28/09/2008

Volvo Ocean Race

En busca del límite

Texto de Suso Pérez
Fotos de María Muiña y Mikel Pasabant
La vuelta al mundo por etapas, conocida como Volvo Ocean Race, lleva al extremo la exigencia sobre hombres y barcos en las regatas oceánicas. El Magazine navegó en uno de los barcos españoles que compiten en la prueba que sale de Alicante.

El Telefónica Negro, uno de los dos barcos del equipo español, aparece lanzado a toda velocidad a un largo durante una de las jornadas de entrenamiento para tomar parte en la Volvo Ocean Race, la vuelta al mundo por etapas que saldrá de Alicante

Es hora de ponerse casco. El Telefónica Negro embiste el mar con toda la fuerza de sus 21,5 metros de eslora y sus enormes velas, y el mar devuelve cada golpe en forma de olas que barren la cubierta con una fuerza que obliga a agarrarse donde se pueda y a trincar siempre el arnés de seguridad para no verse arrastrado al mar por la popa abierta. Cuando el barco alcanza los doce nudos de velocidad ciñendo contra un viento de 22 y abriéndose paso entre olas de dos metros, el patrón ordena ponerse los cascos porque el intercambio de golpes entre velero y mar pasa de incómodo a doloroso para los tripulantes. Los rociones pegan como latigazos, y ya no sólo es difícil mirar al frente, pasando una mano sobre la cara entre ola y ola y escupiendo los buches salados que entran en la boca al respirar, sino que hay peligro de lesiones.
Los hombres se colocan los cascos, del tipo jet, con una amplia pantalla esférica que protege toda la cara, y se concentran de nuevo en su tarea: hay que hacer andar el barco, un open 70, a la máxima velocidad posible en todo momento. Por delante, la Volvo Ocean Race, una vuelta al mundo de 37.000 millas en diez etapas en la que cada segundo cuenta. Y en la memoria de todos, la llegada a Wellington (Nueva Zelanda) en la edición anterior, cuando el Movistar español se impuso al ABN Amro I en la cuarta etapa por tan sólo nueve segundos, después de una carrera de 1.517 millas (2.778 km).
La exigencia en esta regata es máxima y la convierte tal vez en la más dura prueba deportiva a la que se enfrenta el ser humano, sólo comparable, a lo sumo, a la escalada por encima de los 8.000 metros. A bordo, la lucha es continua y sin descanso. Las tripulaciones de once hombres trabajan con guardias sucesivas para que el ritmo no decaiga nunca. El barco ni siquiera lleva piloto automático. Siempre habrá alguien al timón y siempre habrá al menos otros tres tripulantes trimando continuamente las velas. Y todos, incluidos los que están descansando o durmiendo, están preparados para salir a colaborar en cualquier maniobra.
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