20/07/2008

Fútbol sin muros

Texto de Soledad Puértolas
El éxito de la selección en la Eurocopa remite a la omnipresencia del fútbol en la sociedad española pero también muestra la nueva imagen de un país que se sacude viejos complejos.

La tanda de penaltis contra Italia, en la que Cesc, a la izquierda, marcó el gol definitivo.

Como la mayoría de las mujeres de mi generación, durante la infancia y adolescencia yo creía que el fútbol era algo inherente al género masculino de la especie humana. Algo para lo que las mujeres no estaban dotadas, un terreno que en absoluto les pertenecía. Como, según todos los indicios, tampoco les interesaba mucho, lo dejaban estar. 

Así se comportaban las mujeres españolas de clase media en los años 50, los años de mi infancia, y aún en los 60, los de mi adolescencia y primera juventud. Mi madre y mis tías estaban, todas, casadas con hombres que los domingos por la tarde desaparecían de casa camino del estadio para unirse al amplio y alborotado público de los partidos de fútbol y regresaban tarde, muy animados, si su equipo había ganado, y deprimidos, si se había dado la derrota. Pero en ambos casos, vencedores o vencidos, un poco tambaleantes, un poco borrachos. Y es en este punto, en el regreso a casa del padre –tambaleante y borracho, excitado por el bullicio del mundo–, cuando, desde la inocencia de la infancia, una niña se podía preguntar qué había allí, alrededor de los partidos de fútbol. Porque las conversaciones sobre fútbol no tenían lugar cuando mi padre se encontraba con nosotras, mi madre y mis hermanas, en el comedor o de sobremesa en el cuarto de estar, y tampoco cuando mis padres se quedaban solos –aunque hablaran en susurros, estaba claro para mí que desde luego no trataban de asuntos de fútbol–, sino cuando venían otros hombres a casa o cuando, en casa de la abuela, mi padre y los tíos se reunían, después de comer, para tomar café, fumar puros, beber coñac y hablar de fútbol. ¿Hablar? No, gritar, exaltarse. Me estremecían los gritos provinientes de la sala de los hombres al otro lado de las puertas correderas que, al no estar del todo cerradas y al tener los paneles de cristal esmerilado, permitían entrever los gestos y movimientos corporales que acompañaban a las palabras exaltadas. Ahí estaba mi padre, de pie, señalando con el puro hacia el sillón en el que se repantingaba uno de mis tíos, clamando contra él, contra su equipo, conjurando a los cielos en su contra.

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