y hoy es uno de los cirujanos de cabeza y cuello de más prestigio en España. Dirige el departamento de cirugía de cabeza y cuello del hospital Universitario Central de Asturias, en Oviedo, formado por once otorrinos, y a once personas más, entre bioquímicos y asistentes, que investigan en el laboratorio sobre las nuevas líneas de tratamiento del cáncer.
Nacido en 1944 en Sama de Langreo (Asturias), Carlos Suárez rememora una infancia que, por la posguerra, no fue lo feliz que debería. Tiene vivos en la memoria el racionamiento y los maquis. Piensa que con la tecnificación no se ha perdido todo, contra lo que diga cierto pensamiento carlista, pero defi ende la medicina personal, donde cada paciente es un caso que requiere un trato humano propio. “Ahora veo cosas que hacíamos hace treinta años que eran erróneas, pero cosas de hoy no lo serán en un futuro si aplicamos criterios científi cos rigurosos”, argumenta.
Estudió medicina en Valladolid y, tras licenciarse en 1967, muy pronto ocupó una plaza de residente en el hospital La Paz de Madrid. Fueron años de auténtica formación profesional que completó con estancias en universidades y centros sanitarios de Oxford, Londres, Los Ángeles y Pittsburgh.
Hombre comedido y apacible, diríase que Suárez es un médico de cabecera más, a pesar de la brillantez demostrada en su especialidad. Un cráneo sanguíneo emerge de su cuerpo campesino. De temperamento sabio y dicharachero, tutea al personal con dardos de buen humor. En 1975, vuelve a Oviedo para quedarse hasta hoy. En estos momentos, el equipo de bioquímicos que dirige el doctor Suárez anda enfrascado en abrir nuevas líneas de tratamiento del cáncer que actúen sólo sobre las células alteradas y que puedan sustituir la quimioterapia global por fármacos específicos. Tras las dolencias que están en manos de este cirujano, emerge inevitablemente en un 90% la toxicidad del tabaco, en proporción a la cantidad consumida, aunque en estos momentos se cura ya un 60% de los cánceres de cuello.
Carlos Suárez desempeña también una intensa labor universitaria formando a médicos logopedas que intervendrán en la rehabilitación de la voz, el habla y el lenguaje. Desde lo alto, este experto cirujano tiene un par de ideas claras: no crear distancias entre la gente de su equipo e inculcar la práctica del oficio como servicio, rehuyendo el afán crematístico. Y dentro del quirófano, donde le gusta trabajar con música de fondo, admite que a veces conviene rectificar cuando uno se encuentra con lo que no esperaba. Carlos Suárez Nieto siente una atracción espontánea por la cultura. En el remanso del hogar, se apacigua con más de tres mil discos de música clásica y deleita el interés por la lectura consumiendo historia y narrativa. Fuera, evapora la concentración del oficio viajando a lejanos países.







