06/04/2008

Pau Gasol en el planeta de los Lakers

Texto de Marc Bassets
El sueño del mejor jugador de baloncesto español de todos los tiempos no era acabar su carrera en los Memphis Grizzlies. Para Pau Gasol ha sido una inyección de vida empezar una nueva etapa en Los Ángeles, donde juega con los Lakers, el equipo que en los ochenta triunfó con figuras como Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar.
Esta temporada Gasol habrá jugado un centenar de partidos, a los que se sumarán los Juegos Olímpicos de Pekín en verano, una cita que ningún deportista quiere perderse. Por eso el baloncestista ha sugerido que algún día –se resiste a decir cuándo– tendrá que dejar de jugar para la selección española.
Pau Gasol entra en el vestuario y se coloca ante la taquilla en la que está inscrito su nombre. Los periodistas llevan minutos esperándole. Es un vestuario pequeño, si se tiene en cuenta quién lo ocupa: Los Angeles Lakers, el equipo de la NBA más célebre en el mundo. Es sábado, 23 de febrero. Los jugadores consultan el móvil, entran en la sala de masajes, se visten, se desvisten. Como si no hubiese extraños delante. En menos de una hora empieza el partido contra el rival local, los Clippers. Un periodista israelí, armado con una minicámara de vídeo, aborda al crack español:
–¿Unas palabras para tus fans en Israel?
Gasol pone cara de sorpresa y opta por una respuesta escueta:
–Hola.
Los periodistas se ríen. Gasol corrige:
–No sé cuándo iré a Israel. Espero que algún día y… les digo hola.
Otro periodista, un conocido locutor latino de Los Ángeles, dispara:
–Pau, ¿viste el partido del Barça contra los Celtics?
–No, no lo vi.
–El mejor de la semana.
–Me alegro, me alegro –responde el jugador, armado de paciencia.

A Gasol, nacido hace 27 años en Barcelona, la vida le ha cambiado de repente. Desde que el 1 de febrero se anunció su traspaso de los Memphis Grizzlies, un equipo modesto en el que jugó los últimos siete años, a los Lakers, nada es igual. Empezando con el enjambre de periodistas de todo el mundo con los que cada día –antes y después de los partidos de la liga y en los entrenamientos– tiene que lidiar. Y acabando por el hecho de trasladarse de una ciudad relativamente pequeña como Memphis, a orillas del Misisipi, en el sur de Estados Unidos, a Los Ángeles, una megalópolis de diez millones de habitantes, con centenares de kilóme-tros de autopistas urbanas y contrastes brutales entre barrios humildes donde viven latinos y afroamericanos y la riqueza exuberante de Bel Air, Beverly Hills y aledaños.

En medio, lo que de verdad importa a Gasol: el baloncesto. Y en este ámbito, el giro también ha sido radical. Gasol languidecía en un equipo que encadenaba las derrotas. Para alguien con mentalidad ganadora como él, era frustrante. Sólo en verano, en los campeonatos internacionales con la selección española, podía recuperar la sensación de infundir respeto al rival. La perspectiva de terminar la carrera en Memphis, sin títulos aunque con los bolsillos llenos de dinero, era deprimente. Estamos hablando de quien probablemente es el mejor baloncestista español de la historia. Del líder de la selección española que ganó el Mundial de Japón en el 2006. No es extraño que llevase tiempo buscando una oportunidad para marcharse. Porque perder cansa.
 
El baloncestista de los Boston Celtics Rajon Rondo lo explicaba recientemente en una entrevista al The New York Times: “Perder 18 partidos seguidos provoca mucho estrés. Sólo piensas en cómo mejorar o en qué hacer. Pierdes horas de sueño”. A Gasol le sucedía lo mismo. Y cuando le llamaron de los Lakers, no se lo creía. Aquello era “una inyección de vida”, dijo unos días después. Por fin jugaría con uno de los mejores, el equipo que en los años ochenta triunfó con leyendas como Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar, con un aspirante al título, y junto a una de las estrellas del baloncesto profesional en Estados Unidos, Kobe Bryant.

El beneficio ha sido mutuo. Desde que Gasol se incorporó a los Lakers, estos han reforzado su condición de favoritos. Tras ganar el último título de la NBA en el 2002, pasaron por una travesía del desierto salpicada de peleas internas. El ambiente era de desánimo, agravado por la lesión, a principios de año, de Andrew Bynum, una de las estrellas emergentes. Ahora los Lakers viven un momento de gracia. Tras el fichaje de Gasol, otros equipos se han reforzado con jugadores de primer nivel.  Martes 19 de febrero, Los Ángeles. El Staples Center, el pabellón en el centro de la ciudad donde juegan los Lakers, está lleno. Situado en el downtown, el desangelado centro de la ciudad, este pabellón con capacidad para 19.000 espectadores se inauguró en 1999. Acoge, además de los Lakers, a los Clippers y a los Kings, el equipo de hockey sobre hielo. En la entrada hay una estatua de bronce de Magic Johnson. La expectación es enorme. Gasol debuta en casa. Los Lakers son el equipo de las estrellas. En un sentido doble: las estrellas están en la cancha y en las gradas. Jack Nicholson, Andy García y Cameron Díaz, entre otros, han venido a ver al nuevo fichaje. La parroquia de los Lakers es heterogénea: están los latinos (un sector que puede hacer de Pau su favorito), los afroamericanos, los asiáticos, los turistas. Y luego está Hollywood. El mundo entre glamuroso y siniestro de Hollywood. El de Nicholson y Cameron Díaz, sí, pero también de Paris Hilton y Britney Spears. El de los paparazzi. Preguntado por si temía caer en las garras de este mundo, Gasol respondió: “Intentaré manejarlo lo mejor que pueda. Me encanta la discreción, me encanta la privacidad. La respeto y espero que me la respeten”.
 
Pero volvamos a la cancha del Staples Center. Para el espectador profano, para el europeo acostumbrado a ver partidos de fútbol, un partido de la NBA, y más si juega un equipo como los Lakers, es una revelación. Primero, el espectáculo que lo rodea. El kitsch de las animadoras, que aprovechan cualquier interrupción del partido para saltar a la pista y brincar y mover los brazos (llama la atención la baja estatura de la mayoría). Los festines de hot-dogs, nachos y hamburguesas que los espectadores engullen en las gradas. La deportividad de las gradas: los equipos desaconsejan a sus seguidores insultar o pronunciar obscenidades. No es raro que el público aplauda jugadas del equipo contrario. Los entrenadores suelen llevar traje y corbata. Las protestas de los jugadores ante decisiones arbitrales son poco habituales. El baloncesto aquí es un deporte, sí, pero también es una exhibición de talento individual, un show. Y, sin embargo, la tensión competitiva es constante. Las virguerías se suceden. Una expresión como jogo bonito, que en el fútbol se aplica al juego estético tradicionalmente asociado a la selección de Brasil, tendría poco sentido en la NBA. Lo que en el fútbol es una excepción aquí es la regla. En este deporte, un jugador puede marcar diferencias. Gasol, sin ser el número uno del equipo, la ha marcado. Ese día, los Lakers jugaban contra los Atlanta Hawks. Ganaron 123 a 93.

El partido ha terminado. La pista está vacía. Los empleados del Staples Center recogen los restos de la fiesta. Sólo queda un grupo en las gradas. Son Marisa y Agustí, los padres de Pau, que hablan con algunos periodistas españoles desplazados a Los Ángeles para la ocasión. Ellos también se han desplazado desde Memphis, donde residen, para ver debutar al primogénito. Les acompaña Adrià, de 14 años, el menor de la estirpe. El segundo, Marc, de 23 años, triunfa en el Akasvayu Girona. Cuando en el 2001 Pau Gasol fue traspasado del Barça al Memphis Grizzlies, sus padres y hermanos le siguieron a la ciudad del Misisipi. En verano tienen previsto trasladarse a Los Ángeles. Los Gasol son una familia atípica en el mundo del baloncesto –su aspecto de familia de clase media europea contrasta con el glamur que gira en torno a la NBA–, y es posible que esto sea una de las claves del éxito. Pau Gasol parece tener los pies en el suelo. Con los periodistas es educado, atento, aunque siempre mantenga una media distancia que podría confundirse con frialdad. Su inglés impecable le ayuda en la sala de prensa, en el vestuario y en la cancha.
Con Bryant, que está casado con una latina, se comunica a veces en castellano para burlar a los rivales. No es cómoda la zona en la que se mueve Gasol, debajo de la canasta, donde los codazos y los agarrones son frecuentes. Tras un partido contra los Phoenix Suns, otro de los grandes de la NBA, dos días después del encuentro contra los Atlanta Hawks, Pau exhibía lo que él llamó “un nuevo tatuaje”. Era un rasguño que le había hecho el pívot de los Suns, el veterano Shaquille O’Neal. Jugar bajo el aro desgasta. Y más si se mide 2 metros y 13 centímetros. En su caso, parece claro que el deporte no es bueno para salud. Gasol lo sabe: su madre es médico. Su cuerpo ya no da más de sí. El ritmo de la NBA es intenso: 82 partidos en un periodo de seis meses. Eso, si el equipo no llega a los playoffs, las eliminatorias finales.

En Los Ángeles, Gasol no es la estrella. Mejor dicho: no es la única estrella. El privilegio, y la responsabilidad, recae en Kobe Bryant. En su día fue definido como el heredero de Michael Jordan, considerado el mejor jugador de todos los tiempos. No lo ha sido. Pero si en los últimos años ha existido un crack mediático en la NBA, ese es él. Con todo lo que esto conlleva. Turbios escándalos sexuales incluidos.

En la pista, Byrant es lo más parecido en baloncesto a un jugador de dibujos animados. Imaginen al Ronaldinho de los buenos tiempos, pero haciendo no tres o cuatro virguerías en un partido sino una cada minuto. Este es Bryant. Pero la gran personalidad de los Lakers es otra: Phil Jackson, el entrenador. Jackson es una figura única en la NBA. Ningún entrenador vivo ha ganado tantos títulos como él. Entrenó en los noventa, antes de llegar a los Lakers, al Chicago Bulls de Michael Jordan, aquel jugador que, como un día dijo el escritor de Chicago Scott Turow, jugaba al baloncesto “mejor de lo que nadie más en el mundo hace cualquier otra cosa”. Y no sólo consiguió convertir a Jordan en un jugador que mejoraba a sus compañeros, sino que se convirtió él mismo en pieza irrenunciable de aquel dream team.

Jackson fue en su juventud un baloncestista hippy y contestatario y más tarde un entrenador conocido como el maestro zen, por su espiritualidad y la calma que irradia en público. “Es muy espiritual, muy inteligente. No se altera demasiado”, ha explicado Gasol. No es un entrenador al uso. Le gusta, por ejemplo, charlar con los jugadores de asuntos que no tienen que ver con el baloncesto. Con Gasol ha hablado de la guerra civil española y piensa recomendarle alguna novela de Hemingway… Definitivamente, Los Angeles is different.
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17 de agosto
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