La aventura que descubrió el origen de la vida

Retrato del naturalista Charles Darwin con 50 años, cuando publicó
El origen de las especies“La mayoría de sus experimentos eran tan sencillos que apenas necesitaban elaboración”, recordaría Francis al repasar la vida de su padre, Charles Darwin, nacido hace 200 años en la inglesa Shrewsbury, un naturalista todoterreno que levantó de continuo teorías basándose en la observación y la inventiva. Acumuló detalles y se interesó por cada excepción hasta lograr visiones de conjunto que le permitieron proponer reglas generales. Reglas para la vida en la Tierra.
Nieto de un médico, botánico y poeta que hizo fortuna vendiendo cerámica. Hijo de médico rural. Quinto de seis hermanos. Amaba a los perros, pasear por los bosques, pero lo mejor es que “tenía aficiones sólidas y diversificadas, fervor por lo que me interesaba y placer por comprender lo complejo”. Eso escribiría él mismo en su Autobiografía (Belacqva).
De niño, leyó obras históricas de Shakespeare, poesía de Byron o Walter Scott. Ayudaba a su hermano con los experimentos químicos en un laboratorio ganado al cobertizo, hasta el punto de que le apodaron Gas. En 1825 viajó a Edimburgo para ingresar en la universidad.
Conoció a interesantes investigadores en las reuniones de la Plinian y la Royal Medical Society, si bien en clase se aburría “increíblemente”. Logró que “un negro” le enseñara a disecar aves y, gracias aun profesor ornitólogo, empatizó con la misma zoología que tan mal aceptaba en el aula.
Al detectar que Charles no sería médico, en 1828 su padre lo trasladó al Christ’s College de Cambridge, donde continuó a su aire. Salía a tirar, a cazar, bebía jugando a cartas con amigotes y disfrutaba de la música, de Mozart y Beethoven, e incluso llegó a pagar a los chicos del coro para que cantaran en sus aposentos.
En esa época entabló una decisiva amistad con el profesor Henslow y leyó a Humboldt y Herschel, “que despertaron en mí un ardiente deseo de aportar, por humilde que fuese, una contribución a la noble estructura de la ciencia natural”.
Gracias a Henslow, contactó con el capitán del Beagle, Robert Fitz-Roy, quien, temiendo enloquecer en la aventura de cinco años que estaba a punto de afrontar
–su familia contaba con varios suicidas, y no era raro que los capitanes se quitaran la vida en alta mar–, buscaba compartir camarote con alguien de su clase social.
Fitz-Roy titubearía al observar la prominente nariz de Darwin. El capitán era un ferviente “discípulo de Lavater. Estaba convencido de que podía juzgar el carácter de un hombre por sus facciones y dudaba de que alguien con una nariz como la mía poseyera la energía y la determinación necesarias para el viaje”. Pero Fitz-Roy cedió.
A bordo del Beagle
Su padre le costeó un criado, Syms Cavington, y el 27 de diciembre de 1831 zarparon de Plymouth hacia el que sería “el suceso más importante de mi vida”. Darwin llevaba una Biblia, el Paraíso perdido de Milton, varias obras de ciencias naturales, los Principios de geología de Charles Lyell, que tanto le influyeron... Entre el instrumental: microscopio, martillo de geólogo, carabina, una pistola, aparatos de disección y taxidermia, y gran cantidad de recipientes y reactivos.
Hasta el 2 de octubre de 1836, cabalgó por el desierto con gauchos patagónicos, navegó en tempestades, vivió un terremoto, atravesó junglas... mientras recolectaba animales vivos, fósiles, plantas. Los restos de griptodontes y otros edentados en Sudamérica le hicieron sospechar que las teorías de Lyell sobre la evolución biológica estaban equivocadas, si bien fue al analizar la fauna de las islas Galápagos cuando comenzó a forjar su propia teoría.
Durante aquel periodo, Darwin escribió un exhaustivo diario de sus hallazgos y percepciones, además de enviar cartas informativas a Henslow, que, sin advertirle, las fue leyendo en la Philosophical Society de Cambridge. Cuando Darwin regresó a Londres, descubrió que gozaba de una mayúscula reputación.
Mientras ordenaba el material del viaje, leyó el Ensayo sobre la población de Malthus. “Estando como estaba preparado para valorar la lucha por la existencia que se produce en todas partes (...) caí enseguida en la cuenta de que bajo estas circunstancias las variaciones favorables tenderían a preservarse y las no favorables a destruirse. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies.”
En 1842, cuando esbozó por primera vez su teoría, Darwin ya arrastraba la enfermedad basada en problemas cardiacos y gastrointestinales que nunca le abandonó y todavía nadie ha identificado, aunque se especule con el mal de Chagas. Desde entonces, alternó su estricta rutina laboral con obligados reposos. En 1839 había desposado a su prima Emma Wedgwood, y el mismo 1842 se mudaron a su residencia definitiva en Down.
Su Diario del Beagle fue definido por el editor, John Murray, como uno de los mejores libros de viajes y aventuras.

CABALLERO WALLACE
Escribió un estudio sobre corales que se cuenta entre sus trabajos más impecables, y en el sosiego de su casa de Down, continuó experimentando con percebes, gusanos, plantas, dando siempre rienda a la fantasía –“Creo firmemente que sin especulación no hay observación original y de calidad”– a la vez que prosiguió elaborando su teoría de la evolución. Pero aún no se atrevía a publicarla. Y, entonces, recibió el impacto.
Darwin conocía la existencia del joven biólogo Alfred R. Wallace, que llevaba a cabo su trabajo de campo en islas como Lombock y Bali. De vez en cuando, Wallace, admirador de Darwin, le informaba de sus progresos. Un día de 1858 le envió El manuscrito de Ternate, comunicándole una teoría prácticamente calcada a la suya. Le rogaba opinión. Apoyo. Para el mundo, la teoría de la evolución de las especies no existía. Sólo contados amigos de Darwin sabían que trabajaba en algo así. Y el primero en decidirse a divulgarla en serio era Wallace.
“Las cartas a Lyell muestran la rabia que sentía hacia sí mismo por ser incapaz de reprimir su frustración ante lo que consideraba la anticipación del señor Wallace a todos sus años de trabajo”, escribió Francis Darwin.
Lyell y su estimadísimo Joseph Hooker le presionaron para que acelerara la presentación de sus ideas. “Al principio –recordaría Darwin– me mostré muy reacio a dar mi consentimiento porque pensaba que el señor Wallace podría considerar mi acción injustificable. No conocía entonces lo generoso y noble de su carácter”. Y es que Wallace asumió sin problemas que el maestro había llegado antes a idénticas conclusiones.
Darwin venció en aquella no declarada lucha por la visibilidad. Otro resultado hubiera sido impensable. Las sociedades geográficas dominantes no simpatizaban con un Wallace extraño a su clase, defensor de reclamar la tierra para el que la trabajara. En La teoría de la evolución de las especies (Crítica), el profesor de zoología Fernando Pardos ha escrito que, en términos socioeconómicos, Darwin era un caballero; Wallace, un superviviente.
“Aunque se habla siempre de darwinismo, Wallace debe ser considerado coinventor de la teoría de la selección natural y es el fundador de la zoogeografía basada en la evolución” (Jaume Josa i Llorca, biólogo). Wallace y Darwin continuaron intercambiando conocimientos, sin competir jamás. “Creo que es el mejor ejemplo de la historia de la ciencia de caballerosidad entre personas que pensaron en el bien de la ciencia antes que en el personal”, ha dicho el arqueólogo y naturalista Jordi Serrallonga.
La aparición de Wallace provocó que Darwin se concentrara los siguientes trece meses y diez días en culminar El origen de las especies, “la obra capital de mi vida”, publicada en 1859. Estructurar una teoría científica que apuntaba al origen de la vida sacudió los cimientos morales, religiosos, del mundo. Los ataques contra Darwin se sucedieron, sobre todo por parte de los creyentes. A esas alturas, Darwin estaba en pleno proceso de “descreer del cristianismo como revelación divina (...) la incredulidad fue poco a poco adueñándose de mí, hasta ser total”.
Darwin dedujo que si las especies eran mutables, el hombre debía regirse por la misma ley, y trabajó en El origen del hombre, que se lanzaría en 1871, mientras seguía investigando en la selección sexual; la variación de los ejemplares domésticos; las causas y las leyes de la variación, la herencia; y el entrecruzamiento de las plantas. “Los únicos temas de los que he sido capaz de escribir en profundidad”.
Pese a considerarse perezoso, publicó y descubrió constantemente, gracias a unas jornadas que despegaban con un paseo breve por el campo, antes de desayunar. Escribía sobre todo por la mañana, esnifando rapé, con un chal sobre los hombros, interrumpiéndose para atender a la lectura de un libro. Por la tarde experimentaba un rato, escribía cartas, su diario personal, escuchaba a Emma al piano...
“Siempre me ha resultado curioso –observaría su hijo Francis– que quien alteró el rostro de la ciencia biológica escribiera y trabajara con un espíritu y un modo tan poco modernos.”
LA FELICIDAD
Para documentar su Expresión de las emociones en los animales y en el hombre (1872), Darwin fue anotando las expresiones que desde bebé hacía el primero de sus hijos. Tuvo diez, aunque Annie murió siendo niña. Francis asegura que sus hermanos y él disfrutaron de un padre estupendo, inventor de “historias que, en parte debido a su rareza, considerábamos especialmente deliciosas”.
Su vigorosa fantasía le llevó a formular teorías insostenibles, que luego él mismo descartó. No perder de vista un detalle, valorar, en fin, hasta lo más diminuto, fue una virtud capital de Darwin como investigador, y como hombre. Así, en una carta dirigida a un apologeta de “los grandes hombres” y del Dios creador, Darwin señala que “podría presentar argumentos en contra de la enorme importancia que usted atribuye a nuestros más grandes hombres. Me he acostumbrado a considerar como personas de gran importancia a hombres de segunda, tercera y cuarta categoría, al menos en el caso de la ciencia”.
Como esta, la mayoría de las verdades que se le manifestaron a Darwin continúan vigentes, por eso hoy hablamos tanto de él y le escuchamos tan cerca: “El hombre tiene mal criterio, es caprichoso, y no desea, él o sus descendientes, seleccionar para el mismo fin durante cientos de generaciones. Selecciona lo que le es útil, no lo que es mejor para las condiciones del lugar donde coloca cada variedad”.
Pero, si cabe, uno de los grandes tesoros que nos ha legado es su mirada optimista al encarar la existencia en este mundo donde, “en mi opinión, se impone decididamente la felicidad (...) esta conclusión armonizaría bien con los efectos que cabría esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie sufrieran habitualmente en grado extremo, acabarían desatendiendo la propagación de su especie. No obstante, no tenemos motivos para creer que esto haya sucedido nunca, o que haya sucedido con frecuencia. Además, otras consideraciones llevan a la creencia de que todos los seres vivos han sido creados para, como norma general, disfrutar y ser felices” (Charles Darwin).







