27/07/2008

Olímpicos Doma

Una carrera de plata

Texto de Jaume Collell
Fotos de Àlex Garcia
Con cuarenta y dos años, Beatriz Ferrer-Salat es toda una veterana de los Juegos Olímpicos. Pekín será su cuarta cita, donde espera acrecentar las medallas de Atenas. Acude con su caballo Fabergé, sin duda un jugador tanto o más decisivo que la amazona.


BEATRIZ FERRER-SALAT
Barcelona 11/III/1966
1,76 metros
58 kilos
Entrenador Jean Bemelmans
Especialidad Doma clásica
Marcas
• Mundiales: bronce por equipos y plata individual en Jerez 2002
• Copa del Mundo: bronce por equipos en S-Hertogenbosch 2002
• Europeos: bronce por equipos en Hagen 2005, y plata por equipos y bronce individual en Hickstead 2003
• JJ.OO.: Atlanta 1996, Sydney 2000
y Atenas 2004, donde obtiene la medalla de plata por equipos y la de bronce en competición individual.

Beatriz transita por Villa Equus rodeada de media docena de perros. La finca, situada al pie del Montseny, cerca de Barcelona, alberga cuadras, cercados, una espacioso picadero y una pista de galope. Cuando se entrena en Alemania, con el equipaje viajan también algunos perros, pero su vida profesional está centrada en los caballos. Su especialidad, la doma, consiste en adiestrar al animal para alcanzar la belleza en la ejecución de órdenes: pararse, cambiar de pie, apoyos, piruetas, trote elevado, trote largo, etcétera.
En la casa familiar de Palamós, cerca de la playa pero rodeada de bosque, la niña, con a penas seis años, da los primeros paseos a caballo. Fueron veranos intensos. El pacto con la naturaleza nunca desdibujaría la impronta de su paso por el Liceo Francés de Barcelona, en donde recibe clases de deporte y practica balonmano, voleibol y gimnasia. En invierno, Beatriz continúa con la equitación en el club de Polo de Barcelona.
El primer caballo, no obstante, llega a casa con sudor, porque el padre, antes de comprarle el animal, pone a prueba su afición durante un año. Fallecido repentinamente en 1998, Carlos Ferrer-Salat, empresario y expresidente del Comité Olímpico Español, se erige en figura que el tiempo agiganta a los ojos de Beatriz. De él aprendió que el deporte contagia espíritu de lucha, como un valor inherente a la vida, una enseñanza que nunca se le borrará.

Estudiar y divertirse
Especialmente gratas son las imágenes que rebobina de sus vivencias en un campamento veraniego, sólo de niñas, en los lagos de New Hampsire en Estados Unidos. Hoy le sigue gustando el agua e, indeciblemente, el mar. Es una apasionada de la vela. Entre los demás deportes, el atletismo y el tenis. La época de estudiante en la Universitat Autònoma de Barcelona, donde se licencia como traductora e intérprete, es de plenitud vital: sale por la noche, estudia inglés y monta a caballo, todo a la vez. Le gusta tanto divertirse como leer y hacer deporte.
No sabe precisar en qué momento decide consagrarse a la hípica, quizá a los veinte años, pero recuerda el impacto de los Juegos de Seúl, a los que acudió del brazo de su padre en 1988, cuando hacía dos años que Barcelona había sido elegida sede olímpica. Ya tenía edad para comprarse otro caballo, y otro más, hasta que la peste equina detectada a finales de los ochenta le obliga a exiliarse deportivamente a Alemania. Desde entonces, compagina las estancias en el país teutón con Villa Equus. Beatriz se entrena seis días a la semana. Sigue un rígido horario: se levanta a las siete, monta durante seis horas, come y, después, dedica dos horas a ejercicios cardiovasculares, estiramientos, piscina y pilates.
La edad para una amazona no es sinónimo de final de vida deportiva. Un jinete japonés de 67 años competirá en Pekín. También una mujer finlandesa de 55 años. Por esto Beatriz no se preocupa de su futuro. Le atraen tantos campos de actuación que si un día decide cambiar no le será difícil encontrar nuevos objetivos. De momento, cuando baja del caballo, y deja de pasear con los perros, le aguardan un montón de aficiones. Lee novela, biografías e historia. Entre sus autores de cabecera sobresalen Eduardo Mendoza, Gabriel García Márquez, Dominique Lapierre e Isabel Allende, ama el arte y la pintura contemporánea, escucha música house, U2 y Madonna. También música clásica, pero según qué piezas la sumen en la tristeza.

MIMOS Y SUSURROS
Los caballos son seres nobles que conocen a las personas que tienen enfrente y las respetan si ellas se hacen respetar. Así, establecen una relación de extrema complicidad. Necesitan muchos cuidados, conviene herrarlos bien y darles buena comida. Beatriz les somete a la revisión del osteópata, tal como a análisis de sangre periódicos. Les cambia a menudo el tipo de trabajo para que no caigan en la rutina y el aburrimiento, les mima hablándoles constantemente al oído, casi como en un acto reflejo, y procura tener el máximo contacto con ellos: la receta perfecta para salvaguardar su equilibrio emocional.
La campeona olímpica es una mujer espigada, habladora aunque circunspecta. Opina de sus animales desde una castaña y pertinente mirada, bajo la contundencia de unas pestañas vivaces. La delgadez de su figura contrasta con las fibras de unos abductores prietos que sujetan al caballo junto al tiro de las bridas. Alardea de su independencia, del tipo de vida que lleva, soltera pero no sola, sino rodeada de amigos, con la orquesta de animales que la achuchan. Beatriz gasta un temperamento dominante, quizá por deformación profesional, pero se muestra optimista y positiva, con un notable sentido del humor. Al fin, procura dar rienda suelta a esta persona justa y honesta que siempre cabalga entre cabeza y corazón.°

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