El físico que acaricia el Nobel
Un hombre normal que hace cosas excepcionales. Así define un colega y amigo a Ignacio Cirac, el principal candidato español a ganar un Nobel científico. El físico, que dirige un importante instituto de investigación en Alemania, se ha erigido en una autoridad mundial en física cuántica

Gran parte del trabajo de Cirac consiste en desarrollar técnicas matemáticas para ampliar las fronteras de la física
Quince años más tarde, Cirac está considerado uno de los máximos candidatos a conseguir el premio Nobel de Física, que se falla el 5 de octubre. Ya el año pasado, la consultora Thomson Reuters situó a Cirac y a Zoller en el primer lugar de la lista de aspirantes por sus trabajos pioneros en información cuántica. Thomson Reuters acertó en el pronóstico del Nobel de Medicina, pero erró en el de Física.
El también físico Maciej Lewenstein, que ha trabajado con Cirac desde 1992 y ahora le considera “casi un hermano”, le define como “un chico normal que hace cosas excepcionales”. Un chico normal que disfruta jugando al fútbol –“a veces hacemos partidillos y se hincha a marcar goles, es muy buen futbolista”–, a quien gusta la música rock de los años 80 y con quien “es muy divertido trabajar; se toma muy en serio su trabajo, pero al mismo tiempo puede estar haciendo bromas”, dice Lewenstein. “A veces hasta le da por hablarme en polaco, que es mi lengua materna.”
Nacido en Manresa (Barcelona) en 1965, Cirac estudió Física en la Universidad Complutense de Madrid y en 1991 obtuvo plaza de profesor en la Universidad de Castilla-La Mancha en Ciudad Real. De ahí pasó a la Universidad de Colorado (Estados Unidos), donde coincidió por primera vez con Peter Zoller y con Maciej Lewenstein y donde permaneció dos años antes de regresar a Ciudad Real. Zoller, que había quedado impresionado trabajando con él, lo reclutó para la Universidad de Innsbruck en 1996. Cinco años más tarde, reconocido ya como una estrella emergente de la física, fue fichado para dirigir el Instituto Max Planck de Óptica Cuántica en las afueras de Munich (Alemania), donde sigue trabajando en la actualidad.
Siempre que ha recibido una oferta para volver a España la ha rechazado. “Viviría mejor que en Alemania en muchos aspectos, pero no podría hacer la investigación que hago aquí”, explicaba este verano en el Instituto Max Planck. Mantiene un contacto estrecho con el Institut de Ciències Fotòniques (Icfo) de Castelldefels (Barcelona), donde colabora con varios equipos científicos, asesora a la dirección a la hora de tomar decisiones estratégicas y tiene una plaza de profesor invitado y un despacho. Pero no tiene planes para volver de manera permanente.

Cirac observa un experimento con luz láser para estudiar el comportamiento cuántico de los fotones
Lluís Torner, director del Icfo, añade que “tiene una capacidad extraordinaria para poner orden en la complejidad”. “Cuando aparecen muchos datos en los experimentos, hay mucho ruido de fondo, y a otros físicos nos cuesta interpretarlos –dice–. Ignacio tiene el don de entender al primer vistazo qué es importante. Esta capacidad de discriminar los datos esenciales de los accesorios, de ver no sólo lo que hacen las partículas sino qué significa lo que hacen, es una virtud muy rara”.
Cirac es en cierto modo un Xavi Hernández de la física, el jugador que hace fácil lo difícil; pero también el que reparte juego al resto del equipo, el que ayuda a brillar a los otros jugadores. El físico Rolf Tarrach, que intentó ficharle para la Universidad de Barcelona, después fue presidente del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y hoy es rector de la Universidad de Luxemburgo, recuerda que “hace unos años, cuando dimití del CSIC, me invitó a pasar una semana en el Instituto Max Planck, cosa que personalmente me ayudó, y me quedé maravillado al ver cómo trata a los otros investigadores: siempre tiene tiempo para ellos, les ayuda a que sean ellos mismos los que hagan los progresos, les ayuda a crecer como científicos y no les roba las ideas. En el mundo de la física no todo el mundo es así”.
Romain Quidant, que considera a Cirac uno de sus maestros, confirma que “es muy generoso en su manera de trabajar; yo sólo soy un joven físico, y él es una figura. Pero nunca le he visto adoptar una posición de superioridad, lo cual no es habitual en científicos de este nivel. Tampoco le he visto nunca guardarse datos para beneficiarse del trabajo de otros. Al contrario, comparte mucho su trabajo para ayudar a los demás. Y tiene mucha paciencia para explicar las cosas, porque hay cosas que para él son evidentes y para otros físicos no lo son”.

Cirac suele comer con personas de su equipo en el instituto, situado en Garching, en las afueras de Munich
Rolf Tarrach cuenta una anécdota que refleja la personalidad de Cirac. Ocurrió en un congreso en Oviedo hacia 1995. “Yo entonces aún no le conocía –recuerda Tarrach–. Nos presentaron y empezamos a hablar de física. Yo era catedrático, y él era muy joven, así que al principio yo pensaba que sabía mucho más que él. Pero después, cuando ya nos habíamos despedido, vi que me había equivocado. Había hecho dos o tres comentarios realmente brillantes. Pero los había hecho con tanta naturalidad, sin ninguna ostentación y sin ningún afán por demostrar nada, que tardé un rato en darme cuenta de lo bueno que era.”
Cirac tiene también la capacidad, hoy día poco frecuente, de dedicar toda su atención a la persona con la que está hablando. En las cinco horas que el Magazine le acompañó el pasado 27 de julio, primero en su despacho, después en el laboratorio y finalmente en una comida con parte de su equipo, no contestó ni una llamada de teléfono ni un correo electrónico. “Es que, si los contestara, no podría hacer nada”, explicó al final. “Miro los correos electrónicos dos veces al día. Pero no dejo que interrumpan lo que estoy haciendo a cada momento. Prefiero estar concentrado en lo que hago.”
“Ignacio es de lo mejor que hay como físico y de lo mejor que hay como persona”, resume Rolf Tarrach. “Por eso todo el mundo le quiere y todo el mundo quiere trabajar con él.” Este “todo el mundo” incluye a algunos de los mejores estudiantes de Física Cuántica del mundo, que le envían currículums con la esperanza de incorporarse a su equipo. Cirac ha creado así una cantera de físicos brillantes que hoy lideran la investigación en óptica cuántica en Europa, América, Asia y Australia.
Pero también físicos consolidados, directores de centros de investigación y responsables de universidades acuden a Cirac. “Yo le he visto en reuniones con premios Nobel, y esperaban a que hablase Ignacio porque, con los mismos datos, ve lo que otros no vemos. Siempre se le escucha con atención”, explica Lluís Torner, director del Icfo.
Esto explica que Cirac sea hoy profesor invitado y asesor, no sólo del Icfo, sino también de la Universidad de Harvard (EE.UU.), del Instituto de Tecnología de Massachusetts (EE.UU.), del Instituto Perimeter de Física Teórica de Waterloo (Canadá) y del Centro de Tecnologías Cuánticas de Singapur. Y que pase gran parte del año viajando, aprovechando los vuelos para preparar artículos científicos, repasar trabajos de otros físicos y reflexionar sobre sus investigaciones teóricas. “La mejor manera de que un viaje largo se te haga corto es trabajar”, dice. “Por lo menos, para mí que me encanta mi trabajo. Tengo la gran suerte de que me pagan por hacer lo que me gusta.”







