24/08/2008
Los domadores del viento
Texto de Xavier Aldekoa
Fotos de Marc Arias
¿Es posible domar el viento? ¿Y volar en el agua? Sí, el windsurf puede. Por eso ya hay miles de atrapados por el magnetismo de las olas. Y Pozo Izquierdo, un pueblo al sur de Gran Canaria, es su paraíso particular.

Windsurfistas en Pozo Izquierdo, la localidad grancanaria famosa por su viento radical que siempre figura en el calendario del Campeonato del Mundo profesional de windsur
El día ha amanecido torcido. Un viento infernal obliga a pelearse con el mundo a cada paso para poder avanzar. En la playa, el mar se revuelve con violencia y arroja grandes olas contra el manto de piedras redondas que cubre la costa. Cualquiera en sus cabales observaría el dantesco espectáculo de la naturaleza desde el espigón. Pero no en Pozo Izquierdo. Con apenas 350 habitantes durante el año, perdido entre un ejército de torres eólicas al sur de Gran Canaria, este lugar es el paraíso del windsurf. Pocos prefieren resguardarse del fumeque, como llaman los lugareños a los vientos alisios, que de junio a septiembre azota sin tregua ni piedad la región. A Pozo se viene a navegar. En el agua, una veintena de windsurfistas bailan sobre sus tablas mientras el viento zarandea con furia sus velas. Todos caen y vuelven a levantarse. Una y otra vez.
A pocos metros, Carlos, dependiente de una de las dos tiendas de windsurf del pueblo, parece acostumbrado al vendaval y observa divertido la batalla desigual entre el fumeque y las descompuestas cabelleras de los asistentes profanos. “Esto es un paraíso del surf a vela, pero con este viento, o te gusta el windsurf o te vuelves loco... aunque seguramente las dos cosas a la vez”, bromea. Mientras habla, allá al fondo, los windsurfistas saltan hasta doce metros por encima de las olas más altas. Algunos se pasan cuatro o cinco horas en remojo con una pasión desbordante. Algo les engancha al mar.
Desde el bar restaurante El Viento, a tiro de piedra del agua y presidido por una enorme vidriera orientada al océano, el estadounidense Jimmy Díaz clava su mirada en los windsurfistas. Gorra en ristre, con la piel tostada por el sol, sus musculosos brazos dan fe de que ha sido uno de los grandes del windsurf. Hace veinte años que se bate con el viento y las olas y hoy es el presidente de la Professional Windsurfers Association (PWA), que organiza el Campeonato del Mundo. Él prefiere hablar de pactos secretos con el mar. “A lo largo de mi vida he practicado decenas de deportes, como el béisbol, soccer, fútbol americano, tenis o golf, y jamás he visto uno tan adictivo como el windsurf; si el mar te agarra, te obsesionas con este deporte. El océano te pone a prueba, casi te invita a abandonar, pero si no te rindes, quedas enamorado para siempre”, afirma. Su voz es firme y de trazos amables, aunque uno diría que defendería hasta la muerte lo que acaba de decir. Horas después, en una mesa cercana, Iballa Ruano
–junto a su hermana Daida, una de las personas que más han hecho por popularizar este deporte– repetirá el mismo brillo de pasión en sus ojos al confesarse totalmente conquistada por este deporte. “Te atrapa, llega un momento en que hasta sueñas con el windsurf.” Más que de sensaciones ambas parecen hablar de sentimientos. De emoción. “La combinación de controlar el viento con tus manos, deslizarte sobre el agua como si volaras y saltar sobre las olas es algo único. Hay algo ahí que te engancha.” Desde que quedaron prendadas de la vela y las tablas lo han ganado todo. Entre ambas se reparten 17 títulos mundiales en diferentes modalidades (13 Daida y cuatro Iballa). Y no piensan bajarse de la tabla.
A pocos metros, Carlos, dependiente de una de las dos tiendas de windsurf del pueblo, parece acostumbrado al vendaval y observa divertido la batalla desigual entre el fumeque y las descompuestas cabelleras de los asistentes profanos. “Esto es un paraíso del surf a vela, pero con este viento, o te gusta el windsurf o te vuelves loco... aunque seguramente las dos cosas a la vez”, bromea. Mientras habla, allá al fondo, los windsurfistas saltan hasta doce metros por encima de las olas más altas. Algunos se pasan cuatro o cinco horas en remojo con una pasión desbordante. Algo les engancha al mar.
Desde el bar restaurante El Viento, a tiro de piedra del agua y presidido por una enorme vidriera orientada al océano, el estadounidense Jimmy Díaz clava su mirada en los windsurfistas. Gorra en ristre, con la piel tostada por el sol, sus musculosos brazos dan fe de que ha sido uno de los grandes del windsurf. Hace veinte años que se bate con el viento y las olas y hoy es el presidente de la Professional Windsurfers Association (PWA), que organiza el Campeonato del Mundo. Él prefiere hablar de pactos secretos con el mar. “A lo largo de mi vida he practicado decenas de deportes, como el béisbol, soccer, fútbol americano, tenis o golf, y jamás he visto uno tan adictivo como el windsurf; si el mar te agarra, te obsesionas con este deporte. El océano te pone a prueba, casi te invita a abandonar, pero si no te rindes, quedas enamorado para siempre”, afirma. Su voz es firme y de trazos amables, aunque uno diría que defendería hasta la muerte lo que acaba de decir. Horas después, en una mesa cercana, Iballa Ruano
–junto a su hermana Daida, una de las personas que más han hecho por popularizar este deporte– repetirá el mismo brillo de pasión en sus ojos al confesarse totalmente conquistada por este deporte. “Te atrapa, llega un momento en que hasta sueñas con el windsurf.” Más que de sensaciones ambas parecen hablar de sentimientos. De emoción. “La combinación de controlar el viento con tus manos, deslizarte sobre el agua como si volaras y saltar sobre las olas es algo único. Hay algo ahí que te engancha.” Desde que quedaron prendadas de la vela y las tablas lo han ganado todo. Entre ambas se reparten 17 títulos mundiales en diferentes modalidades (13 Daida y cuatro Iballa). Y no piensan bajarse de la tabla.

Pozo Izquierdo –al fondo– se levanta en medio de una gran planicie rodeado de gigantescas torres eólicas
Aunque, quizás, la explicación a tanta devoción por un deporte está en la carta del mismo bar. O en las paredes. Este lugar es el único en el mundo donde se puede comer una “pizza huracán”, una “calzone el viento” o un “sandwich doble forward” –uno de los movimientos más espectaculares sobre las olas– rodeado de fotos, pegatinas y vídeos de surf a vela. Se respira windsurf en cualquier rincón. No se trata sólo de un deporte, es algo más. El surf a vela es un estilo de vida que exige pasión. Y Pozo Izquierdo, con las mejores condiciones naturales para la práctica de este deporte, es el punto de encuentro de los principales fanáticos del viento.
Por eso no es extraño que estas aguas hayan visto crecer a las mayores figuras españolas del windsurf, que se codean sin complejos con los mejores del mundo. Hace veinte años, la leyenda viva del surf a vela, el hispanodanés Björn Dunkerbeck, auténtico dominador de la Copa del Mundo en los años ochenta y noventa, acudía con una vieja furgoneta a su cita con el viento más radical en Pozo, tras recorrer una larga carretera de arena. Le siguieron muchos. Hoy se cuentan por decenas las estrellas del windsurf nacidas a pocos kilómetros del lugar. Hay nombres ilustres como Jonás Ceballos, Darío Ojeda, Nayra Alonso, Marcos Pérez, las gemelas Daida e Iballa Ruano –su casa casi se ve desde el mar– e incluso Víctor Fernández, de Almería pero enganchado cada verano al spot (zona para la práctica del windsurf) grancanario desde los doce años. Y pronto habrá más nombres. Philip Köster nacido en la vecina playa de Vargas y de apenas 14 años, ya se zampa a rivales que le doblan la edad en el circuito mundial de la PWA que, desde hace dos décadas, atrae a los mejores del mundo a Pozo.
Todos aúnan fervor por el mar y capacidad de superación. Víctor Fernández, de 24 años y candidato con argumentos a llevarse este año el mundial de olas, cambió desde muy pequeño el balón por las tablas. Eran días de furgoneta y carretera con sus padres y sus tíos –la cuadrilla de amigos vino después– para probarse en la aguas de la Costa Brava, Tarifa, la costa gallega o Portugal. A veces, miles de kilómetros para ver cómo el viento dejaba de soplar. “Pero no es lo habitual, en España hay unas condiciones muy buenas”, explica, y subraya el matiz con otro denominador común entre los windsurfistas cuando las cosas se ponen feas. “Quizás sí tenemos una filosofía de vida diferente, somos gente echada para delante porque cuando todo el mundo saldría del agua, nosotros entramos y nos pasamos horas allí dentro con un frío terrible. La gente piensa que estamos locos, pero es un placer enfrentarse a un reto nuevo cada vez que entras al agua.”
Por eso no es extraño que estas aguas hayan visto crecer a las mayores figuras españolas del windsurf, que se codean sin complejos con los mejores del mundo. Hace veinte años, la leyenda viva del surf a vela, el hispanodanés Björn Dunkerbeck, auténtico dominador de la Copa del Mundo en los años ochenta y noventa, acudía con una vieja furgoneta a su cita con el viento más radical en Pozo, tras recorrer una larga carretera de arena. Le siguieron muchos. Hoy se cuentan por decenas las estrellas del windsurf nacidas a pocos kilómetros del lugar. Hay nombres ilustres como Jonás Ceballos, Darío Ojeda, Nayra Alonso, Marcos Pérez, las gemelas Daida e Iballa Ruano –su casa casi se ve desde el mar– e incluso Víctor Fernández, de Almería pero enganchado cada verano al spot (zona para la práctica del windsurf) grancanario desde los doce años. Y pronto habrá más nombres. Philip Köster nacido en la vecina playa de Vargas y de apenas 14 años, ya se zampa a rivales que le doblan la edad en el circuito mundial de la PWA que, desde hace dos décadas, atrae a los mejores del mundo a Pozo.
Todos aúnan fervor por el mar y capacidad de superación. Víctor Fernández, de 24 años y candidato con argumentos a llevarse este año el mundial de olas, cambió desde muy pequeño el balón por las tablas. Eran días de furgoneta y carretera con sus padres y sus tíos –la cuadrilla de amigos vino después– para probarse en la aguas de la Costa Brava, Tarifa, la costa gallega o Portugal. A veces, miles de kilómetros para ver cómo el viento dejaba de soplar. “Pero no es lo habitual, en España hay unas condiciones muy buenas”, explica, y subraya el matiz con otro denominador común entre los windsurfistas cuando las cosas se ponen feas. “Quizás sí tenemos una filosofía de vida diferente, somos gente echada para delante porque cuando todo el mundo saldría del agua, nosotros entramos y nos pasamos horas allí dentro con un frío terrible. La gente piensa que estamos locos, pero es un placer enfrentarse a un reto nuevo cada vez que entras al agua.”

Víctor Fernández, en la imagen, es una de las principales figuras del Campeonato del Mundo en la actualidad
de: Vito Guillem Cortes | 22/08/2008
Es todo un placer ver en portada del Magazine la exaltación de un deporte tan minoritario y tan apasionante a la vez, que aporta y a la vez enseña tanto a los que lo conocen y lo practican. Desde aquí animar a todo el mundo a que se interese por este deporte tan espectacular; y que hay vida mas allá del futbol.







