29/11/2009
De la célula al cosmos
Texto de Jaume Collell
Fotos de Mané Espinosa
Los científicos, pese al recorte presupuestario, mantienen su ansia de investigación. Así, desde la composición de la célula y los misterios del mar, hasta el alcance del universo, convierten la ciencia en una suerte de arte para todos

Mariano Moles, en lo alto del pico del Buitre, en Teruel, donde se instalará un potente telescopio en el futuro observatorio de nueva planta
Mariano Moles, astrofísico
El pico del Buitre, en la sierra turolense de Javalambre, que albergará un observatorio astronómico, es un mirador privilegiado para contemplar la bóveda celeste. El astrofísico Mariano Moles, tras la puesta de una Luna casi llena, señala la de Júpiter y Saturno, cuyos destellos son los últimos en despedirse de una noche clara y estrellada.
Moles tiene 63 años y ha pasado más de treinta en Andalucía, primero en el observatorio de Calar Alto, en Almería, y después, en Granada, donde dirigió el Instituto de Astrofísica de Andalucía. Estudió Ingeniería Aeronáutica en Madrid, pero se inclinó por la física y la cosmología. En 1970, recién casado, recala en la Universidad de París VI, donde cursa un posgrado en física teórica. Trabaja en Francia hasta 1978. El país vecino representa, en aquellos tiempos, la máxima apertura posible respecto al constreñido ambiente que se respira en España.
Nacido en 1946, en la población oscense de Binaced, en el seno de una familia ganadera, Moles vive las secuelas de una dura posguerra, mitigada tan sólo por la condición agrícola de la zona. El pequeño Mariano, con once años, contempla azorado el lanzamiento del satélite ruso Sputnik 1. Cuatro años más tarde, se emboba frente a la gesta de Yuri Gagarin, el primer humano en surcar el espacio. Pero quien nutre el poso de su futura vocación es un maestro del pueblo que propone a los chavales del colegio unas clases extraescolares.
Curiosamente, entre aquellos pequeños estudiantes está la que hoy es su mujer, con la que tiene dos hijos. En casa de los Moles, siempre hay tertulia. La figura de su abuelo materno, un republicano ilustrado suscrito a Le Monde, le despierta el interés por la ciencia, la cultura y la política. Ahora trabaja en Teruel, al frente de un equipo de doce personas, pero espera reunir hasta cincuenta colaboradores, un tercio de los cuales serán astrofísicos, tantos como personal informático, además de gestores de proyectos, operadores de telescopio, estudiantes de doctorado y posdoctorales. Mientras esperan que fructifique el proyecto de restaurar un edificio modernista de la ciudad, ocupan provisionalmente una planta en la delegación del Gobierno.
El astrofísico contribuye con sus aportaciones a dibujar el papel de interacción entre las galaxias. Cuando la teoría de la expansión del universo indicaba sin lugar a dudas que el proceso debería frenarse, sucede lo contrario, se acelera y cada vez más. Las preguntas rozan la filosofía, aunque las observaciones arrojen datos fehacientes. El gran misterio del espacio se centra en esta abrumadora presencia de materia y energía oscura que es imperceptible, porque no se somete a la luz, pero que existe. El telescopio del futuro observatorio de Teruel, cuyo presupuesto roza los 16 millones de euros, será capaz de detectar un cúmulo de información valiosísima.
De aspecto einsteiniano, palabras medidas y gestos amigables, el astro-físico maño, criado en Francia y moldeado en Andalucía, otea el futuro con unos ojillos de ave rapaz, raudos y certeros como una flecha, mientras la melodía de las galaxias desgrana los colores de su querido Shostakovich.
El pico del Buitre, en la sierra turolense de Javalambre, que albergará un observatorio astronómico, es un mirador privilegiado para contemplar la bóveda celeste. El astrofísico Mariano Moles, tras la puesta de una Luna casi llena, señala la de Júpiter y Saturno, cuyos destellos son los últimos en despedirse de una noche clara y estrellada.
Moles tiene 63 años y ha pasado más de treinta en Andalucía, primero en el observatorio de Calar Alto, en Almería, y después, en Granada, donde dirigió el Instituto de Astrofísica de Andalucía. Estudió Ingeniería Aeronáutica en Madrid, pero se inclinó por la física y la cosmología. En 1970, recién casado, recala en la Universidad de París VI, donde cursa un posgrado en física teórica. Trabaja en Francia hasta 1978. El país vecino representa, en aquellos tiempos, la máxima apertura posible respecto al constreñido ambiente que se respira en España.
Nacido en 1946, en la población oscense de Binaced, en el seno de una familia ganadera, Moles vive las secuelas de una dura posguerra, mitigada tan sólo por la condición agrícola de la zona. El pequeño Mariano, con once años, contempla azorado el lanzamiento del satélite ruso Sputnik 1. Cuatro años más tarde, se emboba frente a la gesta de Yuri Gagarin, el primer humano en surcar el espacio. Pero quien nutre el poso de su futura vocación es un maestro del pueblo que propone a los chavales del colegio unas clases extraescolares.
Curiosamente, entre aquellos pequeños estudiantes está la que hoy es su mujer, con la que tiene dos hijos. En casa de los Moles, siempre hay tertulia. La figura de su abuelo materno, un republicano ilustrado suscrito a Le Monde, le despierta el interés por la ciencia, la cultura y la política. Ahora trabaja en Teruel, al frente de un equipo de doce personas, pero espera reunir hasta cincuenta colaboradores, un tercio de los cuales serán astrofísicos, tantos como personal informático, además de gestores de proyectos, operadores de telescopio, estudiantes de doctorado y posdoctorales. Mientras esperan que fructifique el proyecto de restaurar un edificio modernista de la ciudad, ocupan provisionalmente una planta en la delegación del Gobierno.
El astrofísico contribuye con sus aportaciones a dibujar el papel de interacción entre las galaxias. Cuando la teoría de la expansión del universo indicaba sin lugar a dudas que el proceso debería frenarse, sucede lo contrario, se acelera y cada vez más. Las preguntas rozan la filosofía, aunque las observaciones arrojen datos fehacientes. El gran misterio del espacio se centra en esta abrumadora presencia de materia y energía oscura que es imperceptible, porque no se somete a la luz, pero que existe. El telescopio del futuro observatorio de Teruel, cuyo presupuesto roza los 16 millones de euros, será capaz de detectar un cúmulo de información valiosísima.
De aspecto einsteiniano, palabras medidas y gestos amigables, el astro-físico maño, criado en Francia y moldeado en Andalucía, otea el futuro con unos ojillos de ave rapaz, raudos y certeros como una flecha, mientras la melodía de las galaxias desgrana los colores de su querido Shostakovich.

Pilar Navarro en el patio interior del Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona, donde trabaja
Amparo Latorre, genetista
La de en medio de tres hermanos, de nombre Amparo y solera valenciana, nacida en 1955, criada en los distritos marinos de la ciudad, jugando entre arena y playa y corriendo puerto a través, responde al patrón de mujer aplicada, entusiasta, con cierta cosecha de logros científicos en su haber. Fue la única universitaria de la familia, y recuerda cómo durante el bachillerato le prende la chispa por la ciencia el día que le explican la célula. Se casa al terminar los estudios y, con una nena de quince meses, parte hacia la Universidad de California. Pasan cinco años y tiene a su segundo hijo. Hoy, aparte de catedrática de genética, es una destacada investigadora del Instituto Cavanilles de Biodiversidad, de la Universidad de Valencia.
Para Latorre, su oficio le debe todo a Darwin, y más en este año en que se cumplen dos siglos de su nacimiento. En el vademécum de sus objetivos está el estudio de las herencias en los genomas, puesto que el evolucionismo siempre está presente en los estudios de biología. Esta mujer, tan dispuesta y contenta como concisa en sus apreciaciones, no concibe la genética sin atender a la evolución. Latorre está ensimismada en observar hasta las últimas consecuencias las simbiosis entre la bacteria y el pulgón. Se trata de una relación alimentaria en la que la bacteria, a medida que nutre al pulgón, va reduciendo sus genes hasta convertirse en un modelo de célula mínimo.
No obstante, los descubrimientos de esta genetista valenciana tienen aplicaciones prácticas en medicina. Partiendo de que existen simbiosis, o simbiontes, llamados mutualistas, porque dan lugar a beneficios biológicos, y otros que son patógenos, porque derivan en enfermedades como la salmonelosis, la lepra o la tosferina, el equipo de Amparo Latorre colabora intensamente con el CSISP, el Centro Superior de Investigaciones en Salud Pública de Valencia. Ahora están investigando sobre las enfermedades intestinales, con especial atención al síndrome del intestino irritable, del cual no se ha encontrado la bacteria o el desequilibrio en la composición bacteriana, causante de la úlcera en cuestión. Es un minucioso trabajo, si se tiene en cuenta que la flora intestinal está formada por un número de bacterias que pesan unos dos kilos del peso corporal, y un 80% de ellas no se puede visualizar.
Amparo Latorre no concibe su oficio sin el concurso de otros científicos con los que comparte un trabajo interdisciplinar: entomólogos, zoólogos marinos, bioquímicos, virólogos, microbiólogos y biólogos celulares y estadísticos. La alegría de su carácter y el rigor en su empeño convierten a Latorre en una mujer muy predispuesta y en una científica brillante.
La de en medio de tres hermanos, de nombre Amparo y solera valenciana, nacida en 1955, criada en los distritos marinos de la ciudad, jugando entre arena y playa y corriendo puerto a través, responde al patrón de mujer aplicada, entusiasta, con cierta cosecha de logros científicos en su haber. Fue la única universitaria de la familia, y recuerda cómo durante el bachillerato le prende la chispa por la ciencia el día que le explican la célula. Se casa al terminar los estudios y, con una nena de quince meses, parte hacia la Universidad de California. Pasan cinco años y tiene a su segundo hijo. Hoy, aparte de catedrática de genética, es una destacada investigadora del Instituto Cavanilles de Biodiversidad, de la Universidad de Valencia.
Para Latorre, su oficio le debe todo a Darwin, y más en este año en que se cumplen dos siglos de su nacimiento. En el vademécum de sus objetivos está el estudio de las herencias en los genomas, puesto que el evolucionismo siempre está presente en los estudios de biología. Esta mujer, tan dispuesta y contenta como concisa en sus apreciaciones, no concibe la genética sin atender a la evolución. Latorre está ensimismada en observar hasta las últimas consecuencias las simbiosis entre la bacteria y el pulgón. Se trata de una relación alimentaria en la que la bacteria, a medida que nutre al pulgón, va reduciendo sus genes hasta convertirse en un modelo de célula mínimo.
No obstante, los descubrimientos de esta genetista valenciana tienen aplicaciones prácticas en medicina. Partiendo de que existen simbiosis, o simbiontes, llamados mutualistas, porque dan lugar a beneficios biológicos, y otros que son patógenos, porque derivan en enfermedades como la salmonelosis, la lepra o la tosferina, el equipo de Amparo Latorre colabora intensamente con el CSISP, el Centro Superior de Investigaciones en Salud Pública de Valencia. Ahora están investigando sobre las enfermedades intestinales, con especial atención al síndrome del intestino irritable, del cual no se ha encontrado la bacteria o el desequilibrio en la composición bacteriana, causante de la úlcera en cuestión. Es un minucioso trabajo, si se tiene en cuenta que la flora intestinal está formada por un número de bacterias que pesan unos dos kilos del peso corporal, y un 80% de ellas no se puede visualizar.
Amparo Latorre no concibe su oficio sin el concurso de otros científicos con los que comparte un trabajo interdisciplinar: entomólogos, zoólogos marinos, bioquímicos, virólogos, microbiólogos y biólogos celulares y estadísticos. La alegría de su carácter y el rigor en su empeño convierten a Latorre en una mujer muy predispuesta y en una científica brillante.

Carlos López Otín, en su despacho de Oviedo, junto a la portada de Nature que incluía la publicación del genoma del chimpancé
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