18/01/2009
Darwin tenía razón
Texto de Jordi Serrallonga
Charles Robert Darwin es junto a Galileo, Newton o Einstein uno de los científicos más conocidos e influyentes de todos los tiempos. No sólo cambió la historia de la ciencia sino que además revolucionó la historia de la humanidad. Prueba de ello es que hoy, 200 años después de su nacimiento y 150 años después de la publicación de El origen de las especies, el darwinismo sigue alimentando acalorados debates sociales.

LA NATURALEZA IMPONE LA FORMA Y LA FUNCIÓN DE LOS OJOS
El ilustrador Carlos Puche ha recreado las observaciones de Darwin sobre la anatomía del ojo, que es resultado de la selección natural. Desde las primeras células fotosensibles hasta los ojos capaces de rotar en todas direcciones y protegidos por párpados, ha existido un cúmulo de modificaciones que, lejos de un diseño preconcebido, es producto de cambios azarosos seleccionados por la naturaleza.
En la ilustración se aprecian las enormes diferencias entre los ojos de diversas especies:
1 Azor. 2 Araña. 3 Caimán. 4 Hormiga. 5 Gato. 6 León. 7 Chimpancé. 8 Humano. 9 Caballo. 10 Rana. 11 Rana. 12Pez. 13 Halcón. 14 Gato. 15 Gálago sp
El ilustrador Carlos Puche ha recreado las observaciones de Darwin sobre la anatomía del ojo, que es resultado de la selección natural. Desde las primeras células fotosensibles hasta los ojos capaces de rotar en todas direcciones y protegidos por párpados, ha existido un cúmulo de modificaciones que, lejos de un diseño preconcebido, es producto de cambios azarosos seleccionados por la naturaleza.
En la ilustración se aprecian las enormes diferencias entre los ojos de diversas especies:
1 Azor. 2 Araña. 3 Caimán. 4 Hormiga. 5 Gato. 6 León. 7 Chimpancé. 8 Humano. 9 Caballo. 10 Rana. 11 Rana. 12Pez. 13 Halcón. 14 Gato. 15 Gálago sp
A principios del siglo XX, John T. Scopes, profesor de biología en un instituto de Dayton (Estados Unidos), fue acusado de quebrantar una nueva ley estatal que prohibía enseñar cualquier contenido que negase la creación divina del ser humano. En julio de 1925, y tal como recreó Hollywood en La herencia del viento, se celebró la vista –el juicio del mono– donde el abogado de Scopes, el liberal Clarence Darrow, se enfrentó al político creacionista Willian Jennings Bryan. Aunque el juicio no sirvió para demostrar que Darwin tenía razón en cuanto a la ascendencia simiesca del Homo sapiens (el juez sólo estaba interesado en saber si Scopes había violado, o no, la ley de Tennessee), sí que supuso un duro golpe mediático para los creacionistas ya que Darrow hizo añicos la absoluta verdad de los postulados bíblicos presentados por Bryan. Ahora bien, la victoria moral del evolucionismo contrastó con la derrota legal que supuso la sentencia final: Scopes fue declarado culpable de enseñar evolución.
Hoy, varias décadas después y a las puertas de las celebraciones del año Darwin, sigue el debate que desencadenó el juicio del mono. Sin ir más lejos, con motivo de un seminario internacional sobre Darwin y la evolución celebrado en Valencia, quien subscribe estas líneas enmudeció al ver que un par de profesores estadounidenses lloraban emocionados ante su plato de paella a la hora del receso. Eran lágrimas de alegría, confesaron. Entre el sonido de los platos y las risas de los anfitriones, no daban crédito a sus oídos. Docentes, investigadores y becarios, de forma tan distendida como apasionada, discutían sobre el origen de la vida y la evolución de los humanos; y no era entre las cuatro paredes de una aula sino en el comedor público... un acto espontáneo e inocente que en su universidad hubiese sido mal visto o poco procedente. ¿Por qué en pleno siglo XXI todavía es tabú el hablar sobre evolución en ciertos ámbitos sociales?
El establishment decimonónico acogió con sorprendente rapidez las ideas darwinistas, y la ciencia actual ha conseguido dar una explicación objetiva sobre el origen y la evolución de la vida sin desmentir a Darwin. ¿Qué ocurre, entonces, cuando dos profesores lloran ante su plato de paella? Pues ocurre que no falla la ciencia (en EE.UU. existen muy buenos investigadores e instituciones científicas que trabajan siguiendo postulados evolucionistas) sino que ha fallado la divulgación de la ciencia. En efecto, son tan aplastantes las verdades de Darwin, que pocos pensaron en la necesidad de divulgar cómo funcionaba la evolución. Salvo excepciones, los académicos no se tomaron la molestia de abandonar, por unos momentos, sus elevados pedestales para llegar hasta la sociedad, e incluso las universidades olvidaron obsequiar a sus estudiantes con asignaturas monográficas dedicadas a las ideas de Darwin, Lamarck, Huxley, Haeckel y muchos otros.
El resultado ha sido que, ante los grandes miedos de la humanidad (ahora lo son, por ejemplo, el cambio climático y la crisis económica mundial), las tesis creacionistas más radicales siguen ganando terreno a las evolucionistas, no sólo en EE.UU. sino también en Europa. ¿Y cuál es el éxito de la aceptación de estas posturas míticas? En primer lugar, la facilidad con la que pueden explicarse. Es mucho más sencillo explicar que la aparición del ser humano se debe a un origen divino que a un lento y largo proceso biológico. Por ejemplo, John Lightfoot, de la Universidad de Cambridge, ya planteó en el siglo XVII que los humanos habían sido creados, a semejanza de Adán y Eva, el 23 de octubre del año 4004 a.C. (¡a las 9 en punto de la mañana!); nada que ver con los seis millones de años de compleja evolución, desde los homínidos fósiles africanos hasta el Homo sapiens, que caracteriza la azarosa evolución humana. Precisamente, el azar es otra de las dificultades con las que se topa la comprensión del evolucionismo. En una sociedad donde a los 25 años ya nos planteamos un plan de pensiones atemorizados por la incertidumbre del mañana (¿qué será de nuestro puesto de trabajo?), quizás es más placentero saber que hay algo (un diseñador inteligente) que dirige nuestros pasos.
¿Es posible la convivencia del mito y el logos? La ciencia no está en contra de las ideologías o religiones que incluyen el discurso creacionista como mito. Lo que no puede aceptar es que el creacionismo quiera presentarse como una hipótesis alternativa a una teoría contrastada.
La celebración mundial del año Darwin 2009 puede ser la gran oportunidad de divulgar la evolución de una forma eficiente. El momento de acabar con los fantasmas y las leyendas que giran en torno a un respetuoso naturalista que se avanzó absolutamente a su tiempo. Y es que hoy podemos afirmar que Darwin tenía y tiene razón.
Hoy, varias décadas después y a las puertas de las celebraciones del año Darwin, sigue el debate que desencadenó el juicio del mono. Sin ir más lejos, con motivo de un seminario internacional sobre Darwin y la evolución celebrado en Valencia, quien subscribe estas líneas enmudeció al ver que un par de profesores estadounidenses lloraban emocionados ante su plato de paella a la hora del receso. Eran lágrimas de alegría, confesaron. Entre el sonido de los platos y las risas de los anfitriones, no daban crédito a sus oídos. Docentes, investigadores y becarios, de forma tan distendida como apasionada, discutían sobre el origen de la vida y la evolución de los humanos; y no era entre las cuatro paredes de una aula sino en el comedor público... un acto espontáneo e inocente que en su universidad hubiese sido mal visto o poco procedente. ¿Por qué en pleno siglo XXI todavía es tabú el hablar sobre evolución en ciertos ámbitos sociales?
El establishment decimonónico acogió con sorprendente rapidez las ideas darwinistas, y la ciencia actual ha conseguido dar una explicación objetiva sobre el origen y la evolución de la vida sin desmentir a Darwin. ¿Qué ocurre, entonces, cuando dos profesores lloran ante su plato de paella? Pues ocurre que no falla la ciencia (en EE.UU. existen muy buenos investigadores e instituciones científicas que trabajan siguiendo postulados evolucionistas) sino que ha fallado la divulgación de la ciencia. En efecto, son tan aplastantes las verdades de Darwin, que pocos pensaron en la necesidad de divulgar cómo funcionaba la evolución. Salvo excepciones, los académicos no se tomaron la molestia de abandonar, por unos momentos, sus elevados pedestales para llegar hasta la sociedad, e incluso las universidades olvidaron obsequiar a sus estudiantes con asignaturas monográficas dedicadas a las ideas de Darwin, Lamarck, Huxley, Haeckel y muchos otros.
El resultado ha sido que, ante los grandes miedos de la humanidad (ahora lo son, por ejemplo, el cambio climático y la crisis económica mundial), las tesis creacionistas más radicales siguen ganando terreno a las evolucionistas, no sólo en EE.UU. sino también en Europa. ¿Y cuál es el éxito de la aceptación de estas posturas míticas? En primer lugar, la facilidad con la que pueden explicarse. Es mucho más sencillo explicar que la aparición del ser humano se debe a un origen divino que a un lento y largo proceso biológico. Por ejemplo, John Lightfoot, de la Universidad de Cambridge, ya planteó en el siglo XVII que los humanos habían sido creados, a semejanza de Adán y Eva, el 23 de octubre del año 4004 a.C. (¡a las 9 en punto de la mañana!); nada que ver con los seis millones de años de compleja evolución, desde los homínidos fósiles africanos hasta el Homo sapiens, que caracteriza la azarosa evolución humana. Precisamente, el azar es otra de las dificultades con las que se topa la comprensión del evolucionismo. En una sociedad donde a los 25 años ya nos planteamos un plan de pensiones atemorizados por la incertidumbre del mañana (¿qué será de nuestro puesto de trabajo?), quizás es más placentero saber que hay algo (un diseñador inteligente) que dirige nuestros pasos.
¿Es posible la convivencia del mito y el logos? La ciencia no está en contra de las ideologías o religiones que incluyen el discurso creacionista como mito. Lo que no puede aceptar es que el creacionismo quiera presentarse como una hipótesis alternativa a una teoría contrastada.
La celebración mundial del año Darwin 2009 puede ser la gran oportunidad de divulgar la evolución de una forma eficiente. El momento de acabar con los fantasmas y las leyendas que giran en torno a un respetuoso naturalista que se avanzó absolutamente a su tiempo. Y es que hoy podemos afirmar que Darwin tenía y tiene razón.
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