Olímpicos Waterpolo
Relevo hacia la gloria

Selección de waterpolo
Marcas
• Plata en Barcelona 1992, y oro en Sidney 2000 y Atenas 2004.
• Plata en los mundiales de Perth (1991) y Roma (1994), oro en Perth (1998) y Fukuoka (2002), y bronce en Melbourne (2007).
• Plata en los europeos de Atenas (1991), y bronce en Sheffield (1993) y en Belgrado (2006).
Nadie de ellos tuvo que ver con la plata de Barcelona 1992 y el oro de Atlanta 1996 y Sidney 2000. Integran la nueva selección de waterpolo desde 2004-2005 y ya forman una auténtica piña. Tienen una media de 24 años. Practican un juego alegre, se dan el mismo apoyo dentro y fuera del agua. Aúnan calidad y entusiasmo, cóctel ideal para la victoria.
IÑAKI AGUILAR
Las travesuras que urdió con sus primos en las plazas del barrio de Gràcia de Barcelona pronto dan paso a las que, con más temeridad, ensaya en la escollera pequeña frente al Club Natació Barcelona. Su padre le inyecta la pasión deportiva llevándole a partidos de rugby y él la acrecienta pegándole al frontón, pedaleando los veranos por el Pirineo o chutando la pelota en la playa. De niño, el médico le recomienda natación porque padece asma. Con 11 años, ya se zambulle en el waterpolo.
A Iñaki le atrae el cuidado de la mente. Siente atracción por la piscogerontología, por esto ahora está acabando los estudios de psicología en la Universitat de Barcelona. El jugador lanza una mirada ilusionada al contemplar a los héroes que se alzaron con el oro en Atlanta. Su ocio lo abarca todo: tanto lee novela como apuntes de la carrera, mira series de televisión por internet, sintoniza cualquier emisora musical y viaja siempre con amigos, a lugares cercanos. En suma, es persona de gustos propios.
Moreno, de ojos castaños, su moderada complexión muscular no provoca la atención que captan los bíceps de sus compañeros de profesión. En contraste, es un jugador ágil y veloz. Se ufana de las manos, como un pan que alimenta la envergadura del balón. Es el hombre tranquilo. Planificador y resuelto. No grita, prefiere la ironía. Es tan equilibrado que canaliza las emociones a través de los ejercicios físicos. Entrenarse, al fin, es una suerte de desahogo.
GUILLERMO MOLINA
Nacer y haber vivido en Ceuta hasta los catorce años hace que conserve una imagen intacta de una ciudad a la que volvería. El bautismo de Guillermo tuvo lugar cuando, a los tres años, su tío, monitor de natación, le coge por el cuello y lo tira a la piscina. A partir de este momento, el cordón umbilical con el agua no ha dejado de afianzarse. Guillermo era un niño libre, aventurero. Siempre merodeaba por la calle y la montañita que se alzaba delante de la casa. Jugó al fútbol y también probó el baloncesto. Con el waterpolo, empieza a los seis años. Pronto salta a la península y realiza stages en Jerez, Sevilla, Madrid y Barcelona.
No es hasta el 2000 en que la apuesta va en serio. De Atenas 2004, Guillermo no tan sólo conserva satisfacción, sino los pormenores de la experiencia. Como torneo es parecido a los demás, pero lo que rodea el acontecimiento es ensoñador. Ahora, ante la oportunidad de oro de Pekín, el waterpolista contagia una ineludible sensación de triunfo.
Guillermo quiso estudiar cine para contar historias desde detrás de una cámara. Del mismo modo confiesa leer filosofía y, aunque es chico de rock y grunge, también abre los auriculares a Sabina. De pelo castaño y ojos azules, el alto embudo de las piernas sostiene una maciza musculatura torácica que remata una vasta anchura de hombros. Tanta ostentación le prescribe un carácter precavido, que exige lealtad alrededor. Así, acarrea los dos polos de los piscis: abierto pero con fuerte ego. La gente irrespetuosa le irrita, y entonces frunce el ceño, pero pronto recapacita porque aplica la razón a los asuntos.
FELIPE PERRONE
No hay embrollo entre deporte y banderas en la pequeña república del waterpolo español. Junto al catalán y al ceutí, además de un cubano y un búlgaro, convive un curtido brasileño como Felipe Perrone. Criado en la placenta de Copacabana, Felipe jugó siempre pegado al mar, con poca ropa y mucho desafío. Por arriba y por abajo: sorteando las olas a golpes de surf y examinando el fondo marino en el que los pulpos le apretaban el pulso y los cangrejos le mordían los brazos.
El waterpolo llama a la puerta a los siete años, siguiendo el ejemplo del padre y el hermano, que ya eran jugadores experimentados. Felipe llega a España con quince años recordando a la abuela materna, una catalana republicana de Gironella que emigró a Brasil en los años 40. El jugador aún recuerda las paellas que cocinaba, el pan con tomate y el alioli. Mientras se esmera en el estudio de la administración y la dirección de empresas, valora la oportunidad que le ha dado el deporte de conocer países, culturas y aprender idiomas. Le ha enseñado, además, algo esencial para él: a relacionarse con los demás.
Entre samba y bossa nova, Felipe también venera a Jorge Drexler. La suya es una figura moldeada por el oficio, ejemplo de mestizaje, de trazos latinos que se funden con ciertas líneas africanas, todo bajo un halo de un castaño intenso, medular. Serio, observador, comunicativo y accesible. No le cuesta convivir con quien sea. Confiado y de risa franca. No se olvida de Río pero, pese a vivir en Italia, su casa está en Barcelona.°
















