06/07/2008

Olímpicos ciclismo

Joan Llaneras

Texto de Jaume Collell
Fotos de Àlex Garcia
Es el patriarca de los atletas españoles. A sus 39 años, contempla Pekín como cuarta y última cita olímpica. Tras su quinto puesto en Atlanta, la medalla de oro de Sidney y la de plata obtenida en Atenas, el reto está servido.
Joan llaneras Porreres (Mallorca) 15/VII/1969
1,80 metros
65 kilos
Especialidad Ciclismo en pista
Marcas
Siete veces campeón mundial: cuatro en la carrera por puntos (Manchester 1996, Burdeos 1998, Manchester 2000
y Mallorca 2007) y tres en la carrera americana o madison (Perth 1997, Berlín 1999 y Burdeos 2006).
Medalla de oro en la carrera por puntos en los Juegos de Sidney 2000.
Medalla de plata en la carrera por puntos en los Juegos de Atenas en 2004.
El llamado entrenamiento invisible, recuperarse, descansar y comer bien, es tan eficaz como el otro

Joan Llaneras es el rey del ciclismo en pista, en la que rueda veloz como liebre incansable. Nacido en Porreres, en el corazón de una Mallorca aún apacible y serena, Joan fue un chico crecido en la calle, cuando juguetear por allí no comportaba los peligros de ahora. Una calle que conducía a un campo que los chavales invadían sin darse cuenta de los destrozos que ocasionaban al agricultor. Siendo el pequeño con tres hermanas por delante no es difícil imaginar lo bien y lo mal que lo pasaba. Cuatro mil gallinas en la granja que los padres manejaban le obligaban a la monótona tarea de recogida de huevos, también a la colecta de almendras y al secado de albaricoques, que exigía aplastarlos, cortarlos, sacarles el hueso, extenderlos sobre un cañizo y mantenerlos unos días bajo el azufre espolvoreado.
El paso por el colegio de monjas y la breve estancia en el instituto de Llucmajor le conducen a alistarse como voluntario para adelantar la mili. De tal modo podría despejar rápido las dudas de un futuro que muy pronto consagraría a los pedales. Claro que Joan empezó a montar en bicicleta cuando aún los pies no le llegaban al suelo y se estampaba contra cualquier muro como método para frenarla. Compite con ocho años y a los quince ya gana el primer campeonato de España. Tras la mili, cruza el Mediterráneo, se instala en Platja d’Aro y, desde entonces, las tierras de Girona le cautivan irreversiblemente. Ahora reside en Montagut, en cuyo retiro se permite el lujo de bicicletear y cuidar a la familia, especialmente a sus hijos, que también flirtean con las ruedas, aunque el niño se está especializando en el hockey.

HINAULT E INDURAIN
A Joan, cuando aparca la pista, le tira más el monte, alguna caminata, practicar el triatlón o la bicicleta de montaña. Para consumir le van el baloncesto y las carreras de motos y coches. A pesar de que Joan se apasionó por el ciclismo adorando los hitos de Bernard Hinault, cuando era un crío ávido de ídolos a los que imitar, deja firme constancia de su admiración por Miguel Indurain, como ejemplo que seguir, por su aire de gentleman y su personal carácter, dentro y fuera del deporte. Y entre los demás deportistas recuerda a Carl Lewis, mito de toda una época.
Al analizar la extremada placidez de este hombre, uno se remite a la leyenda que atribuye la calma y la tranquilidad del deportista a otro ré-cord consubstancial, las bajas pulsaciones. Será o no será, pero Joan Llaneras habla despacio, no derrocha ni un gramo de gestualidad, ni siquiera por la dermis de su tostado rostro, siempre atento pero ajeno a cualquier exceso. La conversación resulta tremendamente sedante, esclarecedora como un libro claro y abierto. No esconde, claro está, que en plena juventud lo compaginaba todo, el salir de fiesta con los compañeros, el arrebato del deporte y el fragor obligado de los estudios, pero cuando opta por la bicicleta se impone unos horarios férreos y los buenos y estrictos hábitos alimentarios, para convertir el ciclismo en una profesión.
Los sistemas de entrenamiento han sufrido cambios revolucionarios con el uso de pulsómetros y potenciómetros. Visualizar instantáneamente los datos sobre el rendimiento del deportista permite modificar sus respuestas en función de los objetivos. No obstante, junto al obvio esfuerzo de cada día, Llaneras concede suma importancia al llamado entrenamiento invisible, eso es descansar, recuperarse, dormir y comer bien, filosofía tan eficaz como una buena sesión de sudor y pedaleo.
Joan es disciplinado, pero si se sale del plan, no tiene reparo en degustar un buen foie, las delicatessen de cualquier buen restaurante y la siempre inevitable transgresión que supone un buen postre. Desde el umbral de los cuarenta años, vislumbra el deporte como una forma de vida que le acompañará siempre. Quizá el modelo de su padre, que a sus 79 años todavía pedalea tres horas cinco días a la semana, le anima a pensar que justo está cruzando el ecuador.
 
Un seductor de raíces eslavas
Joan es delgaducho, luce una fina y alargada estampa que coronan unos oscurecidos brazos por las duchas de sol, pero que aparecen lechosos de origen, bajo las mangas de la camiseta. Hombre de tupida cabellera, rostro de guerrero y labios de seductor. Fija la mirada en el interlocutor para disimular una genética contradictoria. El castaño de sus ojos es azul en familiares muy cercanos de melenas rubias, sin duda descendientes más o menos directos de los eslavos que Jaume I introdujo en Mallorca.
Se expresa tímida y pausadamente. ¿Quién mejor que el espejo de su hijo en el que va adivinando el reflejo de su carácter? Persona, en suma, perfectamente organizada que confía lo mínimo al azar, consciente de que la suerte se busca, no se encuentra. Pelea como a él le gusta, y está orgulloso de los resultados. Deja poco espacio a la ira, porque nunca conduce a nada y, si falla algo, lo vuelve a intentar para que le salga bien. Cuando vuelva de Pekín, tiene previsto estar aún en activo durante el resto del año. En enero del 2009, así lo tiene calculado Joan Llaneras, comenzará una nueva etapa vital.

Llaneras, con sus dos hijos, en el porche de su casa, en Montagut (Girona)

Garantía de medallas
Joan Llaneras es una de las sólidas opciones que el ciclismo español presenta en Pekín, pero no la única. En los JJ.OO. de Atenas 2004, el ciclismo fue, de largo, el deporte que más medallas aportó a España. De las diecinueve conquistadas por la delegación española, más de una cuarta parte llegó con la ayuda de una bicicleta: tres platas y dos bronces. Y Llaneras, que ya estuvo en Atlanta 1996 y luego fue oro en Sydney 2000, añadió la plata de Atenas a su historial incomparable.
Ahora llega a su último gran reto, en sus cuartos Juegos, y se ha fijado como objetivo subir al podio para redondear una carrera sin fisuras en la que prácticamente no ha fallado en ninguno de los desafíos que se ha ido marcando.
Individualista y con las ideas muy claras, Llaneras siempre ha preferido seguir sus instintos y no dejarse llevar por las normas establecidas por federativos que no salen a menudo de su despacho. Y cuando ha encontrado a un compañero idóneo, se ha compenetrado hasta la médula, como le sucedió con el malogrado Isaac Gálvez, su alter ego en tantas competiciones por parejas en los velódromos de medio mundo.
Las opciones de medalla españolas pasan por la pista, a pesar de bajas de última hora como el lesionado Carles Torrent, pero también existen fundadas esperanzas en las pruebas de bicicleta de montaña, fundamentalmente con José Antonio Hermida en hombres y Marga Fullana, recientemente proclamada campeona del mundo, en mujeres.
Y aún queda una tercera vía, más complicada, en la carretera, donde la selección española de ciclismo reunirá un equipo de lujo con líderes como Alberto Contador, Alejandro Valverde y Óscar Freire.
Texto de Xavier G. Luque
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14 de marzo
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