08/06/2008

Olímpicos Marcha

María Vasco

Texto de Jaume Collell
Fotos de Àlex Garcia
Obtuvo la medalla de bronce en Sydney 2000 en los 20 kilómetros marcha. A sus 32 años, afronta el reto de Pekín con el ímpetu de aquella niña de diez años que empezó a practicar este deporte imitando a Mari Cruz Díaz, vecina de calle, en el Viladecans de su infancia.
MARÍA VASCO GALLARDO
Barcelona, 26/XII/1975.
1,56 m. 45 kg.
27 veces ­internacional.
Club Associació Atlètica Blanc i Blau  (Barcelona).
Especialidad Marcha atlética.
Marcas
•Bronce en 20 km en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000.
•Bronce en 20 km en los Mundiales de Osaka 2007.
•Récord de España de 20 km en 1h27m36s (2004).
•Récord de España de 10 km en 43m02s (1998).
•14 veces campeona España.
Se levanta a las ocho, recorre treinta kilómetros y, tras la comida y el ritual sagrado de la siesta, por la tarde dedica dos horas al gimnasio

De niña era rebelde y supertraviesa, de aquellas que, por detrás, le quitan la silla a las compañeras cuando van a sentarse, para que se den el batacazo. Hoy es una mujer abierta, impetuosa y sentimental. La calle de entonces, en Viladecans, era un hervidero. María es de las que recuerdan haber jugado al trompo, las canicas, el “churro, media manga, mangoentero” y a la goma elástica que, por un extremo, sostenían en una farola.
Tal era la energía de aquel revoltillo de nervios que aprendió a montar en bicicleta antes que su hermano mayor, y que el primer día de darle al pedal se estampó en una cabina telefónica y se rompió un incisivo. Era un tiempo de apaños entre libertades que ya no existen. Nadie juega ya al trompo. En la familia no había antecedentes de su vocación de marchadora atlética. Su padre trabajaba en la construcción, y su madre, en labores domésticas a domicilio.

MODA, TELE O ESTILISMO
Los estudios fueron variados. Primero, de administrativo; después, de esteticista en una academia, lo que le valió para emplearse un tiempo en una peluquería. A sus 32 años, cuando piensa en el forzado retiro que amenaza a todos los deportistas a edades tempranas, imagina su futuro, bien en el mundo de la moda, en la tele o ejerciendo de estilista.
Pero ¿cómo nació la chispa de la marcha atlética en esta dispuesta chica que consiguió el bronce en los Juegos del 2000 en Sydney? María Vasco, apenas cumplidos los diez años, se prendó de una vecina de calle a la que vio por televisión en una competición en directo. Fue un irreversible fogonazo de luz en el camino. Desde aquel día, mientras los padres tomaban el fresco en la calle por la noche, ella se recorría las calles de Viladecans imitando a aquella vecina, que no era otra que Mari Cruz Díaz, campeona de España de marcha en los ochenta.
Así creció en el oficio como una Chaplin que balanceaba las caderas, captando al milímetro el vaivén de nalgas. Sus primeros entrenadores tuvieron que rectificarle muy pocos errores. Fue así como la patria de los marchadores atléticos, Viladecans, vio nacer a una estrella que se uniría a la suerte de Valentí Massana, Reyes Sobrino, David Márquez o Eva Pérez. De sus 22 años de marchadora, contabiliza ya diez como profesional, sumergida en unos horarios que casi no dan tregua al respiro.
Se levanta a las ocho y en la sesión matinal de entreno gasta suela para recorrer sus buenos treinta kilómetros. Completa la sesión de tres horas una nutrida tanda de estiramientos y abdominables. Tras la comida, María se reserva una hora y media para la siesta, ritual sagrado, y por la tarde dedica dos horas más al asunto, sea en ejercicios de gimnasio, sea en pulir velocidad. Sólo se permite un día semanal de descanso. Hace unos años que reside en Santa Margarida de Montbui y aún hace menos que se casó. Su marido también es mar-chador atlético y la cuida como a un tesoro.
Disciplinada y tenaz, a María no le duele sacrificarse por su profesión, aun a costa de aparecer como aguafiestas ante los amigos cuando declina salir a cenar incluso los sábados. A las diez y media procura estar en la cama, si alguna serie de televisión no la abduce inadecuadamente. Está tan identificada con la marcha atlética que no practica otros deportes, fuera de la bicicleta de montaña o la natación, a los que se ve obligada para fortalecer la mus-culatura. Incluso entre sus ídolos deportistas sólo destaca nítidamente el  peruano y campeón mundial de marcha Jefferson Pérez. No por sus dotes atléticas ni por su palmarés, sino por su calidad humana.

Cuerpo pequeño y grácil
María, que proviene de una familia humilde, a pesar de su esfuerzo por haber llegado donde está, no mira a la gente por su currículum. Otra cosa es su tozuda constancia persiguiendo metas, siendo consciente de quien es, tanto de su latido interior como de su expresión exterior. Como si fuera el espejo de sí misma, aparece una atleta pequeñita pero grácil, de cuerpo proporcionado que han ido moldeando los años y el ejercicio.
Ni guapa ni fea, de mirada azul y rostro delator, María Vasco no puede mentir, ni si se enfada, ni si se alegra. Se manifiesta sin complejos, no tiene motivos para el desánimo, se conforme con lo que tiene y se siente, finalmente, feliz. De su padre, hombre acogedor y vitaminado, heredó el gracejo andaluz y esta virtud asociada de soltar exageraciones hasta la más gruesa barbaridad. En contraste con la blancura de un temperamento relajado y verborreico emerge la radiografía de una chica autoexigente y callada cuando entrena. Aquel halo femenino se torna en férrea masculinidad. Del mismo modo que admite ser coqueta hasta la saciedad, se revela como mujer de forjado carácter. También es llorona por aquí y dura por allá.
Para distraerse, ríe y se apasiona en el cine, lee ficción y autoayuda, consume música pop, y si algún día tiene que ser infiel a la dieta, no duda en prepararse un buen par de huevos fritos con chorizo.°

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