Olímpicos Pértiga
Naroa Agirre

1,77 metros
64 kilos
Club Krafft-Atlético San Sebastián
Especialidad Pértiga
Palmarés
• Récord de España (4,56 metros en el 2007)
• Cinco veces campeona de España (2000, 2003, 2005, 2006 y 2007)
Competiciones
• Juegos Olímpicos de Atenas 2004
(6.ª posición con 4,40 metros)
• Ha participado en tres campeonatos mundiales (París 2003, Helsinki 2005 y Osaka 2007) y en dos campeonatos europeos (Munich 2002 y Gotemburgo 2006)
Un sueño único. ¿Qué significa, si no, la primera cita olímpica para cualquier atleta? Naroa Agirre entorna los ojos para revivir la película de Atenas 2004. Descendió de la burbuja con un meritorio sexto lugar bajo el brazo y, aunque ahora es difícil repetir la posición, la chica acaricia la pértiga para soñar más alto. Mientas, mira hacia atrás y repasa sus 29 años, llenos de orgullo y satisfacción. Su casa natal en San Sebastián, el porche donde patinaba, la calle en la que correteaba junto a su cuadrilla, la ordenada ikastola, La familia –el padre, empleado de banca; la madre, enfermera, y la hermana cómplice hasta la médula– conforman un marco de encanto donde la niña se sintió superfeliz.
Naroa oye de un modo insistente la llamada del deporte cuando está en cuarto de EGB y así conoce el baloncesto y las distintas modalidades de atletismo. Las prueba casi todas. Se encariña especialmente con el salto de longitud, pero, de camino, a finales de los noventa, alguien le coloca una pértiga en la mano. Se le da bien, y empieza a cimbrearse cielo arriba. Deja San Sebastián para estudiar ciencias ambientales: un año en la Universitat de Girona y tres en la Universitat Autònoma de Barcelona. Durante este periodo reside en el Centre d’Alt Rendiment Esportiu de Sant Cugat.
BODA CON EL ENTRENADOR
Vivir lejos de casa, concentrada en los estudios y el deporte, la sume en una serena meditación. Se plantea el futuro inmediato. Ya lo tiene decidido. Conviene hacer una apuesta. No obstante, espera volver a Euskadi. La pértiga ha ganado la partida, a pesar de que, por el flamante título universitario, ejerce un tiempo de educadora ambiental.
Empieza a sudar a conciencia a partir del 2002. Pone a un hombre en su vida, Jon Karla Lizeaga, entrenador tanto o más tenaz que ella. Tras la alegría de Atenas, la tozudez los convierte en marido y mujer. Pero las dotes de Naroa Agirre no terminan en la pista de competición. Bajo la camiseta de atleta esconde un segundo oficio. Todo empieza a raíz de un cameo en un episodio de televisión, en el 2003. Es en la serie Goenkale, que Euskal Telebista emite desde hace trece años. Tras aquella breve aparición, Naroa se engancha a la pantalla y, capítulo tras capítulo, los guionistas le fabrican un personaje a medida del que se va prendando la audiencia. La atleta debe compaginar las obligadas sesiones semanales de rodaje con las horas de entrenamiento. Dos compromisos para oxigenar mente y cuerpo.
Debido a que lleva una vida tan pautada, Naroa ve poco a los amigos. Cada uno tendrá sus planes, pero ella, desde su radiante juventud, prefiere el envoltorio familiar. Se cuida, come limpio, aunque tampoco desecha darse algún capricho los fines de semana. De no saltar con la pértiga, se hubiera dedicado al tenis, y como espectadora se emboba frente a la gimnasia deportiva y la natación.
Naroa transmite tranquilidad y perseverancia. La rutina de un paseo, simplemente, le destensa el muelle de sus músculos-catapulta. Ansía el llano placer de los viajes, aunque no tiene tiempo para los paraísos personales. En el álbum de las postales más amadas mezcla Girona con Egipto y Lisboa con Nueva York. Es más de revistas que de libros, le encantan especialmente las publicaciones de cotilleo y moda, y ha sustituido el cine por el DVD, del mismo modo que prefiere tener la radio puesta que consumir algún tipo de música en especial.
En la perspectiva de sus próximos años no contempla otro horizonte que el actual. Aunque el trabajo como actriz le sirve para desconectar del continuo esfuerzo físico, Naroa no ve tras la máscara del personaje a una actriz vocacional. De pronto, no sabe si en su interior existe una alma de intérprete de largo recorrido. Por esto, fuera de lo que hace en la tele, no se prodiga en otros ámbitos del sector ni va a castings.
FELIZ Y AFORTUNADA
Lo que sin duda ha aprendido bajo la piel de esta segunda profesión es el abecé de argucias de tan sinuoso lenguaje. Naroa Agirre casi nunca se examina. Es así. Formal. Audaz. A ella le parece que su imagen es cambiante. Rubia, alta, brillante. Mirada escrutadora, parca de gestos, pero abierta de corazón; tanto, que a veces se confía en demasía. Responsable y planificadora. En lo deportivo puede enfadarse hasta el bloqueo y, de paso, salpicar alrededor. El equilibrio que desprende, no obstante, sitúa a esta mujer entre la lucidez del pensamiento y la vibración emotiva. Acarrea un ejemplar sentido de justicia y corrección. Cuando se percata de algún desaguisado tiene que acudir corriendo a recomponer la sensatez.
En suma, retomando el hilo de aquella infancia casi olvidada, Naroa ha logrado quizá el mayor récord humano: mantener hoy el mismo estado de felicidad que sentía siendo una niña. Presume de ello tanto como de la suerte que le ha acompañado, porque se ha sentido siempre apoyada, porque se puede dedicar a lo que más le apetece y, en fin, porque puede vivir de ello en un universo, su San Sebastián, lugar ideal, donde ella se mueve con facilidad, que tiene todo aquello que necesita. Ciudad, en suma, de calles tranquilas y clima acogedor.















