20/07/2008
Fútbol sin muros
Texto de Soledad Puértolas
El éxito de la selección en la Eurocopa remite a la omnipresencia del fútbol en la sociedad española pero también muestra la nueva imagen de un país que se sacude viejos complejos.

Casillas detuvo dos de los lanzamientos italianos, será recordada como el momento en que España mostró que tenía armas para ganar la Eurocopa.
Un año después, Marcelino se casó con una compañera mía del colegio, hija del gobernador civil. Fue un bombazo. La fotografía de los novios salió en la primera página de todos los periódicos aragoneses. Ahora creo que con esa boda que tanto asombró –a la parte más recalcitrante de la burguesía zaragozana les pareció inapropiada, escandalosa– se inició otra época. El mundo cerrado del fútbol empezó a abrirse, nos empezó a pertenecer a todos porque lo que se iniciaba, aún con timidez pero con algunos golpes de efecto, como éste de la boda, era mucho más, era la mezcla. Muchas otras fronteras tendrían que ir desapareciendo hasta llegar a esta nueva victoria del equipo español, cuarenta y cuatro años después.
No me pregunto ahora qué porcentaje de mujeres habrá visto el partido España-Alemania. No son necesarias las encuestas. Basta ver la fiesta de celebración en la calle. Mi querida amiga Blanca Andreu, que me llama mientras estoy escribiendo estas líneas, al saber lo que tengo entre manos, me dice: “Di que los locutores no griten tanto, una amiga mía vio el partido sin sonido, y le gustó mucho”. Pues sí, lo digo. No sé si es un punto de vista específicamente femenino, pero a mí también me molestan los gritos de algunos comentaristas. Y lo demás, esa exaltación, ese mar de banderas, esos vivas a la patria, las canciones, las consignas, el autobombo que, de paso, se dan los medios de comunicación… De todo eso, no comparto todo ni suscribo todo. Sí la alegría, la espontaneidad, la naturalidad con que los futbolistas celebraron su triunfo.
Ya no son las celebraciones de antes, vivimos en una sociedad abierta, porosa, con más mezclas y menos solemnidades. Ha triunfado la informalidad. Han tenido que suceder cambios decisivos para que se derribaran los muros que lo compartimentaban todo. Lo que me mantuvo durante horas frente al televisor el día de la celebración
–que seguí casi con más atención de la que, un par de días antes, había seguido el juego del campo– eran las caras felices de los jóvenes futbolistas. ¿Qué celebraban? No sólo haber ganado, sino haber jugado bien.
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